sábado, 6 de junio de 2015

Naso

Seguimos contando. Cuando leo esta porción de la Torá en una primera lectura no puedo evitar asociar con la dinámica comunitaria actual: contamos asistentes a actos y ceremonias; contamos donantes y donaciones. “Naso” tiene mucho de “job description” y otro tanto de inventario de recursos mediante la ofrenda de cada tribu. Bien podemos sumar las cantidades mencionadas y tendremos una pauta clara de cuántos éramos entonces y cuánto valíamos. Es interesante notar que en este caso además de las ofrendas animales o vegetales se habla de materiales preciosos, lo que equivaldría hoy a dinero liso y llano.

Nada ha cambiado mucho en miles de años. Sostener comunidades depende de algunos líderes “de tribus” y del esfuerzo colectivo y más anónimo. Detrás de cada placa en una institución hay un individuo o una familia, pero detrás de las piedras en los muros y en la base de los pilares yacen enterradas miles de donaciones anónimas que redondean el gran volumen, el número que permite sostener la vida comunitaria. Por suerte siempre aparece un Nasón hijo de Aminadab, un “adelantado” (tomo prestado el término de la Historia latinoamericana): así como fue el primero en lanzarse a las aguas es el primero que avanza con su donación; ejemplo que siguen el resto de las tribus. Da la impresión que este hombre, Nasón (Najshon), ganó merecida fama como hombre jugado y de iniciativa. Quienes nos hemos ocupado del quehacer comunitario sabemos que no es posible hacer algo sin algunos individuos como éste.

Pero la Torá no es nunca totalmente “materialista” ni totalmente “espiritual”. En medio de censos, funciones, y recursos, se ocupa de lo puro y lo impuro, obsesión que traemos desde el Levítico o antes. Lo impuro no puede habitar con la comunidad. Es así de simple y terrible. Lo impuro es: lepra; flujo (¿sólo mujeres?)); y contacto con los muertos. La buena noticia es que lo impuro siempre es pasible de purificación de acuerdo a ciertas instrucciones. Cabe preguntarse qué es impuro hoy: la lepra no existe; los ritos del duelo nos protegen del contacto con los muertos; sin embargo, en el tema del flujo (concretamente la menstruación en la mujer) amplios sectores de nuestro pueblo viven obsesionados con la impureza y la purificación. Por eso no besan mujeres y por el mismo motivo las aguas de la mikvá están rodeadas de un halo oscuro y privado que muchos otros sectores de este mismo pueblo rechazan.

Tal vez valga la pena pensar la impureza hoy como impureza moral y ética: conductas, acciones, incluso intenciones. Nuestra tradición ha construido todo un sistema en torno al perdón y la redención de estas inclinaciones negativas. Cada semana tenemos oportunidad de bañarnos y vestirnos con ropas limpias y festivas para recibir el Shabat y decir: “Shabat Shalom”. ¿Acaso algo puede ser más purificante que entrar en un tiempo sabático? Por supuesto está Iom Kipur, pero eso es tema aparte. Lo cierto es que ni la lepra ni el flujo ni los muertos debieran considerarse hoy impuros; son solamente parte de nuestro ciclo de vida: fecundidad, vivir (siempre pasible de enfermedades), y morir. Nada de eso es impuro.

Con toda honestidad, el párrafo destinado a la mujer supuestamente adúltera me excede y no merece comentario de mi parte; al menos no este año… sólo que demuestra que la Torá fue compilada por hombres y es inequívocamente machista. Las excepciones, cualesquiera sean, confirman la norma.

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