Ajare-mot-Kedoshim
Después de “Tazria-Metsora”, esta
dupla resulta un verdadero alivio. No que estemos exentos de sangre ni de
asuntos escabrosos, pero en definitiva resultan dos porciones de la Torá mucho
más fácilmente “actuales” y relevantes. Buena parte, sino todas, las
prohibiciones se han mantenido como base de la cultura occidental a la cual
pertenecemos, y como tales en forma muy firme. No en vano “Cien Años de Soledad”,
novela de tonos bíblicos si los hay, gira en torno al tema del incesto en forma
casi obsesiva; de hecho, si bien tiene un “tono” bíblico, su narrativa es
claramente en contrario a la narrativa bíblica.
De “Ajare-mot” rescato el
concepto de “Azazel”. En un hebreo relativamente moderno (hoy la expresión ya
no se usa, es anacrónica), “ve a Azazel” era algo así como “vete al diablo” o
alguna versión más soez. Sin embargo, el texto bíblico no habla de diablo sino
de un nombre, Azazel, que habita en el desierto en un lugar indeterminado. Así
como el mesías puede ser visto como un estado más que como una persona en
particular, Azazel puede verse del mismo modo: un espacio vasto e ilimitado
donde nuestros pecados, en forma colectiva, se pierden para siempre. Otra forma
de verlo podría ser que Azazel es aquello que no somos nosotros, no habita en
el seno de nuestra comunidad, aunque tampoco habita en la de “otros”; habita el
desierto, el páramo, la nada, la carencia de vida. Expiamos cuando alejamos
nuestros pecados lo más lejos posible de nosotros a un espacio y un tiempo más
allá de nuestra aprehensión.
En esta parashá queda establecido
Iom Kipur, su ayuno, su consagración a dios, y la prohibición de hacer nada. La
centralidad del texto no apunta al “pecado” o error en sí mismo sino a cómo
expiarlo. Es interesante, y loable, que si bien dios marca todos los pecados y
los prohíbe siempre da la chance y la forma de cómo purificarnos. En estos
textos yace otro de los grandes valores del judaísmo: siempre podemos reparar y
seguir adelante, aun en las mayores trasgresiones.
Sobre el final de “Ajare-mot” y
ya de lleno en “Kedoshim” el texto comienza a elevarse, a ascender. Si bien
insiste en prohibiciones y abominaciones, todo apunta a construir lo sagrado,
lo “kadosh”. Nada ha cambiado esencialmente desde “Tasria” o “Metsora” pero sin
duda el tono es otro, otro el fin. Debemos actuar del modo que dios nos
instruye para ser “sagrados”.
Vale la pena detenerse en el
significad de “kadosh”. Generalmente lo traducimos al español como “sagrado”
pero más bien debería ser “apartado”, y por lo tanto también podría ser “diferenciado”,
“elegido”. Es un término relativo que marca la diferencia entre lo profano y lo
sagrado; de hecho, admite que lo profano existe y en ese entorno y ámbito nos
movemos habitualmente. Lo “kadosh” (sea tiempo, espacio, o persona) es un
estado diferente del ser. En ese sentido Shabat es un “iom kodesh” (día
sagrado) en diferencia a un día común (iom jol). Todos los ritos de purificación
apuntarían a ese mismo fin: hacerse especial, apartarse del mundo corriente
para actuar en otro plano de la realidad.
La pretensión bíblica es, ni más
ni menos, que seamos “kedoshim”. Dios nos apartó entre los pueblos para
consagrarnos a él, a cambio de promesas de grandeza. Daría la impresión que en
este pacto nosotros, el pueblo, hemos tenido más demandas y menos recompensas
de lo que la Torá promete. En cierto sentido, nuestra vida sobre la tierra es
un esfuerzo constante por ser “kedoshim”.
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