sábado, 4 de julio de 2015

Balak 

“Bamidbar” o “Números” es básicamente acerca de los preparativos de los hijos de Israel para entrar en la tierra prometida, del mismo modo que “Levítico” trató acerca de las normas de pureza, los rituales, y las festividades. Si bien cada libro tiene su hilo conductor, la Torá vuelve sobre unos y otros temas inaugurando un diálogo permanente que perdurará hasta nuestros días. En ese contexto, “Balak” encaja históricamente pero se destaca del resto por su estilo y sus personajes. Excepto desde Números 25:1 en adelante, ni Moshé ni Arón ni sus hijos son nombrados; la trama se desarrolla en otras “tiendas”, si tomamos prestada la maldición-devenida-bendición de Balaam.

Una vez más el nombre de la porción de la Torá es el de un extranjero, como en el caso de “Yitró” en “Éxodo”. En este caso es un enemigo, un obstáculo en el camino para los hijos de Israel. Sin embargo, el narrador empatiza con Balak: el punto de vista de la narración acompaña al personaje. Son las vicisitudes de Balak las que nos cuenta el relato, permitiendo las libertades de cualquier narrador omnisciente de saltar entre un personaje y otro, entre Balak y Balaam.

El punto es que, una vez más, somos definidos por terceros. El temor de Balak provoca las bendiciones que nos definen. Cito tres ejemplos, uno por cada bendición: “…Su pueblo será solitario y no se contará entre las demás gentes” (Números 23:9); “Porque no hay magia en Jacob, ni hechicería en Israel.” (Números 23:23); “Dios, que lo libró de Egipto es para él como la fuerza de un toro salvaje.” (Números 24:8). Están claramente descriptas la soledad de Israel entre las naciones, su apego a una religión auténtica y despojada, y la fuerza del monoteísmo a ultranza.

Por supuesto también hay bendiciones más problemáticas, como en Números 23:24, “… pues no descansara hasta comer la presa y beber la sangre de los exterminados”, o en 24:8, “… Devorará pueblos enemigos haciendo crujir sus huesos y los atravesará con sus certeras saetas”. Si los antisemitas precisaran argumentos, en estos pasajes se los estaríamos ofreciendo servidos en bandeja.
La tradición nos ha enseñado que Balaam no puede maldecir y en su lugar brotan bendiciones. Como en tantas situaciones, tendemos a tomar la parte por el todo y no leemos el texto en toda su complejidad. Si sólo citamos “¡Cuán hermosas son tus tiendas, oh Jacob y tus moradas, oh Israel!” (Números 24:5) estamos obviando el lado más oscuro de un texto complejo y ambiguo. Las bendiciones de Balaam son tales pero también contienen su buena cuota velada de maldición.

Todo el texto está sostenido en un lenguaje metafórico asociado con lo animal. La asna sobre la cual cabalga Balaam es tal vez el más famoso por su capacidad de ver más que su amo y dialogar con él de igual a igual. Este episodio no tiene nada que envidiar los animales sabios y parlanchines a los que nos acostumbraron los dibujos animados. Del mismo modo, las imágenes de leones y leonas, de toros y carneros, son símbolo de fuerza, pasión, e, inevitablemente, sangre.

Es que la historia se pondrá muy sangrienta: en Números 25 el texto ha cerrado el “episodio Balak” y vuelve a focalizar en los hijos de Israel y sus desventuras en el desierto. Está porción de la Torá termina con una de las escenas más violentas y “fanáticas” de la Biblia: Pinjás atravesando con su lanza a un varón de Israel y una midianita. Esto sucede en el contexto de una nueva incursión, por parte del pueblo, en la idolatría. Muchos seguramente rescatan el contexto para justificar el acto de Pinjás. Pero del mismo modo que en “Jukat” dios castiga a Moshé por golpear la piedra en lugar de hablarle, uno podría pensar que después de un episodio tan dialogado y tan rico en lenguaje como hemos leído en “Balak” el desenlace podía haber sido otro.


Daría la impresión que en nuestras relaciones con terceros, con los otros, apelamos al diálogo, mientras que puertas adentro tendemos a ser más violentos. Somos muy auto-exigentes a la vez que frente al enemigo, potencial o real, buscamos primero un camino a través de la palabra. Cuando éste no da resultado, apelamos a la violencia. Somos a la vez el profeta con su vara y el león erigido rey  en la cima del monte.

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