jueves, 9 de julio de 2015

Pinjas

“Pinjas” es “la del fanático que atraviesa a la pareja con su lanza”. Sucede que no: Pinjas el personaje aparece al final de “Balak” para cometer este crimen justificado por texto bíblico, pero la porción de la Torá que lleva su nombre lo revindica como sacerdote y se ocupa de temas mucho más elevados, nobles, y constructivos: la distribución de las tierras cuando se llegue a La Tierra; la justicia con el género femenino en relación a la propiedad; la sucesión del liderazgo; y las festividades. El episodio fanático queda entonces “escondido” en Números 25:1-9, entre las profecías de Balaam y los nuevos anuncios divinos que ocuparán “Pinjas”. Volvemos al viejo, querido, y conocido diálogo entre dios, Moshé, y los hijos de Israel. Después de la fábula de “Balak”, la historia retoma su curso.

El impacto y la crudeza de la escena que cierra “Balak” es tal que constituye una unidad temática aparte del resto de esa porción. Tal vez haya quedad incluida en ella para construir el suspenso y el deseo de seguir leyendo, como en toda novela por entregas o como en toda telenovela. Después de todo, la Torá mezcla permanentemente las instrucciones, las leyes, con estadísticas, genealogías, descripciones, pero nunca olvida avanzar la trama. Nada atrapa más al lector que una buena historia. La de Pinjas asesinando a la pareja trasgresora sin duda lo es.

Los midianitas ejercieron desde siempre una fuerte atracción y tuvieron una cierta afinidad con los hijos de Israel: Yitró es midianita, su hija Tzipora se convierte en esposa de Moshé; Midian no es Amalec. La actitud celosa y fanática de Pinjas está justificada por la plaga que había infectado al pueblo; hay algo más simbólico que real en esta plaga. Con el atravesamiento por lanza la plaga se detiene. Parecería que no es tanto la unión con una midianita sino el culto al dios de los midianitas lo que causa el estrago.  En otras palabras: no es grave amar o desposar a una “otra” si la acercamos a nosotros; lo grave es la idolatría que supone lo contrario. Eso es lo que castiga Pinjas.

“Pinjas” es una de esas porciones extensas y densas en materiales y significados: hay genealogía, distribución de tierras, justicia de género, sucesión, y festividades. Así como los críticos del fanatismo se aferran al episodio que cierra “Balak”, los propulsores de la igualdad del hombre y la mujer en el culto y los preceptos se aferran al episodio de las hijas de Zelofejad. Más allá del dictamen igualitario quiero destacar el proceso de razonamiento que se construye entre la exposición de las hijas y la sentencia de dios; tiene mucho de responsa rabínica, de justificación legal y jurisprudencia; el mismo proceso que se aplicará siglos más tarde y hasta nuestros días para acometer problemas no previstos. Ésta es una de las grandes fortalezas del judaísmo y aquí está su génesis.


El otro tema que quiero destacar es la sucesión clara e inequívoca, ordenada. La voluntad divina es que Moshé no entre a La Tierra, pero es Moshé quien pide un sucesor. Si bien es dios quien se pronuncia por Josué (en la Torá todo es obra de dios), está claro que era él a quien Moshé venía preparando: ha sido co-protagonista de los eventos más importantes hasta ahora y ha estado inequívocamente del lado del “establishment” en todos los episodios críticos. Este procedimiento, tan breve y explícito, debería regir las sucesiones en cualquier organización. En el ámbito comunitario todo dirigente debería saberse un poco como Moshé: no por su magnitud como líder, sino por su finitud como tal: hay tareas que no nos toca acometer. Nuestra responsabilidad como líderes es encontrar el sucesor para luego salir de escena; no seguir incidiendo desde las sombras. La realidad demuestra ser un poco más compleja: la mayoría es como Moshé en el sentido que quieren evitar liderazgos propuestos; otros son como Koraj, que quieren desafiar el liderazgo por el mero poder; y unos pocos son como Moshé en el sentido que nombran un sucesor y saben que su tiempo ha terminado.

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