Emor
A esta altura del año venimos
transitando la mitad de la Torá. Que el “centro” o punto de quiebre sea el
libro de Levítico no debería ser casualidad, como aseguran los creyentes: nada
falta y nada sobra y todo tiene una razón de ser. En lo personal creo que la
Torá está llena de “faltantes”, brechas, vacíos de información, o redundancias.
Está en nosotros encontrarle un sentido, del mismo modo que quienes
escribieron/compilaron/seleccionaron el texto lo hicieron en su momento, en
aquél momento. La Torá es una maravillosa, profunda, inagotable creación humana
que no hemos modificado en una letra o signo por miles de años y sin embargo se
actualiza generación tras generación, semana tras semana. Las actualizaciones
no vienen de un proveedor sino de nosotros mismos. Si algo queda claro en la
lectura judía de la Torá es que el personaje “Dios” nos creó para que seamos
sus socios y nos hagamos cargo. Lo que “los rabinos” (“Jazal”) entendieron hace
más de dos mil años a nuestra generación parece costarle entender. Aún.
“Emor” tiene más material acerca
de lo puro y lo impuro, en particular respecto a los cohanim, los sacerdotes,
la estirpe de Aarón. Seguimos leyendo normas anacrónicas y hasta absurdas bajo
la mirada de personas de nuestro tiempo: como la prohibición de casarse con una
divorciada (vale decir, una mujer que ya no es vírgen); o la prohibición de que
personas con defectos se hagan cargo del culto. Todo el texto se da de bruces
con nuestra ideología inclusiva actual.
Más interesante resulta la
segunda parte donde se enumera ordenadamente las festividades. Para quien no se
crio en un hogar religioso ni estudio estos textos como preceptos sino como
historia, resulta fascinante y asombroso verificar como nuestra tradición está
toda plasmada y explicada allí, en unos párrafos. Entendemos y podemos dotar de
unidad aquello que percibíamos como piezas sueltas de algún rompecabezas que
nunca quisimos abordar. Leer “Emor” es ver el rompecabezas armado.
La conjugación “emor” que da el
nombre a esta porción de la Torá viene del verbo “leemor”, algo así como decir.
Sin embargo es usado una sola vez al comienzo del texto; en el resto el verbo
usado es “daver”, algo así como “dí”, “diles”. En otras palabras, son dos “decires”
bien diferentes. De lo que puedo deducir del diccionario hebreo Even-Shoshan
entiendo y sugiero que “emor” connota mayor peso semántico: el “decir” de “emor”
no es lo mismo que el de “daver”. El primero presupone algo ya dicho y
sobreentendido; connota una acción más ligada a recordar algo predeterminado
que una simple enunciación. A dos parshiot de finalizar Levítico, el texto
asume que ya hemos sintonizado en cierto nivel. El detalle puede ser
simplemente enunciado, pero el concepto es dicho con otro peso, otra ligadura
con lo profundo; ya es parte de nuestra estructura semántica profunda,
parafraseando al Prof. Menajem Perry de la Universidad de Tel-Aviv.
“Emor” también refuerza el rol de
Moshé como intermediario entre dios y el pueblo, sea Aarón, sus hijos, o el
pueblo en sí. En definitiva, el texto nos dice que el hombre le habla al
hombre. Dios usa intermediarios, siendo Moshé el más excepcional de todos, pero
en definitiva somos los hombres quienes laudamos nuestros asuntos en el mundo
real. En todo caso, “dios” puede ser metáfora de inspiración o metáfora de
humildad. Nada viene de la nada, pero en definitiva está en nuestras manos
nuestro destino.
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