jueves, 24 de septiembre de 2015

Ha-azinu/Vezot-Haberaja

¿Qué otra cosa han hecho los Hijos de Israel sino escuchar? "Devarim" supuso escuchar a Moshé en largo y pormenorizado resumen de la Ley. ¿Qué otra cosa han hecho los Hijos de Israel sino andar? ¿Qué han hecho sino estar prontos, atentos, predispuestos? Es que la Torá no podía finalizar sin estos cuatro elementos que denominan sus últimas cuatro porciones:
  • estar atentos                            Nitsavim
  • estar en movimiento               Vayelej
  • escuchar                                  Haazinu
  • ser bendecidos                        Vezot-Haberaja
Como desde el principio en el Génesis, cuando una padre va a morir corresponde una bendición. "Vezot-Haberaja" cierra la relación única de Moshé con su pueblo del mismo modo que la muerte de cualquier padre cierra la relación con sus hijos. Una relación tan única, tan especial, que el texto señala específicamente: "Y no apareció ningún otro profeta en Israel como Moisés,..." (Deut. 34:10)

A pocos días de Rosh Hashaná y Iom Kipur cabe preguntarse quién es "el padre"; no en vano cantamos "Avinu Malkenu", "Padre nuestro Rey nuestro" (que no es lo mismo que un Padrenuestro). ¿Acaso "El padre es dios? Moshé no es padre sino maestro, "rabenu", nuestro maestro. Tenemos tres padres y cuatro madres: Abraham, Itzjak, y Iaacov; Sarah, Rivka, Rajel, y Leah. Desde ellos el mito construye la genealogía, mientras que la de Moshé muere con él. Hasta su hermano Aarón funda el linaje de los "cohanim", los sacerdotes, función largamente perimida. Moshé se lleva consigo su imponente rol y figura. Si dios es el "padre celestial", podríamos decir que Moshé ha sido casi tan padre como él; para que no haya duda que dios es uno solo, Moshé muere del mismo modo que dios crea: por la palabra. De Moshé sólo palabras quedarán, éstas que hemos leído a lo largo del año.

Hace poco más de diez días hemos comenzado a recrear este cierre: nos hemos preparado para los días solemnes que la tradición marca (Nitsavim); nos hemos movilizado para llegar a nuestros semejantes (Vayelej); hemos escuchado no sólo la Torá como a lo largo del año sino el Shofar como mandamiento específico (Haazinu); y finalmente nos hemos colmado de bendiciones recíprocas para el nuevo ciclo que se iniciará al final de Sucot.

De ese modo cada año tenemos una nueva oportunidad: ya sea de contarnos el Éxodo, de contar el Omer, o de contarnos nuestros errores en comunidad. Cada año podemos elegir: sabemos que recorreremos el mismo camino aunque acometamos nuevos desafíos. Un año sumará al otro y el otro al siguiente, unos sumaremos a otros y otros a otros más. De ese modo estaremos seguros que, aunque no aparezca otro Moshé, su palabra la repetiremos año a año. 


sábado, 19 de septiembre de 2015

Vayelej

En la medida que la Torá va llegando a su fin (lo cual se "siente" en el texto, en especial porque sabemos que Moshé va a morir antes de cruzar el Jordán) los textos tienden a repetirse pero sobre todo a acortarse: "Vayelej" es la porción de la Torá más corta. ¿Acaso hace más fácil acometerla? Por cierto que no. "Vayelej" es breve pero también fatalista: la profecía mosaica es que el pueblo se apartará de la Ley eligiendo "la maldición" de la que se hablaba en las porciones anteriores.

La respuesta lineal o literal a esta premonición es clara; el texto es inequívoco: guardar el texto, reproducirlo, y estudiarlo por las generaciones venideras. Tan sencillo resulta que en torno a esa acción se ha construido la supervivencia del pueblo judío. Nadie puede negarlo: ni seculares ni ateos ni agnósticos ni tradicionalistas ni sionistas. La reproducción del texto canonizado, la lectura en forma periódica (semanal), y el comentario han cimentado nuestra permanencia. No importa que lo practiquemos o siquiera tengamos consciencia de ello; ha sido así. Aun pensadores iluminados y modernos, aun aficionados como somos, lo que hacemos es re-visitar el texto (del inglés "revisited") una y otra vez, lo tengamos en frente o abrevemos de la tradición oral.

Sin embargo esta lectura tan directa sirve más cultores del judaísmo dogmático y riguroso, casi binario, que a quienes gustamos de "interrogar" el texto desde un punto de vista más humano y menos sectario. Es la enésima lectura la que nos puede "hablar" a quienes no creemos que el cumplimiento de los preceptos es el salvoconducto para una vida mejor. Para quienes la complejidad y diversidad son parte irrenunciable de la condición humana, "Vayelej" merece una lectura más esencial que la de "crimen y castigo". Dejemos eso para la ortodoxia más pediátrica...

"Vayelej" es acerca de sucesiones y herencias. Ante la certeza del final, largamente anunciada pero ahora inminente, Moshé le habla a Yehoshua con las muy citadas palabras "jazak ve-ametz", se fuerte y valiente. Uno puede imaginar el paisaje bucólico, el gigantesco campamento de las tribus de Israel, enfrentado al desafío de atravesar el río para convertirse en guerreros full-time; lo pastoral enfrentado la guerra, dos imágenes fuertemente contrastantes. No en vano se precisa un líder fuerte y valiente, en oposición a uno sabio y anciano.

La herencia no es sólo la tierra sino también la palabra. "Vayelej" incluye a ambas. En lo inmediato, el pueblo deberá pelear por la tierra que le fue prometida; en el largo aliento, el pueblo deberá pelear por su "genealogía del texto", usando el término acuñado por Salzberger-Oz. Una vez más, es asombrosa la vigencia del texto: Israel se ha desarrollado como un estado de alta seguridad a la vez que preserva su herencia textual y cultural. De la industria armamentista pasando por la alta tecnología y las "start-up", a la proliferación de estudios judaicos tanto ultra-ortodoxos como seculares, "Vayelej" hace honor a su nombre. Israel va.

sábado, 12 de septiembre de 2015

Nitsavim

Me impresionó su brevedad y contundencia. En términos relativos y en términos absolutos: el texto es corto, es conciso, claro, inequívoco. En este contexto incluye algunas de los versículos más potentes a la vez que esenciales a la naturaleza judía:

  • ·          “Todos vosotros estáis hoy presentes…” Deuteronomio 29:9
  • ·      .    “Las cosas secretas pertenecen al Eterno nuestro Dios, pero las cosas que son reveladas son        para nosotros…” Deuteronomio 29:28
  • ·          “No están en el cielo…”   Deuteronomio 30:12
  • ·          “… escoger la vida”      Deuteronomio 30:19


Uno de los “problemas” es que los textos, como suele inevitablemente suceder, pierden en la traducción. Traducir ciertas palabras como “nitsavim” o “nistarot” supone sacrificar significado.

Como señalaba Rodrigo Varscher en la NCI de Montevideo el pasado viernes, “nitsavim” supone una actitud, una postura, una disposición. No es meramente “estar”, sino estar con un propósito. De igual manera podemos decir que los judíos no debemos simplemente “estar” o “pasar” sino que hacerlo con un fin. Es el sentido de la construcción progresiva en el tiempo lo que nos libera del fatalismo de la repetición estéril. “Nitsavim” no habla de escuchas pasivos sino de un colectivo en la línea de largada de una maratón. 

“Nistarot” sería algo así como “lo oculto, lo escondido, lo secreto”; no son “cosas”, sino esencias, acciones, en definitiva, intangibles. Lo opuesto es “lo revelado, lo descubierto”, “nig(a)lot”. Me atrevería a llamar a estas opciones, en términos “modernos”, kabalá y Torá. La primera es la disciplina de lo oculto que tantos perseveran en descifrar u ofrecen como receta mágica para el encuentro con uno mismo; la segunda, la Torá, es un compendio de instrucciones, historias, reflexiones, interpretaciones con los que el Hombre lidia día a día. Como dice el texto en forma explícita, existen “cosas” que no están al alcance del hombre a la vez que otras sí.  

La lectura no es excluyente sino paradójica: si reconocemos nuestras limitaciones somos más sensibles a nuestras posibilidades.

Porque “no está en el cielo”, porque es alcanzable, lo revelado supone lo descubierto. De la postura alerta de “nitsavim” ya hemos pasado a correr la carrera con perseverancia en la búsqueda, porque sabemos que está ahí nomás… Esta perseverancia supone la vida que elegimos: vida en movimiento como opuesto a muerte y desolación si no perseveramos.

“Nitsavim” no escapa al discurso moralista de la Biblia: está el libre albedrío pero premios y castigos están bien claros; está todo al alcance de nuestro conocimiento, pero debemos tener presente que tenemos un límite, por remoto que sea. Sin embargo, como texto teológico, me parece insuperable: dota al ser humano de un potencial inagotable. En términos empresariales actuales, “Nitsavim” es acerca de “empowerement”; no “power to the people”, sino empoderamiento. Valga la diferencia.


Shaná Tová!

sábado, 5 de septiembre de 2015

Ki-Tavo

El texto retoma la dicotomía bendición-maldición que planteó en "Ree" (Deut. 11:26): si el pueblo cumple los mandatos, será bendecido; de lo contrario, será maldecido. Es simple, es binario; es un lenguaje informático. Las complejidades quedan afuera, para más adelante: seremos los hombres los que nos ocuparemos de la casuística, los matices, las interpretaciones, los atenuantes, las líneas difusas. Acá es todo simple, básico, contundente. Si se quiere, es un lenguaje aplicable a niños pequeños (al menos en la pedagogía tradicional): si se porta bien, se lo premia; si se porta mal, se lo castiga.

