viernes, 24 de julio de 2015

Devarim

“Estas son las palabras” dice Deut. 1:1. Como si hubiera duda, todo es acerca de la palabra. Tan es así que en Deuteronomio se nos da un resumen de lo acaecido y lo instruido a lo largo de los otros cuatro libros del Pentateuco, la Torá propiamente dicha. Más allá de las circunstancias históricas de las cuales se ha ocupado la crítica bíblica, el texto reconoce su propia extensión, vastedad, y complejidad como para necesitar una nueva expresión, más ordenada y metódica. Ya sea del griego como “segunda ley” o repetición de la ley, o del hebreo como “palabras”, este texto actúa como una suerte de meta-texto respecto a los anteriores.

De alguna manera podemos sugerir que “Devarim” ((el libro) inicia la tradición del comentario y la exégesis bíblica mucho antes que se iniciara la tradición rabínica. El texto vuelve sobre sí mismo y se va ordenando de manera diferente. Sobre todo, en términos de narrativa, la perspectiva del narrador cambia al ponerse incondicionalmente al lado de Moshé para repetir sus palabras. Mientras en los cuatro libros anteriores el narrador ha sido más omnisciente que el propio dios (dios es un personaje más de la trama), en Deuteronomio es Moshé quien repite todo lo sucedido y dicho hasta entonces.

Moshé no entrará en La Tierra; eso ha sido claramente anunciado. Sin embargo, en este último libro ocupa un lugar más central que nunca. Si hay un libro “de Moshé”, “Devarim” es ese libro. Las “palabras” son suyas, o en todo caso de dios a través suyo en forma explícita e inequívoca. A poco de su muerte anunciada, planificada, prevista, Moshé adquiere la enorme dimensión que se le atribuye. Lo interesante, lo específico a la tradición judía, es que la dimensión de Moshé está dada por la palabra. Ninguna otra forma de expresión puede dar esta cualidad heroica, sabia, épica, justa de este “padre fundador” (tomando prestada la expresión de la tradición estadounidense). De Miguel Ángel a Cesar B. de Mille muchos han intentado dar forma a esta figura imponente; podemos discutir el éxito mayor o menor de esos intentos; el hecho es que su esencia está en la palabra, y allí se agota.

“Devarim” la porción de la Torá vuelve a ocuparse del tema de la conquista y la adjudicación de tierras, tema inminente. Hay indicaciones muy precisas y justas en cómo tratar con los vecinos por donde ha debido pasar el pueblo: en primera instancia en son de paz y justicia, con relaciones comerciales reciprocas; pero ante la negativa de acceder al paso de los hijos de Israel, la lucha es a muerte, terminante. Nuevamente corre un escalofrío al pensar la actualidad de estos temas, lo atávico de la cuestión en la zona. Acaso todavía estamos en el proceso de ocupación de la tierra… “ocupación” como acto de poblar un lugar, aunque su consecuencia roce los límites de la “ocupación” militar o política.


En suma, frente a la tarea que se avecina, “Devarim” es una demostración de fuerza inequívoca y contundente. Insufla de valor al pueblo enfrentado finalmente con el desafío largamente anunciado. 

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