viernes, 19 de junio de 2015

Koraj

Es interesante observar como la narrativa bíblica se va convirtiendo, por momentos, en una gran novela digna de la mejor tradición de la novela social. “Koraj” describe escenas multitudinarias y complejas, llenas de idas y venidas, diálogos, acción, sensaciones, escenografías, y sobre todo, personajes intensos y comprometidos. Por su composición y su dinámica, por su equilibrio sutil entro lo social y lo personal, me hizo pensar en “Los Miserables” de Víctor Hugo o en “Vanity Fair” de Thackeray. El hecho es que, de una masa casi uniforme que salió de Egipto, el pueblo se va convirtiendo en una suma de individualidades: se va diversificando. Ya no están sólo Arón y Moshé; están los hijos de Arón, está Najshón, está Iehoshua, y así una cantidad de nombres propios más que van surgiendo e incidiendo en la historia. No en vano estamos en el libro de Números, el libro de los censos y las listas. No en vano la porción de la Torá de esta semana recibe el nombre de uno de sus personajes; lo interesante es pensar por qué recibe el nombre del “villano”…

“Koraj” es nombrada como una parashá acerca del liderazgo. Si seguimos esa idea resulta claro que todo el propósito del texto es probar, justificar, y laudar para toda la eternidad la autoridad de Moshé, de Arón y su familia como “cohanim” o sacerdotes, y de los levitas como servidores del tabernáculo y luego del templo. Del mismo modo, hablar de “Koraj” como una lección en liderazgo seguramente sirve el fin de justificar otro liderazgo o la mera idea de que debe haber un líder y una centralidad.

Vale la pena diferenciar entre dos liderazgos: Moshé por un lado, Arón y su descendencia y los levitas por el otro. Los sacerdotes y los levitas ejercen un liderazgo impuesto y reglado. El liderazgo de Moshé surge de sí mismo y de su relación con dios. Es interesante notar que el liderazgo de Moshé es personal y temporal: desaparece con él en su retiro y solitaria muerte. Sólo queda su dimensión simbólica. Los “cohanim” y los levitas, por el contrario, ejercerán un liderazgo genealógico; el mismo nada tiene que ver con sus méritos. Son elegidos por dios para ciertas funciones y deben comportarse de cierta manera. Hasta el día de hoy los “Cohen” o similares son llamados primero a leer la Torá, seguidos por los “Levi”. Aun cuando ya no tenemos templo.

Una lectura de acuerdo a los criterios de la crítica bíblica podría argüir que el texto fue introducido precisamente para justificar la jerarquía y la autoridad del sacerdocio en los tiempos en que se compiló y canonizó la Biblia; si no es así, por cierto que lo parece. Pero como diría Paul Johnson, el texto es demasiado rico en imágenes, acción, y elementos mágicos como para entenderlo solamente como un recurso político, de poder. Hay algo visceral, profundo, auténticamente humano en la imagen de la tierra tragándose a Koraj y sus seguidores o en la vara florecida de Arón. Eso es tradición oral si la hay, en su mejor versión.

“Koraj” nos retrotrae a los enfrentamientos de Moshé y Arón con el faraón y su corte en el libro de Éxodo. Nuevamente se recurre a la magia como forma de impresionar y laudar disputas. La diferencia es que en este caso todo es mucho más breve; no hay diez plagas, diez oportunidades. En un evento portentoso la tierra se traga a los amotinados. La “tierra que traga a sus habitantes” no es tanto una tierra física y real sino la simple tierra que pisamos cada día. “Que me trague la tierra” no es una acción sino una situación de conflicto. Cuando los “espías” hablaron de una tierra que devora sus habitantes hablaban de una tierra de conflicto. En “Koraj” el conflicto es traído a casa.

Si “Koraj” es acerca de liderazgo entonces vale la pena plantearse algunos temas actuales. El primero es cómo manejamos el desafío y el disenso, actitudes emparentadas; hay quienes difieren con el liderazgo, hay quienes lo desafían. Es un gran tesoro de la tradición rabínica haber dado lugar al disenso y la discrepancia, así como a la resolución consensuada por mayoría de los conflictos. Escuchamos a Shamai e Hillel, aunque finalmente prevalezca el criterio de este último. En el seno del pueblo judío hoy, en cualquier escala, es importante saber que ya nadie es Koraj para ser tragado por la tierra, sino que todas las voces merecen escucharse y cada una debe encontrar su lugar. El segundo tema es qué tipo de liderazgo queremos. Por cierto no el impuesto, sino el que surge de la dinámica comunitaria. Más aún: como reclama Koraj, no queremos líderes que se “encumbren sobre el pueblo” (Números 16:3) atribuyéndose una designación de origen casi divino. Líderes como Moshé ha habido pocos, e incluso él estaba lleno de imperfecciones y dudas. En tercer lugar, y como consecuencia de esta dinámica entre liderazgo y comunidad, valdría la pena revisar como funcionamos, cómo nos escuchamos, cómo nos vemos. O no.


Lo inquietante es que “Koraj” apunta a lo que muchos fantasean: que la tierra se trague a los que desafían el poder. Lisa y llanamente, que no existan más. La era de los grandes y fantásticos milagros está largamente superada, pero igual hay quienes quieren no oír, no ver, no reconocer las diversas voces que nos constituyen. Pero llegaron para quedarse. “Koraj” ha sido largamente superado en la evolución del pueblo judío.

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