Sorprenden los extremos: las bendiciones nos ubican, como pueblo, por encima del resto de la humanidad, como una suerte de ideal encarnado; las maldiciones, por otro lado, son sistemáticamente destructivas, humillantes, casi irreversibles: "Y tu número quedará reducido a unos pocos, ..." (Deut.28: 62). ¿Acaso el texto pienso en un proceso dinámico o en opciones absolutas y excluyentes? Es notoria la desproporción entre bendiciones y maldiciones: las segundas son más, mayores en magnitud, terribles en intensidad, y terminantes, mientras que las primeras son ideales aspiracionales, más abstractos, inconmensurables, eternos. Dicho de otro modo: las maldiciones suenan reales, verosímiles usando el término de Todorov, mientras que las bendiciones suenan a "wishfull thinking".

El pueblo judío ha sido frecuentemente atacado por el tan complejo adjetivo de "elegido". Muchos judíos están muy incómodos con este concepto de "pueblo elegido". La lectura de "Ki-Tavo" complejiza especialmente la comprensión del concepto. No sólo somos "elegidos" o "apartados" para servir a dios y cumplir sus preceptos, sino que hacerlo supone un premio traducido en triunfos y bendiciones; no hay forma de eludir esta lectura "cualitativa" que muchos tratamos de soslayar. Sin embargo, si leemos el texto completo y tomamos en cuenta las maldiciones la cuestión de ser "elegidos" no parece tan positiva. Si miramos la historia en retrospectiva, la antigua y la reciente, nos damos cuenta que en realidad hemos vivido en la maldición, y sólo ocasionalmente en la bendición. Es esta ecuación la que explica con mayor profundidad nuestra condición de "pueblo elegido": la demanda en enorme, el castigo inconmensurable. Como cualquier hijo, vivir entre tales demandas es simplemente traumático.

Si hemos vivido como "malditos" estos últimos diecinueve siglos, desde 70 EC hasta el siglo XX, cabe preguntarse si acaso no estamos iniciando dos mil años de historia de bendiciones. Que los montes Gerizim y Ebal en realidad representas eras diferentes: ascendimos hacia le bendición en tiempos de David y Salomón para caer en la maldición (debidamente anunciada por los profetas), la división, y la dispersión. Acaso podemos imaginar nuevamente un tiempo de redención y construcción de bendiciones. Las amenazas persisten, desde dentro y fuera; pero nuestro afán mesiánico nos impulsa. Acaso el desafío sea que nosotros mismos escribamos el texto de las bendiciones. Que de maldiciones ya tenemos bastante.


sábado, 29 de agosto de 2015

Ki-Tetse

A cinco shabatot de cerrar el ciclo de lectura parecería que la Torá no nos ahorra el vértigo de mitzvot, preceptos, que como hijos de Israel debemos obedecer. Aunque no se ajuste exactamente a la definición de "lista" propuesta por Umberto Eco en su libro "El Vértigo de las Listas", hay algo abrumador en la acumulación de preceptos, rituales y castigos que encontramos en "Ki-Tetse". Moshé sabe que el tiempo corre, que los plazos vencen, que su destino está sellado, y por lo tanto acumula orden tras orden, precepto tras precepto, castigo tras castigo; en frases cortas y argumentos tan contundentes como axiomáticos.

Frente a un texto como este los rabinos enfrentados con su dvar-Torá semanal seguramente escogen alguno de las decenas de preceptos y se explayan sobre el mismo; hay para elegir, para todos los gustos. Quienes quieren ver en La Biblia un texto anacrónico y terrible, hasta cruel, también tienen lo que elegir: ya sea el hijo desobediente o la mujer que mintió acerca de su virginidad, ambos deben ser apedreados hasta morir. Quienes por otro lado quieren ver en la Torá un texto perfecto, profundo, y sabio más allá de todo tiempo y circunstancia, encontrarán aquí cantidad de instrucciones de un valor actual y relevante sin parangón: la defensa de la mujer repudiada (divorciada), la defensa de la mujer violada, la defensa de la viuda, las protección del siervo o esclavo, la igualdad de los "pesos" o medidas para medir en forma justa, la obligación de dejar atrás lo no recogido del campo para el pobre o el extranjero... no tiene sentido enumerar lo que puede ser leído en el texto.

Elijo cuestionarme y comentar acerca de dos versículos: Deut. 21:15-17, sobre los derechos de primogenitura del hijo de una mujer no amada frente al hijo de la otra mujer sí amada; y Deut. 25:17-19, acerca del recuerdo de Amalec.

En el primer caso, es notable como puede uno imaginar que la historia patriarcal estaba presente en forma indeleble y profunda en la memoria colectiva, en la narrativa, del pueblo. No somos nosotros miles de años más tarde que unimos las historias y generamos una "tradición" y un mito, sino que los mismos estaban ya entonces, en el momento en que se fueron "cerrando" estos textos, muy presentes en la consciencia colectiva. El tema de la preferencia o elección es esencial no sólo en las historias bíblicas desde Caín y Abel, pasando por el paradigmático caso de Iaacov y Esav o el más complejo caso de Iosef y sus hermanos; el tema es esencial como pueblo cuando nos definimos como "elegidos", "apartados", "santificados" por dios para cumplir determinada misión en la creación. De modo que en la lectura de estos versículos reconocemos dos asuntos: uno, que los padres tendemos tener preferencias que el precepto busca neutralizar dando un orden y una prioridad; dos, que aun cuando uno es "elegido" no puede NO reconocer el derecho del otro. Hay un sentido de justicia que prevalece por sobre lo "sagrado" o "elegido".

En el cierre de "Ki-Tetse" el mandato es ambiguo: por un lado recuerda lo que te hizo Amalec; en términos modernos, recuerda la Shoá; por otro lado, cuando finalmente te asientes en tu tierra, cuando llegue el tiempo de la redención y "descanses de todos tus enemigos", debe borrarse la memoria del enemigo. Uno no puede leer esto como otra cosa que no sea poner el pasado atrás y reconocer el nuevo tiempo de redención. No habrá más Amalec; debemos olvidarlo. Una vez más, en términos actuales, significa reconocer que debemos crear círculos virtuosos en lugar de abrir eternos círculos viciosos. Si bien el texto es ambiguo y el mandato por tanto difícil de cumplir, si lo leemos como aspiración puede resultar especialmente inspirador.


Shoftim

Como la vida, también un texto está lleno de tensiones y contradicciones. Oscilamos entre lo aspiracional y lo cotidiano; entre la propuesta y la acción; entre el ideal y la realidad. Casi nunca las cosas son como quisiéramos que sean. Algunas veces los seres que amamos y elegimos se alejan del ideal que en ellos proyectamos; aun así continuamos eligiéndolos; eventualmente aprenderemos a amarlos de manera diferente. En definitiva, todos sabemos que día a día hacemos concesiones y nos adaptamos a la realidad que nos sale al encuentro; pero nunca dejamos de saber cuáles son nuestras aspiraciones e ideales.

En los últimos años muchos judíos, en Israel y en la diáspora, hemos aprendido a vivir con una realidad llamada Netanyahu. En mi caso personal, ni su estilo ni su ideología corresponden a ideales a los que aspiro, y me consta que al setenta por ciento de los votantes israelíes tampoco. Sin embargo, allí está. Entre los ideales de izquierda y los de derecha, por oposición o coalición, él se ha convertido en el hombre bisagra que puede abrir las puertas de cierta viabilidad. No nos gustan sus decisiones, su estilo, su discurso, pero su poder es legítimo. Él es más real que cualquier ideal; lidia con realidades y va resolviendo a su leal saber y entender.

Por qué sigue construyendo en los territorios; por qué nombra embajadores “halcones” para puestos medulares en la diplomacia israelí; por qué ofende al presidente de los EEUU de turno; por qué se demora en detener a los terroristas judíos. Todos son interrogantes válidos y producto de la realidad: Netanyahu ha tomado decisiones tan controvertidas como esas y a muchos de nosotros nos deja perplejos. No porque no lo esperemos, sino porque no lo entendemos. No sabemos a qué conduce todo esto. Acaso él mismo no lo sepa; acaso sea el uso del poder por el poder mismo; acaso sea la perseverancia en el statu-quo.

Acaso Netanyahu leyó mal la porción de la Torá de esta semana: Deut. 16:20, “Sólo buscarás la justicia para que vivas y poseerás la tierra que el Eterno tu Dios te dio en heredad”; o como suele traducirse en actos institucionales, “justicia, justicia perseguirás…”.  Acaso sustituyó “poder” por “justicia” y así entiende que viviremos y poseeremos la tierra: “poder, poder perseguirás…”.

El texto bíblico original es ambiguo: puede leerse como que la palabra “justicia” se repite dos veces, o que en un caso es adjetivo y en otro sustantivo (“justa justicia perseguiras”), o incluso que es una apelación y “justicia” es un ideal (“Justicia, justicia perseguirás”); esto último sería más Shakespeare que Biblia, pero es una posibilidad. De todos modos, el texto bíblico insiste en que la justicia debe ser buscada, literalmente perseguida, como se persigue un ideal. En la duplicación de la palabra yace la magnitud de su fuerza conceptual. Si oponemos, casi por el absurdo, “poder” a “justicia” queda más clara la connotación de ambas palabras.

“Shoftim”, la porción de esta semana, lidia con los temas centrales de justicia: puertas adentro, y puertas afuera. Nos instruye a nombrar jueces y policías y pauta cómo manejarnos en diferentes situaciones, ya sea dentro del pueblo o respecto a otros pueblos. Podemos cuestionar algunas de las resoluciones propuestas por el texto, pero no podemos dejar de reconocer su afán en “perseguir” justicia.

Así como no podemos entender en su totalidad el texto bíblico, tampoco podemos entender del todo la realidad que nos toca vivir. Así como hay alguna razón para incluir ciertos versículos, suponemos que habrá razones para tomar ciertas decisiones. Más aún: así como no compartimos muchas de esas decisiones, aun cuando nos incomodan, aun cuando las criticamos, no dejamos de ser parte del colectivo en cuyo seno ellas surgen; de igual modo, aun cuando el texto bíblico muchas veces nos incomoda o violenta, no dejamos de reconocerlo como texto fundacional ni a nosotros mismos como parte de su heredad.

