domingo, 3 de mayo de 2015

Ajare-mot-Kedoshim

Después de “Tazria-Metsora”, esta dupla resulta un verdadero alivio. No que estemos exentos de sangre ni de asuntos escabrosos, pero en definitiva resultan dos porciones de la Torá mucho más fácilmente “actuales” y relevantes. Buena parte, sino todas, las prohibiciones se han mantenido como base de la cultura occidental a la cual pertenecemos, y como tales en forma muy firme. No en vano “Cien Años de Soledad”, novela de tonos bíblicos si los hay, gira en torno al tema del incesto en forma casi obsesiva; de hecho, si bien tiene un “tono” bíblico, su narrativa es claramente en contrario a la narrativa bíblica.

De “Ajare-mot” rescato el concepto de “Azazel”. En un hebreo relativamente moderno (hoy la expresión ya no se usa, es anacrónica), “ve a Azazel” era algo así como “vete al diablo” o alguna versión más soez. Sin embargo, el texto bíblico no habla de diablo sino de un nombre, Azazel, que habita en el desierto en un lugar indeterminado. Así como el mesías puede ser visto como un estado más que como una persona en particular, Azazel puede verse del mismo modo: un espacio vasto e ilimitado donde nuestros pecados, en forma colectiva, se pierden para siempre. Otra forma de verlo podría ser que Azazel es aquello que no somos nosotros, no habita en el seno de nuestra comunidad, aunque tampoco habita en la de “otros”; habita el desierto, el páramo, la nada, la carencia de vida. Expiamos cuando alejamos nuestros pecados lo más lejos posible de nosotros a un espacio y un tiempo más allá de nuestra aprehensión.

En esta parashá queda establecido Iom Kipur, su ayuno, su consagración a dios, y la prohibición de hacer nada. La centralidad del texto no apunta al “pecado” o error en sí mismo sino a cómo expiarlo. Es interesante, y loable, que si bien dios marca todos los pecados y los prohíbe siempre da la chance y la forma de cómo purificarnos. En estos textos yace otro de los grandes valores del judaísmo: siempre podemos reparar y seguir adelante, aun en las mayores trasgresiones.

Sobre el final de “Ajare-mot” y ya de lleno en “Kedoshim” el texto comienza a elevarse, a ascender. Si bien insiste en prohibiciones y abominaciones, todo apunta a construir lo sagrado, lo “kadosh”. Nada ha cambiado esencialmente desde “Tasria” o “Metsora” pero sin duda el tono es otro, otro el fin. Debemos actuar del modo que dios nos instruye para ser “sagrados”.

Vale la pena detenerse en el significad de “kadosh”. Generalmente lo traducimos al español como “sagrado” pero más bien debería ser “apartado”, y por lo tanto también podría ser “diferenciado”, “elegido”. Es un término relativo que marca la diferencia entre lo profano y lo sagrado; de hecho, admite que lo profano existe y en ese entorno y ámbito nos movemos habitualmente. Lo “kadosh” (sea tiempo, espacio, o persona) es un estado diferente del ser. En ese sentido Shabat es un “iom kodesh” (día sagrado) en diferencia a un día común (iom jol). Todos los ritos de purificación apuntarían a ese mismo fin: hacerse especial, apartarse del mundo corriente para actuar en otro plano de la realidad.


La pretensión bíblica es, ni más ni menos, que seamos “kedoshim”. Dios nos apartó entre los pueblos para consagrarnos a él, a cambio de promesas de grandeza. Daría la impresión que en este pacto nosotros, el pueblo, hemos tenido más demandas y menos recompensas de lo que la Torá promete. En cierto sentido, nuestra vida sobre la tierra es un esfuerzo constante por ser “kedoshim”.

No hay comentarios:

Publicar un comentario