Koraj
Es interesante observar como la
narrativa bíblica se va convirtiendo, por momentos, en una gran novela digna de
la mejor tradición de la novela social. “Koraj” describe escenas
multitudinarias y complejas, llenas de idas y venidas, diálogos, acción,
sensaciones, escenografías, y sobre todo, personajes intensos y comprometidos. Por
su composición y su dinámica, por su equilibrio sutil entro lo social y lo
personal, me hizo pensar en “Los Miserables” de Víctor Hugo o en “Vanity Fair”
de Thackeray. El hecho es que, de una masa casi uniforme que salió de Egipto,
el pueblo se va convirtiendo en una suma de individualidades: se va
diversificando. Ya no están sólo Arón y Moshé; están los hijos de Arón, está
Najshón, está Iehoshua, y así una cantidad de nombres propios más que van
surgiendo e incidiendo en la historia. No en vano estamos en el libro de
Números, el libro de los censos y las listas. No en vano la porción de la Torá
de esta semana recibe el nombre de uno de sus personajes; lo interesante es
pensar por qué recibe el nombre del “villano”…
“Koraj” es nombrada como una
parashá acerca del liderazgo. Si seguimos esa idea resulta claro que todo el
propósito del texto es probar, justificar, y laudar para toda la eternidad la
autoridad de Moshé, de Arón y su familia como “cohanim” o sacerdotes, y de los
levitas como servidores del tabernáculo y luego del templo. Del mismo modo,
hablar de “Koraj” como una lección en liderazgo seguramente sirve el fin de
justificar otro liderazgo o la mera idea de que debe haber un líder y una
centralidad.
Vale la pena diferenciar entre
dos liderazgos: Moshé por un lado, Arón y su descendencia y los levitas por el
otro. Los sacerdotes y los levitas ejercen un liderazgo impuesto y reglado. El liderazgo
de Moshé surge de sí mismo y de su relación con dios. Es interesante notar que
el liderazgo de Moshé es personal y temporal: desaparece con él en su retiro y
solitaria muerte. Sólo queda su dimensión simbólica. Los “cohanim” y los levitas,
por el contrario, ejercerán un liderazgo genealógico; el mismo nada tiene que
ver con sus méritos. Son elegidos por dios para ciertas funciones y deben
comportarse de cierta manera. Hasta el día de hoy los “Cohen” o similares son
llamados primero a leer la Torá, seguidos por los “Levi”. Aun cuando ya no
tenemos templo.
Una lectura de acuerdo a los
criterios de la crítica bíblica podría argüir que el texto fue introducido
precisamente para justificar la jerarquía y la autoridad del sacerdocio en los
tiempos en que se compiló y canonizó la Biblia; si no es así, por cierto que lo
parece. Pero como diría Paul Johnson, el texto es demasiado rico en imágenes,
acción, y elementos mágicos como para entenderlo solamente como un recurso
político, de poder. Hay algo visceral, profundo, auténticamente humano en la
imagen de la tierra tragándose a Koraj y sus seguidores o en la vara florecida
de Arón. Eso es tradición oral si la hay, en su mejor versión.
“Koraj” nos retrotrae a los
enfrentamientos de Moshé y Arón con el faraón y su corte en el libro de Éxodo. Nuevamente
se recurre a la magia como forma de impresionar y laudar disputas. La diferencia
es que en este caso todo es mucho más breve; no hay diez plagas, diez
oportunidades. En un evento portentoso la tierra se traga a los amotinados. La “tierra
que traga a sus habitantes” no es tanto una tierra física y real sino la simple
tierra que pisamos cada día. “Que me trague la tierra” no es una acción sino
una situación de conflicto. Cuando los “espías” hablaron de una tierra que
devora sus habitantes hablaban de una tierra de conflicto. En “Koraj” el
conflicto es traído a casa.
Si “Koraj” es acerca de liderazgo
entonces vale la pena plantearse algunos temas actuales. El primero es cómo
manejamos el desafío y el disenso, actitudes emparentadas; hay quienes difieren
con el liderazgo, hay quienes lo desafían. Es un gran tesoro de la tradición
rabínica haber dado lugar al disenso y la discrepancia, así como a la
resolución consensuada por mayoría de los conflictos. Escuchamos a Shamai e
Hillel, aunque finalmente prevalezca el criterio de este último. En el seno del
pueblo judío hoy, en cualquier escala, es importante saber que ya nadie es
Koraj para ser tragado por la tierra, sino que todas las voces merecen escucharse
y cada una debe encontrar su lugar. El segundo tema es qué tipo de liderazgo
queremos. Por cierto no el impuesto, sino el que surge de la dinámica
comunitaria. Más aún: como reclama Koraj, no queremos líderes que se “encumbren
sobre el pueblo” (Números 16:3) atribuyéndose una designación de origen casi
divino. Líderes como Moshé ha habido pocos, e incluso él estaba lleno de
imperfecciones y dudas. En tercer lugar, y como consecuencia de esta dinámica
entre liderazgo y comunidad, valdría la pena revisar como funcionamos, cómo nos
escuchamos, cómo nos vemos. O no.
Lo inquietante es que “Koraj”
apunta a lo que muchos fantasean: que la tierra se trague a los que desafían el
poder. Lisa y llanamente, que no existan más. La era de los grandes y
fantásticos milagros está largamente superada, pero igual hay quienes quieren
no oír, no ver, no reconocer las diversas voces que nos constituyen. Pero llegaron
para quedarse. “Koraj” ha sido largamente superado en la evolución del pueblo
judío.
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