Una vez más, el texto nos permite encontrar un versículo con el que sí nos sentimos representados:  en Deut. 19:14 dice: “No moverás haciendo retroceder los lindes de la tierra de tu prójimo que tiene derecho a ella desde antiguo en el territorio que el Eterno os dio por heredad.” Lo curioso es que esta frase está aislada en medio de un texto que puede leerse como alentando la destrucción y el desconocimiento del vecino. Parece ser que la cuestión está en qué versículo elegimos para construir realidades. Pero como el texto en toda su complejidad nos muestra, las realidades son siempre más complejas que una frase aislada.


Es un equilibrio sutil. Algunos prefieren quedarse en lo firme y no correr riesgos. Otros parecen desconocerlos. Lo “justo” es acaso lo más difícil de lograr.

miércoles, 12 de agosto de 2015

Ree

Porciones de la Torá como ésta me obligan a insistir en mi percepción de Deuteronomio como un primer comentario u ordenamiento del texto que lo precede desde Génesis hasta Números. Si bien el texto afirma que es la palabra de dios en boca de Moshé, no podemos ignorar el hecho de que ahora es Moshé quien habla cuando en los libros anteriores hablaban dios, Moshé, y el resto de los protagonistas de la historia, incluido "el pueblo" en términos genéricos. Hay un ordenamiento del material muy diferente al de los libros anteriores; el efecto "resumen" es notorio y explícito. Más aún: el punto de vista es estrictamente de Moshé, obsesionado con el Jordan y la tierra que yace del otro lado; es una perspectiva estrictamente personal, cuando en los otros cuatro libros la perspectiva era de un narrador omnisciente, o sea, dios.

Dicho esto, la vastedad, profundidad, y detalle del texto obliga seleccionar el foco. Si intentamos un resumen, diría que "Ree" es acerca de: la idolatría; la alimentación; el contrato social; y las tres festividades de peregrinación: Pesaj, Shavuot, Sucot.

El texto abre con una opción: se puede elegir. Una elección supone bendición, la otra maldición; ambas opciones yacen al otro lado del río, en la "tierra prometida". No se condiciona el destino del pueblo, la promesa divina de la tierra; lo que se condiciona es la conducta una vez en la tierra. Si dios ha cumplido su parte, el pueblo debe cumplir la suya. Aun así, en el mero enunciado de opciones, se reconoce implícitamente la posibilidad de conductas no adecuadas. En ese sentido, la idolatría es la falta más grave. A tal punto, que uno debe convertirse en "guardián de su hermano" y perseguir a quienes se desvían de la conducta indicada.

La interpretación literal de este texto es la causa de que judíos juzguen a otros judíos en su forma de entender no sólo el texto sino el cumplimiento de los mandamientos divinos (mitzvot). Hay quienes se erigen en jueces y en el proceso pueden oscurecer los tenues límites entre celo religioso y moral humana lisa y llana. Con el pretexto de cumplir el mandamiento de corregir los desvíos de conducta en terceros hay quienes incurren en el agravio y la ofensa; sin profundizar en temas tales como corregir conductas homosexuales, por ejemplo.

El problema sin embargo no es el texto. Apenas uno lo confronta reconoce su tono amable, motivador, e inspirador. Si bien hay imágenes fuertes como apedrear al prójimo idólatra, uno puede entenderlas como parte del contexto histórico, del lenguaje bíblico en su totalidad. La historia del judaísmo prueba que estas prácticas son más un enunciado que una conducta ya que la capacidad interpretativa que está comenzando en Deuteronomio ya no se detendrá nunca. El texto ordena pero explica, prohíbe pero inspira. La lectura fanática corresponde a los fanáticos, no es parte del texto.

El versículo 13:1, "Todo lo que yo te mando has de hacer, sin añadir ni quitar nada", también es un enunciado difícil de entender a la luz de la modernidad y la creatividad humana tal como la entendemos hoy. Una vez más, este tipo de frase habilita conductas intransigentes y totales, absolutas. Sin embargo, sin duda no estaríamos hoy aquí como pueblo y como narración si no hubiéramos adaptado el texto a la realidad. El versículo parece negar el lado dinámico de la Torá, si es que podemos entenderla de ese modo. Tal vez pueda entenderse si en "Todo" incluimos lo dicho y lo no dicho; es decir, si nos dedicamos a llenar los vacíos del texto. Entonces el "todo" es tan grande como nuestra capacidad de recrearlo y aplicarlo.

domingo, 9 de agosto de 2015

Ekev

Constante: si el pueblo actúa de acuerdo a las instrucciones divinas (en boca de Moshé), será recompensado con creces; si no lo hace, será un pueblo más entre los pueblos a merced del destino común de todos los pueblos.

Es una propuesta simple, binaria: a la buena conducta se la premia, a la mala conducta, se la amenaza. Porque la verdad es que "el pueblo", los hijos de Israel y más tarde los judíos, no han tenido siempre una conducta a la altura de las aspiraciones divinas, y sin embargo bien que ha sobrevivido, crecido, fortificado y desarrollado. En La Tierra, y fuera de ella. Así como en el episodio del becerro de oro que se recuenta en esta parashá dios perdona y vuelve a escribir La Ley, la historia mostrará que así será en el futuro: al decir de Abraham frente a Sodoma y Gomorra, un justo o un puñado de justos merece salvación; del mismo modo que un rebelde o un grupo de tales será extirpado del pueblo, como Koraj. Dios promete y pacta con el pueblo, pero reconoce al individuo: maravillosa y creativa ambivalencia judía.

¿Qué pasa exactamente con los otros pueblos que Israel deberá enfrentar apenas cruce el Jordán para cumplir la promesa divina? El texto está lleno de matices. Por un lado dice en Deut. 7:16: "Destruirás a todos los pueblos que te entregue el Eterno sin que tu ojo se apiade de ellos y no caerás en la tentación de servir a sus dioses." A la luz de los acontecimientos de la semana pasada, este versículo justificaría los hechos; es claro y contundente. Sin embargo en el versículo siguiente Moshé entra en un discurso que hoy podríamos denominar de "coaching": ante el miedo cierto que sabe que cunde en el pueblo, refuerza el mandato de exterminio total a la vez que reconoce la magnitud de la empresa: "No te asustes de ellos, porque el Eterno tu Dios está contigo, grande y poderoso." (Deut. 7:21). Agrega: "No podrás acabar con ellos rápidamente, no sea que se multipliquen ante ti las bestias salvajes" (Deut.7:22)

Si leemos la biblia como historia, y a ésta como propone Paul Johnson como una larga, extensa continuidad de hechos, podríamos proponer que aún estamos enfrentados a esos mismos pueblos que dios nos promete exterminar como parte del pacto; a la vez que reconoce que el proceso no será ni fácil ni rápido. ¿Qué son "las bestias salvajes"? Acaso en una lectura moralista de la Torá sea nuestro "ietzer hará", nuestro lado animal y salvaje desatado como consecuencia de la sangrienta lucha; también ésta imagen tiene una actualidad pasmosa a la luz de los atentados de terroristas judíos de la semana pasada sobre "los otros pueblos". En una lectura simplemente metafórica, "las bestias salvajes" son los inagotables obstáculos que encontraremos en cuanto cunda la urgencia y no busquemos otros caminos, menos drásticos, para encontrar nuestro espacio entre los pueblos, temidos o vencidos. Cualquiera sea el resultado, la tarea demandará paciencia y tiempo.

Ni nosotros hemos cumplido nuestra parte del pacto a la perfección, por más que se esfuercen los ultra ortodoxos, ni dios ha cumplido la suya. Otros pueblos siguen habitando nuestra tierra y reclamando su derecho sobre ella; otros pueblos la tomaron para sí y hasta nos expulsaron de ella. Hemos vuelto, una vez más. Acaso es todo un mismo proceso. Los tiempos bíblicos siempre fueron extraños a los tiempos tal como entendemos el tiempo hoy: instantáneo.

Así como en Deut. 8 Mohsé instruye al pueblo a ser humilde y no creerse omnipotente, sino reconocer la incidencia divina en todo lo que ha sucedido y sucederá, tal vez sería bueno leer "Ekev" como una actitud de humildad y respeto al mundo que nos rodea. en definitiva, nuestra supervivencia no surge de una lectura directa y literal del texto sino de un entendimiento simbólico y alegórico.

viernes, 31 de julio de 2015

Vaetjanan

“Hoy yo que tenía que cantar a coro 
me escondo de día susurro esto solo”

Silvio Rodriguez, “Hoy mi deber era”, 1982


¿Qué tiene que ver Silvio Rodriguez con “Vaetjanan”, la porción de la Torá que leemos este Shabat?
Uno funciona en gran medida a fuerza de impresiones que luego se tornan asociaciones. Uno retiene frases, imágenes, melodías, sabores, aromas, atmósferas; con ellos construimos nuestro repertorio de significados y sentidos más básicos y primitivos, más espontáneos e irreflexivos. En otro nivel, cuando uno empieza a vincular lo aislado para generar unidades es cuando construye significados más complejos y elaborados; pero éstos demandan la razón y la repetición. Sin embargo, como en este nivel de lenguaje debemos obedecer cierta lógica, el desafío es cómo conectar unos con otros los flashes que componen nuestra vida. No tanto cómo componer un rombecabeza, que supone un cierre, un fin, una solución, sino cómo armar múltiples collages con los pedazos de vida que vamos acumulando.

La canción de Silvio Rodríguez se ubica entre esos pedazos de arte que se pierden en mi subconsciente y vienen a la mente en diferentes ocasiones. Su melodía, el simple, simultáneo y complejo artificio de su letra siempre me fascinó. Como bien dice Silvio en otra de sus grandes canciones, “dónde pongo lo hallado”, “qué hago ahora contigo”; cómo armamos el collage…

Cuando leí “Vaetjanan” una vieja imagen volvió a mi mente: Moshé parado frente al Iarden (Jordán) mirando la tierra. De mis seis años en la escuela esa imagen bíblica es una de las que retuve con más claridad. Han pasado cincuenta años: del mismo modo que a veces resuena en mis oídos la canción de Silvio, tantas otras veces vuelve la imagen de Moshé mirando la tierra. Envidié a mi amigo Sergio Gorzy haber podido tener esa perspectiva cuando cruzo desde Jordania a Israel en 2013: un evento deportivo (banal acaso) adquiría para mí una dimensión nacional, identitaria.

