El texto retoma la dicotomía bendición-maldición que planteó en "Ree" (Deut. 11:26): si el pueblo cumple los mandatos, será bendecido; de lo contrario, será maldecido. Es simple, es binario; es un lenguaje informático. Las complejidades quedan afuera, para más adelante: seremos los hombres los que nos ocuparemos de la casuística, los matices, las interpretaciones, los atenuantes, las líneas difusas. Acá es todo simple, básico, contundente. Si se quiere, es un lenguaje aplicable a niños pequeños (al menos en la pedagogía tradicional): si se porta bien, se lo premia; si se porta mal, se lo castiga.
Sorprenden los extremos: las bendiciones nos ubican, como pueblo, por encima del resto de la humanidad, como una suerte de ideal encarnado; las maldiciones, por otro lado, son sistemáticamente destructivas, humillantes, casi irreversibles: "Y tu número quedará reducido a unos pocos, ..." (Deut.28: 62). ¿Acaso el texto pienso en un proceso dinámico o en opciones absolutas y excluyentes? Es notoria la desproporción entre bendiciones y maldiciones: las segundas son más, mayores en magnitud, terribles en intensidad, y terminantes, mientras que las primeras son ideales aspiracionales, más abstractos, inconmensurables, eternos. Dicho de otro modo: las maldiciones suenan reales, verosímiles usando el término de Todorov, mientras que las bendiciones suenan a "wishfull thinking".
El pueblo judío ha sido frecuentemente atacado por el tan complejo adjetivo de "elegido". Muchos judíos están muy incómodos con este concepto de "pueblo elegido". La lectura de "Ki-Tavo" complejiza especialmente la comprensión del concepto. No sólo somos "elegidos" o "apartados" para servir a dios y cumplir sus preceptos, sino que hacerlo supone un premio traducido en triunfos y bendiciones; no hay forma de eludir esta lectura "cualitativa" que muchos tratamos de soslayar. Sin embargo, si leemos el texto completo y tomamos en cuenta las maldiciones la cuestión de ser "elegidos" no parece tan positiva. Si miramos la historia en retrospectiva, la antigua y la reciente, nos damos cuenta que en realidad hemos vivido en la maldición, y sólo ocasionalmente en la bendición. Es esta ecuación la que explica con mayor profundidad nuestra condición de "pueblo elegido": la demanda en enorme, el castigo inconmensurable. Como cualquier hijo, vivir entre tales demandas es simplemente traumático.
Si hemos vivido como "malditos" estos últimos diecinueve siglos, desde 70 EC hasta el siglo XX, cabe preguntarse si acaso no estamos iniciando dos mil años de historia de bendiciones. Que los montes Gerizim y Ebal en realidad representas eras diferentes: ascendimos hacia le bendición en tiempos de David y Salomón para caer en la maldición (debidamente anunciada por los profetas), la división, y la dispersión. Acaso podemos imaginar nuevamente un tiempo de redención y construcción de bendiciones. Las amenazas persisten, desde dentro y fuera; pero nuestro afán mesiánico nos impulsa. Acaso el desafío sea que nosotros mismos escribamos el texto de las bendiciones. Que de maldiciones ya tenemos bastante.
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