sábado, 21 de marzo de 2015

Vaykra

Ya nos fue dada la ley. Ahora nos toca escucharla en todo su detalle. Detalles sobran. La descripción y la función de los sacrificios descritos en “Vaykra” son tan abundantes como meticulosos. Si lo pensamos en términos de lo que es el judaísmo ortodoxo hoy día, en cualquiera de sus variantes, obsesionado con el detalle y el ritual, podemos entender un poco mejor de dónde surge tanta obsesión. Nada menos que de LA fuente. Menudo trabajo tuvieron, tienen, “los rabinos” lidiando con este texto. Uno mismo se las ve en figurillas leyendo este texto lleno de imágenes sangrientas y literalmente viscerales. No es un texto apto para sermones, aunque muchos hagamos el intento; resulta más adecuado leerlo solo y en todo caso estudiarlo de a dos.

Sin embargo, con toda su alienación, esta porción de la Torá ofrece algunas “enseñanzas” para quienes creen que la Torá es sólo eso, enseñanza  (la Torá es también historia, historias mínimas, dramas, comedia, poesía, y filosofía). “Vaykra” es acerca de los sacrificios; los sacrificios son cómo los hombres nos acercamos a dios o lo divino. En hebreo la palabra sacrificio es “korban” de la raíz KRV, que quiere decir “cercanía” o “acercamiento”.

De modo que detrás de toda la sangre y las entrañas, detrás del fuego “grato” a dios, detrás de la infraestructura sacerdotal, el hecho es uno: el hombre, en forma individual o colectiva, por omisión o por ignorancia, puede redimir sus pecados mediante un sacrificio. Vale decir, mediante su acercamiento a dios. Resulta interesante notar que hay un sacrificio para cada situación así como hay un sacrificio para cada bolsillo, desde grandes animales, pasando por aves, para terminar con vegetales. Nadie queda fuera, nadie debe cargar con sus culpas o pecados para siempre; todos somos pasibles de expiación.

Esta visión democrática del culto es fundacional. Se perfeccionó cuando dejamos de tener templo y casta sacerdotal y comenzamos a guiarnos por las responsas rabínicas, producto de las discusiones interminables acerca del texto. Si bien el judaísmo se sostuvo sobre la base de que se aceptan los veredictos de las mayorías, para llegar a estos veredictos siempre se recorrieron caminos de diálogo fecundo y creativo. Tan es así que los argumentos de unos y otros quedaron registrados, sea cual sea el criterio que prevaleció.

La revolución jasídica en el siglo XVIII, si no me equivoco, también buscó una mayor y más directo acercamiento a dios en contraste con las formalidades y requisitos del judaísmo ortodoxo y erudito de la época.


Lo que me resulta extraño entender a esta altura de la historia es que haya judíos que prediquen la reconstrucción del templo y actúen políticamente para ello. No sólo tiene consecuencias políticas obvias y terribles, sino que desde el punto de vista judío liso y llano carece de sentido. ¿Acaso volveremos a los sacrificios? ¿O pensamos en un templo versión siglo XXI, cualquiera fuera? ¿Volveríamos a tener una casta sacerdotal que determine cómo son las cosas? El templo y sus sacrificios son cosa de un pasado remoto para ser leídos como metáfora acerca de nuestra relación con lo divino. El resto es política y luchas de poder. Dios ya no nos llama (vaykra) para sacrificar sino para pacificar.

viernes, 13 de marzo de 2015

Vayak-hel/Pikude

El almanaque obliga y los rabinos, de bendita memoria. agruparon dos porciones de la Torá en una. Una lectura doblemente extensa y ciertamente muy densa. Volvemos a leer los materiales usados para confeccionar los elementos del culto, desde el Tabernáculo hasta la ropa de los sacerdotes, en todo su bíblico detalle. Sólo que esta vez no son instrucciones sino el proceso de manufacturación y confección así como el detalle de los insumos. En suma, no deja de ser un proceso industrial sostenido por un registro contable de los recursos usados. Nada que sorprenda a artesanos, artistas, o administradores; pero que nos deja un poco perplejos a quienes leemos la Torá en busca de significados más “trascendentes”. “Vayak-hel/Pekude” puede resultar un poco frustrante en este sentido.