Moshé se apresta a resumir el trayecto, la fe, y las leyes que hemos leído en los cuatro libros anteriores del Pentateuco: es su legado, sus últimas palabras, el fin de una épica nacional a la vez que un proceso interior del pueblo y los individuos que lo componen. Moshé es una figura mítica si las hay en el judaísmo, equiparable a figuras de mítica clásica. Sin embargo, con toda su dimensión nacional, antes de cumplir su última misión ruega ser perdonado. Sabemos que no será.

Aceptar que ciertas cosas ya no serán, no sucederán, es señal de que hemos llegado a cierto momento de la vida. Podemos mirar atrás y resumir lo que ha sucedido; podemos intentar enseñar algo; podemos destacar las maravillas que hemos presenciado y las que nos rodean; incluso podemos predecir el futuro con cierta certeza. Moshé está en esa etapa de su vida. No pierde, sin embargo, su dimensión humana, su deseo ni su humildad.

Moshé parado frente al Jordán es también el símbolo de la búsqueda de un lugar en el mundo. En torno a ese mismo lugar siguen luchando no sólo pueblos entre sí, sino hermanos entre sí. Más allá de toda circunstancia política, hay una constante: el hombre que elije pararse al borde de la Media Luna Fértil elige confundir su vida con la de su nación, su pueblo.


“Vaetjanan” es magníficamente épica. La súplica de Moshé le pone el toque humano e íntimo. Nadie como nosotros los judíos sabemos de “cantar a coro”, en “minián”, en comunidad; también sabemos acerca del valor del individuo, de su unicidad reflejada en la unicidad de dios. Si Moshé llevó adelante una revolución en Egipto, si Silvio Rodriguez cantó a la revolución cubana, la asociación libre podrá no justificarse pero por lo menos sí entenderse.

viernes, 24 de julio de 2015

Devarim

“Estas son las palabras” dice Deut. 1:1. Como si hubiera duda, todo es acerca de la palabra. Tan es así que en Deuteronomio se nos da un resumen de lo acaecido y lo instruido a lo largo de los otros cuatro libros del Pentateuco, la Torá propiamente dicha. Más allá de las circunstancias históricas de las cuales se ha ocupado la crítica bíblica, el texto reconoce su propia extensión, vastedad, y complejidad como para necesitar una nueva expresión, más ordenada y metódica. Ya sea del griego como “segunda ley” o repetición de la ley, o del hebreo como “palabras”, este texto actúa como una suerte de meta-texto respecto a los anteriores.

De alguna manera podemos sugerir que “Devarim” ((el libro) inicia la tradición del comentario y la exégesis bíblica mucho antes que se iniciara la tradición rabínica. El texto vuelve sobre sí mismo y se va ordenando de manera diferente. Sobre todo, en términos de narrativa, la perspectiva del narrador cambia al ponerse incondicionalmente al lado de Moshé para repetir sus palabras. Mientras en los cuatro libros anteriores el narrador ha sido más omnisciente que el propio dios (dios es un personaje más de la trama), en Deuteronomio es Moshé quien repite todo lo sucedido y dicho hasta entonces.

Moshé no entrará en La Tierra; eso ha sido claramente anunciado. Sin embargo, en este último libro ocupa un lugar más central que nunca. Si hay un libro “de Moshé”, “Devarim” es ese libro. Las “palabras” son suyas, o en todo caso de dios a través suyo en forma explícita e inequívoca. A poco de su muerte anunciada, planificada, prevista, Moshé adquiere la enorme dimensión que se le atribuye. Lo interesante, lo específico a la tradición judía, es que la dimensión de Moshé está dada por la palabra. Ninguna otra forma de expresión puede dar esta cualidad heroica, sabia, épica, justa de este “padre fundador” (tomando prestada la expresión de la tradición estadounidense). De Miguel Ángel a Cesar B. de Mille muchos han intentado dar forma a esta figura imponente; podemos discutir el éxito mayor o menor de esos intentos; el hecho es que su esencia está en la palabra, y allí se agota.

“Devarim” la porción de la Torá vuelve a ocuparse del tema de la conquista y la adjudicación de tierras, tema inminente. Hay indicaciones muy precisas y justas en cómo tratar con los vecinos por donde ha debido pasar el pueblo: en primera instancia en son de paz y justicia, con relaciones comerciales reciprocas; pero ante la negativa de acceder al paso de los hijos de Israel, la lucha es a muerte, terminante. Nuevamente corre un escalofrío al pensar la actualidad de estos temas, lo atávico de la cuestión en la zona. Acaso todavía estamos en el proceso de ocupación de la tierra… “ocupación” como acto de poblar un lugar, aunque su consecuencia roce los límites de la “ocupación” militar o política.


En suma, frente a la tarea que se avecina, “Devarim” es una demostración de fuerza inequívoca y contundente. Insufla de valor al pueblo enfrentado finalmente con el desafío largamente anunciado. 

lunes, 20 de julio de 2015

Matot-Mase

Estas dos porciones de la Torá no sólo se leen juntas sino que tienen una clara unidad temática. Por un lado se “liquida” el “problema midianita” que se arrastra desde las porciones anteriores, y por otro lado se va disponiendo todo para el cruce del río, la conquista, y el reparto de la tierra. Todo esto profusamente salpicado por datos concretos: nombres de tribus, líderes, zonas, lugares, fronteras. “Matot-Mase” tiene mucho de manual de instrucciones para una vida comunitaria justa y ordenada. Está claro que el tiempo ha pasado: del Nilo al Jordán no sólo han pasado cuarenta años, sino que el pueblo se ha ido transformando, depurando. Ahora está pronto para la guerra y para triunfar, a la vez que se va previendo la organización social que regirá habitar la tierra prometida.

Resulta asombrosa, una vez más, la actualidad del texto bíblico. Todos los temas tratados en estas dos porciones de la Torá aluden directamente a problemas que como judíos y como Estado de Israel enfrentamos hoy.

El más obvio es el tema de la guerra, las víctimas, el botín. Menos obvio es el tema del reparto de este botín: el pueblo que hace la guerra debe proveer a sacerdotes y levitas de modo que se pueda sostener el culto; algo parecido a sostener las comunidades ultra ortodoxas que hoy en día estudian la Torá y preservan la tradición en su máxima y verdadera pureza. En términos bíblicos la previsión impuesta por dios parece racional; en términos de la realidad de hoy la idea es simplemente anacrónica e injusta. Como tantos otros aspectos del texto bíblico, éste tema ha sido manipulado y llevado a los extremos.

Otros extremos que confrontamos en la actualidad pero ya están descriptos en “Matot-Mase” hace a las fronteras y el reparto de las tierras. La obstinación de las tribus de Reubén, Gad, y la mitad de Menashé para quedarse del otro lado del Jordán, a cualquier costo, ignora las fronteras determinadas por dios en este mismo texto. Dios es realista: así como sabe que si los habitantes de Canaan no son exterminados serán una amenaza permanente para el pueblo, sabe que la tierra prometida es una y no otra. Las fronteras que figuran en Números 34:1-12 suenan más que razonables; las tribus que se quedan fuera de las mismas representan un problema con el que el texto lidia extensamente.


Hay por cierto elementos muy positivos en el texto: las responsabilidades están proporcionalmente ligadas a los beneficios obtenidos, en un claro sentido de justicia social. El concepto de las ciudades refugio, si bien es muy complejo, parece revolucionario, hasta el día de hoy: una protección incluso para el presunto criminal. Las ciudades para los levitas proveen a una tribu que no recibe bienes ni tierras. En suma: el libro de Números cierra con una incipiente organización social de la vida en comunidad estable y establecida.

jueves, 9 de julio de 2015

Pinjas

“Pinjas” es “la del fanático que atraviesa a la pareja con su lanza”. Sucede que no: Pinjas el personaje aparece al final de “Balak” para cometer este crimen justificado por texto bíblico, pero la porción de la Torá que lleva su nombre lo revindica como sacerdote y se ocupa de temas mucho más elevados, nobles, y constructivos: la distribución de las tierras cuando se llegue a La Tierra; la justicia con el género femenino en relación a la propiedad; la sucesión del liderazgo; y las festividades. El episodio fanático queda entonces “escondido” en Números 25:1-9, entre las profecías de Balaam y los nuevos anuncios divinos que ocuparán “Pinjas”. Volvemos al viejo, querido, y conocido diálogo entre dios, Moshé, y los hijos de Israel. Después de la fábula de “Balak”, la historia retoma su curso.

El impacto y la crudeza de la escena que cierra “Balak” es tal que constituye una unidad temática aparte del resto de esa porción. Tal vez haya quedad incluida en ella para construir el suspenso y el deseo de seguir leyendo, como en toda novela por entregas o como en toda telenovela. Después de todo, la Torá mezcla permanentemente las instrucciones, las leyes, con estadísticas, genealogías, descripciones, pero nunca olvida avanzar la trama. Nada atrapa más al lector que una buena historia. La de Pinjas asesinando a la pareja trasgresora sin duda lo es.

Los midianitas ejercieron desde siempre una fuerte atracción y tuvieron una cierta afinidad con los hijos de Israel: Yitró es midianita, su hija Tzipora se convierte en esposa de Moshé; Midian no es Amalec. La actitud celosa y fanática de Pinjas está justificada por la plaga que había infectado al pueblo; hay algo más simbólico que real en esta plaga. Con el atravesamiento por lanza la plaga se detiene. Parecería que no es tanto la unión con una midianita sino el culto al dios de los midianitas lo que causa el estrago.  En otras palabras: no es grave amar o desposar a una “otra” si la acercamos a nosotros; lo grave es la idolatría que supone lo contrario. Eso es lo que castiga Pinjas.

“Pinjas” es una de esas porciones extensas y densas en materiales y significados: hay genealogía, distribución de tierras, justicia de género, sucesión, y festividades. Así como los críticos del fanatismo se aferran al episodio que cierra “Balak”, los propulsores de la igualdad del hombre y la mujer en el culto y los preceptos se aferran al episodio de las hijas de Zelofejad. Más allá del dictamen igualitario quiero destacar el proceso de razonamiento que se construye entre la exposición de las hijas y la sentencia de dios; tiene mucho de responsa rabínica, de justificación legal y jurisprudencia; el mismo proceso que se aplicará siglos más tarde y hasta nuestros días para acometer problemas no previstos. Ésta es una de las grandes fortalezas del judaísmo y aquí está su génesis.


