sábado, 9 de mayo de 2015

Emor

A esta altura del año venimos transitando la mitad de la Torá. Que el “centro” o punto de quiebre sea el libro de Levítico no debería ser casualidad, como aseguran los creyentes: nada falta y nada sobra y todo tiene una razón de ser. En lo personal creo que la Torá está llena de “faltantes”, brechas, vacíos de información, o redundancias. Está en nosotros encontrarle un sentido, del mismo modo que quienes escribieron/compilaron/seleccionaron el texto lo hicieron en su momento, en aquél momento. La Torá es una maravillosa, profunda, inagotable creación humana que no hemos modificado en una letra o signo por miles de años y sin embargo se actualiza generación tras generación, semana tras semana. Las actualizaciones no vienen de un proveedor sino de nosotros mismos. Si algo queda claro en la lectura judía de la Torá es que el personaje “Dios” nos creó para que seamos sus socios y nos hagamos cargo. Lo que “los rabinos” (“Jazal”) entendieron hace más de dos mil años a nuestra generación parece costarle entender. Aún.

“Emor” tiene más material acerca de lo puro y lo impuro, en particular respecto a los cohanim, los sacerdotes, la estirpe de Aarón. Seguimos leyendo normas anacrónicas y hasta absurdas bajo la mirada de personas de nuestro tiempo: como la prohibición de casarse con una divorciada (vale decir, una mujer que ya no es vírgen); o la prohibición de que personas con defectos se hagan cargo del culto. Todo el texto se da de bruces con nuestra ideología inclusiva actual.

Más interesante resulta la segunda parte donde se enumera ordenadamente las festividades. Para quien no se crio en un hogar religioso ni estudio estos textos como preceptos sino como historia, resulta fascinante y asombroso verificar como nuestra tradición está toda plasmada y explicada allí, en unos párrafos. Entendemos y podemos dotar de unidad aquello que percibíamos como piezas sueltas de algún rompecabezas que nunca quisimos abordar. Leer “Emor” es ver el rompecabezas armado.

La conjugación “emor” que da el nombre a esta porción de la Torá viene del verbo “leemor”, algo así como decir. Sin embargo es usado una sola vez al comienzo del texto; en el resto el verbo usado es “daver”, algo así como “dí”, “diles”. En otras palabras, son dos “decires” bien diferentes. De lo que puedo deducir del diccionario hebreo Even-Shoshan entiendo y sugiero que “emor” connota mayor peso semántico: el “decir” de “emor” no es lo mismo que el de “daver”. El primero presupone algo ya dicho y sobreentendido; connota una acción más ligada a recordar algo predeterminado que una simple enunciación. A dos parshiot de finalizar Levítico, el texto asume que ya hemos sintonizado en cierto nivel. El detalle puede ser simplemente enunciado, pero el concepto es dicho con otro peso, otra ligadura con lo profundo; ya es parte de nuestra estructura semántica profunda, parafraseando al Prof. Menajem Perry de la Universidad de Tel-Aviv.


“Emor” también refuerza el rol de Moshé como intermediario entre dios y el pueblo, sea Aarón, sus hijos, o el pueblo en sí. En definitiva, el texto nos dice que el hombre le habla al hombre. Dios usa intermediarios, siendo Moshé el más excepcional de todos, pero en definitiva somos los hombres quienes laudamos nuestros asuntos en el mundo real. En todo caso, “dios” puede ser metáfora de inspiración o metáfora de humildad. Nada viene de la nada, pero en definitiva está en nuestras manos nuestro destino.

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