Naso
Seguimos contando. Cuando leo
esta porción de la Torá en una primera lectura no puedo evitar asociar con la
dinámica comunitaria actual: contamos asistentes a actos y ceremonias; contamos
donantes y donaciones. “Naso” tiene mucho de “job description” y otro tanto de
inventario de recursos mediante la ofrenda de cada tribu. Bien podemos sumar
las cantidades mencionadas y tendremos una pauta clara de cuántos éramos
entonces y cuánto valíamos. Es interesante notar que en este caso además de las
ofrendas animales o vegetales se habla de materiales preciosos, lo que
equivaldría hoy a dinero liso y llano.
Nada ha cambiado mucho en miles
de años. Sostener comunidades depende de algunos líderes “de tribus” y del
esfuerzo colectivo y más anónimo. Detrás de cada placa en una institución hay
un individuo o una familia, pero detrás de las piedras en los muros y en la
base de los pilares yacen enterradas miles de donaciones anónimas que redondean
el gran volumen, el número que permite sostener la vida comunitaria. Por suerte
siempre aparece un Nasón hijo de Aminadab, un “adelantado” (tomo prestado el
término de la Historia latinoamericana): así como fue el primero en lanzarse a
las aguas es el primero que avanza con su donación; ejemplo que siguen el resto
de las tribus. Da la impresión que este hombre, Nasón (Najshon), ganó merecida
fama como hombre jugado y de iniciativa. Quienes nos hemos ocupado del quehacer
comunitario sabemos que no es posible hacer algo sin algunos individuos como
éste.
Pero la Torá no es nunca
totalmente “materialista” ni totalmente “espiritual”. En medio de censos,
funciones, y recursos, se ocupa de lo puro y lo impuro, obsesión que traemos
desde el Levítico o antes. Lo impuro no puede habitar con la comunidad. Es así
de simple y terrible. Lo impuro es: lepra; flujo (¿sólo mujeres?)); y contacto
con los muertos. La buena noticia es que lo impuro siempre es pasible de
purificación de acuerdo a ciertas instrucciones. Cabe preguntarse qué es impuro
hoy: la lepra no existe; los ritos del duelo nos protegen del contacto con los
muertos; sin embargo, en el tema del flujo (concretamente la menstruación en la
mujer) amplios sectores de nuestro pueblo viven obsesionados con la impureza y
la purificación. Por eso no besan mujeres y por el mismo motivo las aguas de la
mikvá están rodeadas de un halo oscuro y privado que muchos otros sectores de
este mismo pueblo rechazan.
Tal vez valga la pena pensar la
impureza hoy como impureza moral y ética: conductas, acciones, incluso intenciones.
Nuestra tradición ha construido todo un sistema en torno al perdón y la
redención de estas inclinaciones negativas. Cada semana tenemos oportunidad de
bañarnos y vestirnos con ropas limpias y festivas para recibir el Shabat y
decir: “Shabat Shalom”. ¿Acaso algo puede ser más purificante que entrar en un
tiempo sabático? Por supuesto está Iom Kipur, pero eso es tema aparte. Lo cierto
es que ni la lepra ni el flujo ni los muertos debieran considerarse hoy
impuros; son solamente parte de nuestro ciclo de vida: fecundidad, vivir
(siempre pasible de enfermedades), y morir. Nada de eso es impuro.
Con toda honestidad, el párrafo
destinado a la mujer supuestamente adúltera me excede y no merece comentario de
mi parte; al menos no este año… sólo que demuestra que la Torá fue compilada
por hombres y es inequívocamente machista. Las excepciones, cualesquiera sean,
confirman la norma.
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