El otro tema que quiero destacar es la sucesión clara e inequívoca, ordenada. La voluntad divina es que Moshé no entre a La Tierra, pero es Moshé quien pide un sucesor. Si bien es dios quien se pronuncia por Josué (en la Torá todo es obra de dios), está claro que era él a quien Moshé venía preparando: ha sido co-protagonista de los eventos más importantes hasta ahora y ha estado inequívocamente del lado del “establishment” en todos los episodios críticos. Este procedimiento, tan breve y explícito, debería regir las sucesiones en cualquier organización. En el ámbito comunitario todo dirigente debería saberse un poco como Moshé: no por su magnitud como líder, sino por su finitud como tal: hay tareas que no nos toca acometer. Nuestra responsabilidad como líderes es encontrar el sucesor para luego salir de escena; no seguir incidiendo desde las sombras. La realidad demuestra ser un poco más compleja: la mayoría es como Moshé en el sentido que quieren evitar liderazgos propuestos; otros son como Koraj, que quieren desafiar el liderazgo por el mero poder; y unos pocos son como Moshé en el sentido que nombran un sucesor y saben que su tiempo ha terminado.

sábado, 4 de julio de 2015

Balak 

“Bamidbar” o “Números” es básicamente acerca de los preparativos de los hijos de Israel para entrar en la tierra prometida, del mismo modo que “Levítico” trató acerca de las normas de pureza, los rituales, y las festividades. Si bien cada libro tiene su hilo conductor, la Torá vuelve sobre unos y otros temas inaugurando un diálogo permanente que perdurará hasta nuestros días. En ese contexto, “Balak” encaja históricamente pero se destaca del resto por su estilo y sus personajes. Excepto desde Números 25:1 en adelante, ni Moshé ni Arón ni sus hijos son nombrados; la trama se desarrolla en otras “tiendas”, si tomamos prestada la maldición-devenida-bendición de Balaam.

Una vez más el nombre de la porción de la Torá es el de un extranjero, como en el caso de “Yitró” en “Éxodo”. En este caso es un enemigo, un obstáculo en el camino para los hijos de Israel. Sin embargo, el narrador empatiza con Balak: el punto de vista de la narración acompaña al personaje. Son las vicisitudes de Balak las que nos cuenta el relato, permitiendo las libertades de cualquier narrador omnisciente de saltar entre un personaje y otro, entre Balak y Balaam.

El punto es que, una vez más, somos definidos por terceros. El temor de Balak provoca las bendiciones que nos definen. Cito tres ejemplos, uno por cada bendición: “…Su pueblo será solitario y no se contará entre las demás gentes” (Números 23:9); “Porque no hay magia en Jacob, ni hechicería en Israel.” (Números 23:23); “Dios, que lo libró de Egipto es para él como la fuerza de un toro salvaje.” (Números 24:8). Están claramente descriptas la soledad de Israel entre las naciones, su apego a una religión auténtica y despojada, y la fuerza del monoteísmo a ultranza.

Por supuesto también hay bendiciones más problemáticas, como en Números 23:24, “… pues no descansara hasta comer la presa y beber la sangre de los exterminados”, o en 24:8, “… Devorará pueblos enemigos haciendo crujir sus huesos y los atravesará con sus certeras saetas”. Si los antisemitas precisaran argumentos, en estos pasajes se los estaríamos ofreciendo servidos en bandeja.
La tradición nos ha enseñado que Balaam no puede maldecir y en su lugar brotan bendiciones. Como en tantas situaciones, tendemos a tomar la parte por el todo y no leemos el texto en toda su complejidad. Si sólo citamos “¡Cuán hermosas son tus tiendas, oh Jacob y tus moradas, oh Israel!” (Números 24:5) estamos obviando el lado más oscuro de un texto complejo y ambiguo. Las bendiciones de Balaam son tales pero también contienen su buena cuota velada de maldición.

Todo el texto está sostenido en un lenguaje metafórico asociado con lo animal. La asna sobre la cual cabalga Balaam es tal vez el más famoso por su capacidad de ver más que su amo y dialogar con él de igual a igual. Este episodio no tiene nada que envidiar los animales sabios y parlanchines a los que nos acostumbraron los dibujos animados. Del mismo modo, las imágenes de leones y leonas, de toros y carneros, son símbolo de fuerza, pasión, e, inevitablemente, sangre.

Es que la historia se pondrá muy sangrienta: en Números 25 el texto ha cerrado el “episodio Balak” y vuelve a focalizar en los hijos de Israel y sus desventuras en el desierto. Está porción de la Torá termina con una de las escenas más violentas y “fanáticas” de la Biblia: Pinjás atravesando con su lanza a un varón de Israel y una midianita. Esto sucede en el contexto de una nueva incursión, por parte del pueblo, en la idolatría. Muchos seguramente rescatan el contexto para justificar el acto de Pinjás. Pero del mismo modo que en “Jukat” dios castiga a Moshé por golpear la piedra en lugar de hablarle, uno podría pensar que después de un episodio tan dialogado y tan rico en lenguaje como hemos leído en “Balak” el desenlace podía haber sido otro.


Daría la impresión que en nuestras relaciones con terceros, con los otros, apelamos al diálogo, mientras que puertas adentro tendemos a ser más violentos. Somos muy auto-exigentes a la vez que frente al enemigo, potencial o real, buscamos primero un camino a través de la palabra. Cuando éste no da resultado, apelamos a la violencia. Somos a la vez el profeta con su vara y el león erigido rey  en la cima del monte.

jueves, 25 de junio de 2015

Jukat

Por un rato habíamos dejado atrás las cuestiones relacionadas estrictamente con los ritos de pureza. “Jukat” nos devuelve un tanto abruptamente a esa temática. Tal vez como consecuencia de los episodios de rebeldía progresivos que leímos en “Shlaj” y en “Koraj”, el hecho es que esta porción de la Torá retoma el discurso obsesivo y meticuloso de Levítico.

Entender la vigencia del tema de la pureza en nuestros días es un desafío; parece inevitable dada la extensión, la profundidad, y el detalle del texto en este sentido. Personalmente es el tipo de texto que elijo eludir. En el peor de los casos, trato de encontrar una lectura “actual” que me libere de los prejuicios que encierra y me provoca; pero no siempre es sencillo.

En este caso creo que la imagen de una vaca entera y puramente roja es sumamente sugerente. En el contexto de un lenguaje áspero y duro, el rojo, así como el fuego, connota pasiones y profundidad. Me recuerda al uso del rojo en “La Lista de Schindler” como contraste impactante con al blanco y negro en que se filmó. Hallar una vaca roja tal como lo describe la Torá es casi un imposible: ese es el estándar al que el texto nos obliga a aspirar. El asunto es si suscribimos esa aspiración.

Está claro que los ritos de pureza tienen múltiples propósitos y múltiples niveles de entendimiento. Podemos atribuirles, como muchos hacen con la alimentación “kasher”, fines higiénicos y profilácticos. Podemos entenderlos como una forma de diferenciación entre quienes adhieren a ellos y quienes no; judíos, y no. En los tiempos modernos sin embargo esta diferenciación aplica también dentro del judaísmo: ya sea normas de “kashrut” o normas de “tehará”, su mayor o menor observancia genera lisa y llana separación en el seno del pueblo. De modo que aquello que en una época (muy larga por cierto) sirvió para preservarnos hoy se ha convertido en una trampa riesgosa: en lugar de acercar, alejamos. Al punto de que muchos judíos no pueden sentarse a una mesa con muchos otros judíos; ni hablar de saludar con un beso o compartir un espacio con gente potencialmente “impura”.

Sin embargo debe rescatarse que la impureza es siempre reparable. Así como la Torá nos dice qué es impuro o cómo uno se torna tal, también nos da la forma de “purificarnos”. Esto supone adherir a ciertas conductas y cumplir determinados rituales, los cuales en estos tiempos pueden parecer anacrónicos o llanamente ofensivos; por ejemplo, la exigencia del baño ritual mensual para la mujer. Pero más allá del hecho está la idea de que todo es reparable, todo tiene una solución, y cualquiera está al alcance de la misma. Tampoco depende de nadie, sólo de uno mismo.


La vaca roja es una metáfora si las hay. Aspiramos tan alto, tan perfecto, que el objeto de hecho no existe. Pero aspiramos. Está escrito que podemos encontrarla, aunque sepamos que en realidad pasamos nuestra vida empeñados en ello. Mientras tanto perfeccionamos nuestra “pureza” simbólica, nuestras cualidades por sobre nuestras falencias. “Purificación” pude leerse como “empeño”. Lo “puro” no es un juicio de valor sino una actitud de vida. Vida que pasamos buscando la vaca roja.

viernes, 19 de junio de 2015

Koraj

Es interesante observar como la narrativa bíblica se va convirtiendo, por momentos, en una gran novela digna de la mejor tradición de la novela social. “Koraj” describe escenas multitudinarias y complejas, llenas de idas y venidas, diálogos, acción, sensaciones, escenografías, y sobre todo, personajes intensos y comprometidos. Por su composición y su dinámica, por su equilibrio sutil entro lo social y lo personal, me hizo pensar en “Los Miserables” de Víctor Hugo o en “Vanity Fair” de Thackeray. El hecho es que, de una masa casi uniforme que salió de Egipto, el pueblo se va convirtiendo en una suma de individualidades: se va diversificando. Ya no están sólo Arón y Moshé; están los hijos de Arón, está Najshón, está Iehoshua, y así una cantidad de nombres propios más que van surgiendo e incidiendo en la historia. No en vano estamos en el libro de Números, el libro de los censos y las listas. No en vano la porción de la Torá de esta semana recibe el nombre de uno de sus personajes; lo interesante es pensar por qué recibe el nombre del “villano”…

“Koraj” es nombrada como una parashá acerca del liderazgo. Si seguimos esa idea resulta claro que todo el propósito del texto es probar, justificar, y laudar para toda la eternidad la autoridad de Moshé, de Arón y su familia como “cohanim” o sacerdotes, y de los levitas como servidores del tabernáculo y luego del templo. Del mismo modo, hablar de “Koraj” como una lección en liderazgo seguramente sirve el fin de justificar otro liderazgo o la mera idea de que debe haber un líder y una centralidad.

