sábado, 29 de agosto de 2015

Ki-Tetse

A cinco shabatot de cerrar el ciclo de lectura parecería que la Torá no nos ahorra el vértigo de mitzvot, preceptos, que como hijos de Israel debemos obedecer. Aunque no se ajuste exactamente a la definición de "lista" propuesta por Umberto Eco en su libro "El Vértigo de las Listas", hay algo abrumador en la acumulación de preceptos, rituales y castigos que encontramos en "Ki-Tetse". Moshé sabe que el tiempo corre, que los plazos vencen, que su destino está sellado, y por lo tanto acumula orden tras orden, precepto tras precepto, castigo tras castigo; en frases cortas y argumentos tan contundentes como axiomáticos.

Frente a un texto como este los rabinos enfrentados con su dvar-Torá semanal seguramente escogen alguno de las decenas de preceptos y se explayan sobre el mismo; hay para elegir, para todos los gustos. Quienes quieren ver en La Biblia un texto anacrónico y terrible, hasta cruel, también tienen lo que elegir: ya sea el hijo desobediente o la mujer que mintió acerca de su virginidad, ambos deben ser apedreados hasta morir. Quienes por otro lado quieren ver en la Torá un texto perfecto, profundo, y sabio más allá de todo tiempo y circunstancia, encontrarán aquí cantidad de instrucciones de un valor actual y relevante sin parangón: la defensa de la mujer repudiada (divorciada), la defensa de la mujer violada, la defensa de la viuda, las protección del siervo o esclavo, la igualdad de los "pesos" o medidas para medir en forma justa, la obligación de dejar atrás lo no recogido del campo para el pobre o el extranjero... no tiene sentido enumerar lo que puede ser leído en el texto.

Elijo cuestionarme y comentar acerca de dos versículos: Deut. 21:15-17, sobre los derechos de primogenitura del hijo de una mujer no amada frente al hijo de la otra mujer sí amada; y Deut. 25:17-19, acerca del recuerdo de Amalec.

En el primer caso, es notable como puede uno imaginar que la historia patriarcal estaba presente en forma indeleble y profunda en la memoria colectiva, en la narrativa, del pueblo. No somos nosotros miles de años más tarde que unimos las historias y generamos una "tradición" y un mito, sino que los mismos estaban ya entonces, en el momento en que se fueron "cerrando" estos textos, muy presentes en la consciencia colectiva. El tema de la preferencia o elección es esencial no sólo en las historias bíblicas desde Caín y Abel, pasando por el paradigmático caso de Iaacov y Esav o el más complejo caso de Iosef y sus hermanos; el tema es esencial como pueblo cuando nos definimos como "elegidos", "apartados", "santificados" por dios para cumplir determinada misión en la creación. De modo que en la lectura de estos versículos reconocemos dos asuntos: uno, que los padres tendemos tener preferencias que el precepto busca neutralizar dando un orden y una prioridad; dos, que aun cuando uno es "elegido" no puede NO reconocer el derecho del otro. Hay un sentido de justicia que prevalece por sobre lo "sagrado" o "elegido".

En el cierre de "Ki-Tetse" el mandato es ambiguo: por un lado recuerda lo que te hizo Amalec; en términos modernos, recuerda la Shoá; por otro lado, cuando finalmente te asientes en tu tierra, cuando llegue el tiempo de la redención y "descanses de todos tus enemigos", debe borrarse la memoria del enemigo. Uno no puede leer esto como otra cosa que no sea poner el pasado atrás y reconocer el nuevo tiempo de redención. No habrá más Amalec; debemos olvidarlo. Una vez más, en términos actuales, significa reconocer que debemos crear círculos virtuosos en lugar de abrir eternos círculos viciosos. Si bien el texto es ambiguo y el mandato por tanto difícil de cumplir, si lo leemos como aspiración puede resultar especialmente inspirador.


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