Vale la pena diferenciar entre dos liderazgos: Moshé por un lado, Arón y su descendencia y los levitas por el otro. Los sacerdotes y los levitas ejercen un liderazgo impuesto y reglado. El liderazgo de Moshé surge de sí mismo y de su relación con dios. Es interesante notar que el liderazgo de Moshé es personal y temporal: desaparece con él en su retiro y solitaria muerte. Sólo queda su dimensión simbólica. Los “cohanim” y los levitas, por el contrario, ejercerán un liderazgo genealógico; el mismo nada tiene que ver con sus méritos. Son elegidos por dios para ciertas funciones y deben comportarse de cierta manera. Hasta el día de hoy los “Cohen” o similares son llamados primero a leer la Torá, seguidos por los “Levi”. Aun cuando ya no tenemos templo.

Una lectura de acuerdo a los criterios de la crítica bíblica podría argüir que el texto fue introducido precisamente para justificar la jerarquía y la autoridad del sacerdocio en los tiempos en que se compiló y canonizó la Biblia; si no es así, por cierto que lo parece. Pero como diría Paul Johnson, el texto es demasiado rico en imágenes, acción, y elementos mágicos como para entenderlo solamente como un recurso político, de poder. Hay algo visceral, profundo, auténticamente humano en la imagen de la tierra tragándose a Koraj y sus seguidores o en la vara florecida de Arón. Eso es tradición oral si la hay, en su mejor versión.

“Koraj” nos retrotrae a los enfrentamientos de Moshé y Arón con el faraón y su corte en el libro de Éxodo. Nuevamente se recurre a la magia como forma de impresionar y laudar disputas. La diferencia es que en este caso todo es mucho más breve; no hay diez plagas, diez oportunidades. En un evento portentoso la tierra se traga a los amotinados. La “tierra que traga a sus habitantes” no es tanto una tierra física y real sino la simple tierra que pisamos cada día. “Que me trague la tierra” no es una acción sino una situación de conflicto. Cuando los “espías” hablaron de una tierra que devora sus habitantes hablaban de una tierra de conflicto. En “Koraj” el conflicto es traído a casa.

Si “Koraj” es acerca de liderazgo entonces vale la pena plantearse algunos temas actuales. El primero es cómo manejamos el desafío y el disenso, actitudes emparentadas; hay quienes difieren con el liderazgo, hay quienes lo desafían. Es un gran tesoro de la tradición rabínica haber dado lugar al disenso y la discrepancia, así como a la resolución consensuada por mayoría de los conflictos. Escuchamos a Shamai e Hillel, aunque finalmente prevalezca el criterio de este último. En el seno del pueblo judío hoy, en cualquier escala, es importante saber que ya nadie es Koraj para ser tragado por la tierra, sino que todas las voces merecen escucharse y cada una debe encontrar su lugar. El segundo tema es qué tipo de liderazgo queremos. Por cierto no el impuesto, sino el que surge de la dinámica comunitaria. Más aún: como reclama Koraj, no queremos líderes que se “encumbren sobre el pueblo” (Números 16:3) atribuyéndose una designación de origen casi divino. Líderes como Moshé ha habido pocos, e incluso él estaba lleno de imperfecciones y dudas. En tercer lugar, y como consecuencia de esta dinámica entre liderazgo y comunidad, valdría la pena revisar como funcionamos, cómo nos escuchamos, cómo nos vemos. O no.


Lo inquietante es que “Koraj” apunta a lo que muchos fantasean: que la tierra se trague a los que desafían el poder. Lisa y llanamente, que no existan más. La era de los grandes y fantásticos milagros está largamente superada, pero igual hay quienes quieren no oír, no ver, no reconocer las diversas voces que nos constituyen. Pero llegaron para quedarse. “Koraj” ha sido largamente superado en la evolución del pueblo judío.

sábado, 13 de junio de 2015

Shlaj

Fiel a su costado histórico la narrativa bíblica comienza a moverse a mayor ritmo retrotrayéndonos a los cuentos más básicos y fantásticos a los que nos habían acostumbrado Génesis y Éxodo. Después de las exhaustivas instrucciones de Levítico y los pormenorizados censos del principio de Números, las cosas comienzan a moverse. No sólo el pueblo avanza hacia su meta sino que debe confrontar la realidad con la teoría: la famosa frase de “haremos y escucharemos” que suponía una incondicionalidad ejemplar es en realidad muy poco realista: después de escuchar, ahora el pueblo debe ejecutar las instrucciones divinas. Vivir bajo esos estándares. No en vano “Shlaj” finaliza con el mandamiento de usar “tzitzit” (flecos) para recordar y no olvidar ni por casualidad los preceptos divinos.

Sin embargo, “Shlaj” es tal vez la segunda porción “sionista” de la Torá, si “Lej-lejá” fue la primera; a tal punto, que el texto usa la misma voz: “lejá”. A la vez que el mandato es externo, su ejecución es un proceso interior. Los hombres que Moshé debe enviar a reconocer la tierra prometida son líderes entre los suyos, hombres de confianza de Moshé, creíbles y confiables. Este hecho está reforzado por el cambio de nombre de Oséas a Iehoshua. Los cambios de nombre siempre son significativos en la biblia: Iehoshua es el futuro salvador de Israel.

“Shlaj” representa no sólo el movimiento, la acción, sino la confrontación con la realidad. Los “espías”, como han sido llamados, recorren la tierra y traen un informe tal vez realista pero muy descorazonador. Sólo dos de ellos, Caleb y Iehoshua, alientan al pueblo al esfuerzo de apoderarse de la tierra. No refutan los argumentos de sus compañeros porque seguramente todos han visto lo mismo: la tierra está habitada y no será fácil desalojarla. Sólo que la mayoría se desalienta y contagia al pueblo este desaliento. Ante tales dudas dios decide eliminar toda una generación antes de acometer el último paso: entrar y tomar la tierra.

“Shlaj” es notoriamente actual. Por un lado, representa nuestro constante ir y venir a Israel para conocer la tierra y sus habitantes. Cada uno de nosotros es uno de los “espías” cuando por primera vez llega a sus orillas (aunque hoy entramos desde las orillas del Mediterráneo cuando entonces entrabamos desde el Jordán), la recorremos, nos admiramos de su fertilidad, y comentamos acerca de sus habitantes; al regreso, todos traemos un ramo de vid simbólico en forma de souvenirs. Más allá del turismo, todos somos “espías” cuando pensamos o intentamos habitarla, ya sea para quedarnos o para volver a nuestro “Egipto”. Para todos Israel tiene algo de culminación pero a la vez de desafío; nos seduce y nos intimida. Algo de esa tierra que “devora a sus habitantes” todavía está vigente.

“Shlaj” es notoriamente actual porque habla de ver o ignorar: diez espías vieron la tierra habitada y difícil de abordar; dos espías obviaron ese detalle y tuvieron fe para conquistarla y cumplir la promesa divina. Ni entonces ni ahora se hubiera conseguido nada siguiendo el criterio de la mayoría; fueron minorías las que se jugaron y confiaron. Aun así, vale resaltar la incapacidad de ver o reconocer a los otros habitantes que ya estaban allí: hoy es un hecho históricamente comprobado que muchos de nuestros padres fundadores del Sionismo fueron simplemente ciegos ante la población autóctona y confiaron en el mandato que el propio Sionismo había construido, por cierto no sin razones. Tal vez otra hubiera sido la historia si el criterio de los diez espías hubiera sido tomado en cuenta hoy.

“Shlaj” es notoriamente actual porque confronta al pueblo con la tierra. Si el criterio de los diez hubiera prevalecido y la opción de tomar la tierra según la promesa divina hubiera sido desechada para volver a “Egipto”, ¿qué pueblo/nación/religión hubiéramos construido? Seguramente nos hubiéramos perdido en los confines del desierto sin un espacio físico donde aplicar la ley que nos había sido entregada. Los pueblos de la antigüedad (y poco ha cambiado desde entonces) vivían o morían por medio de la conquista de territorio y recursos (humanos y físicos). Difícilmente se hubiera podido sostener un sistema legal tan complejo y a la vez tan inmaduro aún sin un soporte físico. La prueba de fuego llegó siglos más tarde en la Era Común pero para entonces ya habíamos habitado, poblado, y desarrollado la tierra. Todo el sistema apuntó a volver a ella; una vez más. Por eso no hay judaísmo sin tierra de Israel; hoy mucho menos sin Estado de Israel.


Si “Shlaj” nos confronta con los dolores de parto de una conquista (que se llevará a cabo en los siguientes libros de la Biblia) también comienza a esbozar algunos de los problemas de construir espacio público propio, ya sea israelita entonces, judío hoy. El hombre que olvidó que era Shabat y cortó leña fue lapidado: ¿cómo conviven los mandatos divinos con las necesidades cotidianas del hombre? Cómo un pueblo conjuga su adhesión a una ley de origen divino con su apego a una sociedad libre y plural. Aún estamos inmersos en el proceso, aún estamos lejos de las respuestas. Así como perseveramos en la lectura de la Torá durante siglos seguramente también podremos perseverar en el perfeccionamiento del mundo en el cual hemos sido protagonistas.

lunes, 8 de junio de 2015

Beha-haloteja

Es sin duda una parashá compleja y extensa, llena de episodios, instrucciones, y situaciones personales. La lectura salta de un tema a otro y el texto parecería cubrir el amplio espectro temático de La Biblia.

Sin embargo, si quiero intentar usar una palabra para describirla, debo decir que ésta es una porción de la Torá sumamente sensorial: hay luz, fuegos, nubes (por lo tanto nieblas), sonidos, silencios, movimiento, gula, y lepra, la enfermedad de la piel por excelencia; nada más sensorial que la piel.
Daría la impresión que, después de extensas instrucciones y descripciones, las cosas empiezan a moverse: no sólo los Hijos de Israel comienzan a trasladarse de un lugar a otro, sino que empiezan a interactuar con el culto. Además de apelar a los sentidos tanto de los protagonistas como del lector el texto apela a la implementación práctica de todo lo predicado hasta aquí. No en vano Moshé debe reunir setenta ancianos para que “profetizen” con él; incluso se alegra de que todos quieran “profetizar” en Números 11:29, abriendo así una de las primeras rendijas de diversidad en el seno del pueblo. Claramente, Moshé instruye a Iehoshua Bin Nun a dejarlos hacer en un acto de delegación implícito pero no por ello menos importante.

Comenzar a lidiar con el culto tal vez sea la primer aproximación a una “halajá”, implementación de la ley que también denota movimiento. Hasta ahora sólo hemos tenido instrucciones: desde aquí volvemos a movernos, no sin dificultades, no sin ayuda, pero hay movimiento. También hay más sabios, también hay disidentes que no son castigados (Eldad y Medad), pero sobre todo hay un ajuste entre la palabra divina y la realidad humana. Si bien será dicho mucho más adelante, ya aquí la Torá deja de estar en los cielos para convertirse en algo terrenal, humano, a nivel de piel, pasible de errores y de perdones. Aunque vengan a través de la purificación.


Pero si hablamos de lo sensorial lo más efectivo del texto es la luz del candelabro (no en vano la porción se llama “cuando enciendas”) que lo abre. Esa luz atraviesa el texto de principio a fin ofreciendo claroscuros renacentistas que, tal como la técnica pictórica, sirven para resaltar los elementos. Es que una vez que comenzamos a movernos no sólo salimos del estatismo pasivo, sino que debemos ir resolviendo los asuntos en la medida que avanzamos. Tal como lo entiendo, aún estamos en eso. Lo importante es no perder la luz.

sábado, 6 de junio de 2015

Naso

Seguimos contando. Cuando leo esta porción de la Torá en una primera lectura no puedo evitar asociar con la dinámica comunitaria actual: contamos asistentes a actos y ceremonias; contamos donantes y donaciones. “Naso” tiene mucho de “job description” y otro tanto de inventario de recursos mediante la ofrenda de cada tribu. Bien podemos sumar las cantidades mencionadas y tendremos una pauta clara de cuántos éramos entonces y cuánto valíamos. Es interesante notar que en este caso además de las ofrendas animales o vegetales se habla de materiales preciosos, lo que equivaldría hoy a dinero liso y llano.

Nada ha cambiado mucho en miles de años. Sostener comunidades depende de algunos líderes “de tribus” y del esfuerzo colectivo y más anónimo. Detrás de cada placa en una institución hay un individuo o una familia, pero detrás de las piedras en los muros y en la base de los pilares yacen enterradas miles de donaciones anónimas que redondean el gran volumen, el número que permite sostener la vida comunitaria. Por suerte siempre aparece un Nasón hijo de Aminadab, un “adelantado” (tomo prestado el término de la Historia latinoamericana): así como fue el primero en lanzarse a las aguas es el primero que avanza con su donación; ejemplo que siguen el resto de las tribus. Da la impresión que este hombre, Nasón (Najshon), ganó merecida fama como hombre jugado y de iniciativa. Quienes nos hemos ocupado del quehacer comunitario sabemos que no es posible hacer algo sin algunos individuos como éste.

Pero la Torá no es nunca totalmente “materialista” ni totalmente “espiritual”. En medio de censos, funciones, y recursos, se ocupa de lo puro y lo impuro, obsesión que traemos desde el Levítico o antes. Lo impuro no puede habitar con la comunidad. Es así de simple y terrible. Lo impuro es: lepra; flujo (¿sólo mujeres?)); y contacto con los muertos. La buena noticia es que lo impuro siempre es pasible de purificación de acuerdo a ciertas instrucciones. Cabe preguntarse qué es impuro hoy: la lepra no existe; los ritos del duelo nos protegen del contacto con los muertos; sin embargo, en el tema del flujo (concretamente la menstruación en la mujer) amplios sectores de nuestro pueblo viven obsesionados con la impureza y la purificación. Por eso no besan mujeres y por el mismo motivo las aguas de la mikvá están rodeadas de un halo oscuro y privado que muchos otros sectores de este mismo pueblo rechazan.

Tal vez valga la pena pensar la impureza hoy como impureza moral y ética: conductas, acciones, incluso intenciones. Nuestra tradición ha construido todo un sistema en torno al perdón y la redención de estas inclinaciones negativas. Cada semana tenemos oportunidad de bañarnos y vestirnos con ropas limpias y festivas para recibir el Shabat y decir: “Shabat Shalom”. ¿Acaso algo puede ser más purificante que entrar en un tiempo sabático? Por supuesto está Iom Kipur, pero eso es tema aparte. Lo cierto es que ni la lepra ni el flujo ni los muertos debieran considerarse hoy impuros; son solamente parte de nuestro ciclo de vida: fecundidad, vivir (siempre pasible de enfermedades), y morir. Nada de eso es impuro.

Con toda honestidad, el párrafo destinado a la mujer supuestamente adúltera me excede y no merece comentario de mi parte; al menos no este año… sólo que demuestra que la Torá fue compilada por hombres y es inequívocamente machista. Las excepciones, cualesquiera sean, confirman la norma.

domingo, 24 de mayo de 2015

Bamidbar

Por cierto no es coincidencia que esta porción de la Torá se lea el Shabat previo a la festividad de Shavuot. Si simbólicamente en esta fecha todos estamos en el Sinaí recibiendo la Torá como entonces podemos decir que también estamos “en el desierto” (bamidbar). La cuestión es pensar qué tan lejos queremos llevar la metáfora: acaso pensar que para recibir no sólo la Ley sino El Conocimiento (Torá) debemos estar lo más despojados y aislados posible como comunidad; o pensar, en un sentido más moralista, que estamos en un eterno desierto y necesitamos que siempre se nos dé tanto Ley como Conocimiento.

Muchos rabinos y predicadores gustan de la segunda acepción de la metáfora y nos reclaman permanentemente más y más compromiso, más y más apego a las normas, más y más esfuerzo en perfeccionar nuestro pasaje por esta vida y este mundo. Desde ponernos tfilim, pasando por comer kasher, hasta ir a la sinagoga y ser parte del minián: nunca es suficiente, siempre estamos en deuda; siempre estamos “en el desierto”. Otros rabinos adhieren más a la idea del “tránsito”: así como transitamos el desierto y vamos construyendo Ley, Conocimiento, y ahora en “Números” también organización, vamos sumando conductas y preceptos en nuestra vida.

Prefiero pensar la metáfora del desierto en su primer sentido: ciertos temas requieren ciertas condiciones. No podemos pensar lo trascendental o espiritual mientras chequeamos el celular o estamos estimulados por los signos y señales de la civilización. De alguna manera, personal y colectiva, debemos hacer un pasaje “en el desierto” para aspirar transformaciones y superación.

El pueblo ha transitado el desierto desde las estrecheces de Egipto hasta ésta víspera del día en que recibirá la Ley. Pero la Ley no transforma el desierto en paraíso: la labor del perfeccionamiento del entorno recae sobre nosotros, no sobre dios. De modo que todas las instrucciones que recibimos a lo largo de Levítico y que repetiremos en Deuteronomio son el contenido, la razón de ser de este tránsito en el desierto. “Números” es acerca de la organización, la estructura, los organigramas y “job-description” que harán posible que la normas se cumplan tal como se demanda.

“Bamidbar” censa las tribus, nombra sus líderes, organiza los espacios en torno al tabernáculo, y una vez más, “aparta”, separa, elige: la tribu de los Levitas no se cuenta en el censo porque tiene un status aparte. Es interesante esta obsesión divina por “elegir”: elige un pueblo, y dentro del mismo elige una tribu. Su elección es para servirlo, para cooperar, para ayudar a que se cumplan sus propuestas. Con el correr de los siglos el concepto de “elección” se ha corrido más hacia un significado cualitativo, valorativo, cuando la idea original es claramente asignar una función específica. Tal vez esto tenga su origen en una necesidad interna de autovaloración o de un prejuicio externo de desvaloración. Sea como sea, lo “elegido” es un concepto problemático que “Bamidbar” ilustra en toda su complejidad.

Lo más importante de esta porción de la Torá, y del libro de Números en general, es que recalca una vez más la paradoja del judaísmo: somos un colectivo (familia, pueblo, nación), pero somos también la suma de individuos. Somos censados, cada uno suma lo mismo que el otro, y también tenemos un nombre. Números abunda en ambos: cifras y nombres. Por eso cuando hacemos una actividad comunitaria todos tratamos de aprender algo; pero algunos sienten la compulsiva necesidad de censar: contar cuántos y quiénes somos.


Jag Sameaj!

domingo, 17 de mayo de 2015

Behar-Bejukotay

Una cosa debemos reconocer en estas dos porciones de la Torá que éste año leemos juntas: no corre más sangre. Al menos no en un sentido literal, sacrificial. A pesar de que la mayor parte de “Bejukotay” está dedicada a los castigos que dios anuncia si el pueblo no cumple sus leyes, hay algo reparador y constructivo en ambas parshiot, leídas juntas o por separado. Con el cierre del libro de Levítico el mero nombre de las parshiot connota elevación: “Behar”, en la montaña, y “Bejukotay”, en mis leyes. No en vano leemos estos textos antes de Shavuot, como punto final del Omer. Hemos contado obsesivamente los días a la vez que leíamos en forma también obsesiva las leyes impartidas por dios a través de Moshé; llegamos al final: el castigo se enumera en el detalle, pero el premio en el concepto. Sumamos días hacía lo sagrado.

Si en Shavuot tenemos la tradición del “Tikún” (reparación) por habernos quedado dormidos la noche previa a recibir la Torá en el Har Sinai, “Behar” es precisamente acerca de la facultad de reparar que dios nos imparte. De hecho, esta porción de la Torá es una legislación de tipo social avanzada y sofisticada; única sin duda para su tiempo, pero aún vigente y no siempre aplicada en nuestro tiempo. A través del manejo del tiempo en ciclos de siete (días, años) cuya culminación es el año del jubileo (año cincuenta) el tiempo adquiere progresión y sentido. En otras palabras: el tiempo no pasa en vano; el hombre tiene esperanza. Esto contrasta drásticamente con las nociones del tiempo cíclico e inmutable de la tradición mesopotámica, tal como señala Thomas Cahill en su libro “The Gifts of the Jews” (1998). En el marco de la norma dada por la divinidad la vida tiene esperanza, sentido, y justicia social.

Si Shavuot también es llamada “jag matan Torá” (fiesta de la entrega de la Torá), el libro de Levítico finaliza en “Bejukotay” con advertencias claras y terribles acerca del incumplimiento de la ley. El nuevo presidente de la NCI de Montevideo, Daniel Cohn, llamaba la atención acerca de la desproporción abrumadora entre el castigo y el premio; el primero es extenso y exponencial, mientras el segundo es breve y uniforme. Tomo esta cuestión como desafío para proponer alguna respuesta a esta cuestión.

Como señala el Prof. Meir Sternberg de la Universidad de Tel-Aviv en varios de sus trabajaos, en ficción el ordenamiento del material es significativo: desde el momento que no existe la simultaneidad el autor elige qué va primero y qué va después; esa elección construye significado. En este caso, por breve que sea (Levítico 26:3-13), “Bejukotay” comienza con el premio. Son sólo diez versículos pero plenos de imágenes de abundancia, triunfalismo, paz y bienestar. Destaco el versículo 26:12: “Andaré entre vosotros, seré vuestro Dios y vosotros seréis Mi pueblo”. Es la vieja promesa hecha a los patriarcas sin ambigüedades y sin condiciones.

Levítico 26: 14-40 enumera en forma exponencial (múltiplos de siete una vez más) los castigos por el incumplimiento de la ley. Sin embargo, en 26:40 nuevamente se abre el espacio del arrepentimiento, el reconocimiento, la reparación. Vuelve a relucir el pacto con los patriarcas y la imposibilidad de su anulación, más allá de cualquier mala conducta, por terrible que sea, por parte del pueblo.

 En otras palabras: “Behar-Bejukotay” es un texto esperanzador, y como tal, esencial a la naturaleza judía. Es uno de esos textos donde el detalle esconde lo importante. Sólo mentes muy perseguidas o perseguidoras seguirán aferradas a la lectura superficial y detallista del texto, cuando su esencia guarda tanta esperanza y amor al prójimo. Siendo que somos prójimos de dios.

Por último, vale la pena pensar tanto premios como castigos en función de la realidad histórica tal como la hemos conocido y la vivimos: desde el castigo, el destierro para vivir entre otros pueblos y la desolación de “la tierra” (de Israel) por siglos; desde el triunfo, la capacidad de prevalecer los menos sobre los más y desarrollarnos en nuestra tierra. Hay algo inmensamente aleccionador a la vez que inspirador en estos textos.


Jazak, jazak, venitjazek!

sábado, 9 de mayo de 2015

Emor

A esta altura del año venimos transitando la mitad de la Torá. Que el “centro” o punto de quiebre sea el libro de Levítico no debería ser casualidad, como aseguran los creyentes: nada falta y nada sobra y todo tiene una razón de ser. En lo personal creo que la Torá está llena de “faltantes”, brechas, vacíos de información, o redundancias. Está en nosotros encontrarle un sentido, del mismo modo que quienes escribieron/compilaron/seleccionaron el texto lo hicieron en su momento, en aquél momento. La Torá es una maravillosa, profunda, inagotable creación humana que no hemos modificado en una letra o signo por miles de años y sin embargo se actualiza generación tras generación, semana tras semana. Las actualizaciones no vienen de un proveedor sino de nosotros mismos. Si algo queda claro en la lectura judía de la Torá es que el personaje “Dios” nos creó para que seamos sus socios y nos hagamos cargo. Lo que “los rabinos” (“Jazal”) entendieron hace más de dos mil años a nuestra generación parece costarle entender. Aún.

“Emor” tiene más material acerca de lo puro y lo impuro, en particular respecto a los cohanim, los sacerdotes, la estirpe de Aarón. Seguimos leyendo normas anacrónicas y hasta absurdas bajo la mirada de personas de nuestro tiempo: como la prohibición de casarse con una divorciada (vale decir, una mujer que ya no es vírgen); o la prohibición de que personas con defectos se hagan cargo del culto. Todo el texto se da de bruces con nuestra ideología inclusiva actual.

Más interesante resulta la segunda parte donde se enumera ordenadamente las festividades. Para quien no se crio en un hogar religioso ni estudio estos textos como preceptos sino como historia, resulta fascinante y asombroso verificar como nuestra tradición está toda plasmada y explicada allí, en unos párrafos. Entendemos y podemos dotar de unidad aquello que percibíamos como piezas sueltas de algún rompecabezas que nunca quisimos abordar. Leer “Emor” es ver el rompecabezas armado.

La conjugación “emor” que da el nombre a esta porción de la Torá viene del verbo “leemor”, algo así como decir. Sin embargo es usado una sola vez al comienzo del texto; en el resto el verbo usado es “daver”, algo así como “dí”, “diles”. En otras palabras, son dos “decires” bien diferentes. De lo que puedo deducir del diccionario hebreo Even-Shoshan entiendo y sugiero que “emor” connota mayor peso semántico: el “decir” de “emor” no es lo mismo que el de “daver”. El primero presupone algo ya dicho y sobreentendido; connota una acción más ligada a recordar algo predeterminado que una simple enunciación. A dos parshiot de finalizar Levítico, el texto asume que ya hemos sintonizado en cierto nivel. El detalle puede ser simplemente enunciado, pero el concepto es dicho con otro peso, otra ligadura con lo profundo; ya es parte de nuestra estructura semántica profunda, parafraseando al Prof. Menajem Perry de la Universidad de Tel-Aviv.


“Emor” también refuerza el rol de Moshé como intermediario entre dios y el pueblo, sea Aarón, sus hijos, o el pueblo en sí. En definitiva, el texto nos dice que el hombre le habla al hombre. Dios usa intermediarios, siendo Moshé el más excepcional de todos, pero en definitiva somos los hombres quienes laudamos nuestros asuntos en el mundo real. En todo caso, “dios” puede ser metáfora de inspiración o metáfora de humildad. Nada viene de la nada, pero en definitiva está en nuestras manos nuestro destino.

domingo, 3 de mayo de 2015

Ajare-mot-Kedoshim

Después de “Tazria-Metsora”, esta dupla resulta un verdadero alivio. No que estemos exentos de sangre ni de asuntos escabrosos, pero en definitiva resultan dos porciones de la Torá mucho más fácilmente “actuales” y relevantes. Buena parte, sino todas, las prohibiciones se han mantenido como base de la cultura occidental a la cual pertenecemos, y como tales en forma muy firme. No en vano “Cien Años de Soledad”, novela de tonos bíblicos si los hay, gira en torno al tema del incesto en forma casi obsesiva; de hecho, si bien tiene un “tono” bíblico, su narrativa es claramente en contrario a la narrativa bíblica.

De “Ajare-mot” rescato el concepto de “Azazel”. En un hebreo relativamente moderno (hoy la expresión ya no se usa, es anacrónica), “ve a Azazel” era algo así como “vete al diablo” o alguna versión más soez. Sin embargo, el texto bíblico no habla de diablo sino de un nombre, Azazel, que habita en el desierto en un lugar indeterminado. Así como el mesías puede ser visto como un estado más que como una persona en particular, Azazel puede verse del mismo modo: un espacio vasto e ilimitado donde nuestros pecados, en forma colectiva, se pierden para siempre. Otra forma de verlo podría ser que Azazel es aquello que no somos nosotros, no habita en el seno de nuestra comunidad, aunque tampoco habita en la de “otros”; habita el desierto, el páramo, la nada, la carencia de vida. Expiamos cuando alejamos nuestros pecados lo más lejos posible de nosotros a un espacio y un tiempo más allá de nuestra aprehensión.

En esta parashá queda establecido Iom Kipur, su ayuno, su consagración a dios, y la prohibición de hacer nada. La centralidad del texto no apunta al “pecado” o error en sí mismo sino a cómo expiarlo. Es interesante, y loable, que si bien dios marca todos los pecados y los prohíbe siempre da la chance y la forma de cómo purificarnos. En estos textos yace otro de los grandes valores del judaísmo: siempre podemos reparar y seguir adelante, aun en las mayores trasgresiones.

Sobre el final de “Ajare-mot” y ya de lleno en “Kedoshim” el texto comienza a elevarse, a ascender. Si bien insiste en prohibiciones y abominaciones, todo apunta a construir lo sagrado, lo “kadosh”. Nada ha cambiado esencialmente desde “Tasria” o “Metsora” pero sin duda el tono es otro, otro el fin. Debemos actuar del modo que dios nos instruye para ser “sagrados”.

Vale la pena detenerse en el significad de “kadosh”. Generalmente lo traducimos al español como “sagrado” pero más bien debería ser “apartado”, y por lo tanto también podría ser “diferenciado”, “elegido”. Es un término relativo que marca la diferencia entre lo profano y lo sagrado; de hecho, admite que lo profano existe y en ese entorno y ámbito nos movemos habitualmente. Lo “kadosh” (sea tiempo, espacio, o persona) es un estado diferente del ser. En ese sentido Shabat es un “iom kodesh” (día sagrado) en diferencia a un día común (iom jol). Todos los ritos de purificación apuntarían a ese mismo fin: hacerse especial, apartarse del mundo corriente para actuar en otro plano de la realidad.


La pretensión bíblica es, ni más ni menos, que seamos “kedoshim”. Dios nos apartó entre los pueblos para consagrarnos a él, a cambio de promesas de grandeza. Daría la impresión que en este pacto nosotros, el pueblo, hemos tenido más demandas y menos recompensas de lo que la Torá promete. En cierto sentido, nuestra vida sobre la tierra es un esfuerzo constante por ser “kedoshim”.