“Vayak-hel” significa “congregó”; “Pekude” significa “contabilizó” o “inventarió”. En las formaciones de los campamentos juveniles nos contábamos a nosotros mismos con la orden “lehitpaked!”. Nunca supimos el origen bíblico de esta disciplina.

Éxodo 35:2 es claro: antes de hacer nada se nos recuerda que “seis días trabajarás y el séptimo descansarás”.  Antes de siguiera comenzar debes saber que tu meta no es el trabajo en sí mismo, sino el descanso en sí mismo. En el versículo 3 dice explícitamente: “No encenderéis fuego en vuestras moradas en sábado”. Así como contamos los días hacia Shabat, también trabajamos hacia Shabat, como una progresión semana que desemboca inequívocamente en este día consagrado. Aun cuando estamos abocados a construir nada menos que los elementos del culto.

Cabe destacar que el esfuerzo es explícitamente colectivo. Es liderado por idóneos en el tema, pero el esfuerzo y las contribuciones no distinguen entre los hijos de Israel. Todos deben aportar, tiempo y recursos. Si nuevamente hacemos una lectura actual, está claro que siempre habrá líderes (comunitarios), pero sin un “kahal” (comunidad) aportante y activa la tarea se torna poco menos que imposible: unos lideran en forma genérica y estratégica, de visión, como Moshé; otros asumen la responsabilidad de un tema específico, como Bezalel; y el resto confía y apoya. Hasta el día de hoy, nada se hace sin gente que lo haga, que ponga sus dos más validos recursos a disposición: el tiempo y el material (léase dinero). Cuesta creer que sea tan difícil convencer a algunos.

Ambas parshiot abundan en “listas”, tal como las define Umberto Eco: una cantidad acumulativa de elementos independientes que genera la sensación de infinitud; o casi. Este recurso pone énfasis en lo enorme del emprendimiento y su centralidad para la vida del pueblo. Las listas no aparecen una sino varias veces, aunque reiteren los elementos listados; lo cual incrementa aún más la sensación de magnitud y refuerza la importancia de los elementos elegidos y listados. Si me atrevo a un cálculo rápido, hemos leído ya tres veces acerca de estos objetos del culto: Tabernáculo, ropas, pecheras, repitiendo siempre exactamente la misma fórmula.

El inventario de “Pekude” apunta al afán de registrar de nuestros antepasados. De modo que tuvimos el mandato divino, tenemos las instrucciones de Moshé, tenemos la confección en sí misma, y finalmente el control, nuevamente por parte de Moshé. Una vez que está todo de acuerdo a lo instruido, y en forma obsesivamente exacta, está el Arca pronta para desplazarse y el pueblo puede seguir su camino. Como en la salida de Egipto, dios acompaña en forma de nube y fuego. Con nube no avanzaban; sólo lo hacían cuando la nube ascendía y despejaba el camino. Por la noche, el fuego protegía el Arca “a los ojos de toda la casa de Israel” (Éxodo 40:38).


Es interesante asociar esta primer construcción de nuestra cultura a la luz de nuestra realidad actual. Dejamos atrás el Arca, pasamos por el Templo, y conservamos las Sinagogas ya más de dos mil años. En cada era, similares desafíos: congregarnos, construir, e inventariar. Una identidad supone sin duda contar la historia, ser parte de una narrativa; pero la palabra necesita soportes concretos y reales. Como el software precisa del hardware. El judaísmo es acerca de ideas, acerca de prácticas, y acerca del esfuerzo humano en llevarlas a cabo.

viernes, 6 de marzo de 2015

Ki-Tisa

Si en algunas de las últimas parshiot (porciones de la Torá) nos hemos “quejado” del desafío que suponen por su temática casi exclusivamente técnica y detallista, ésta supone un desafío por lo contrario: lo que parece ser una continuación del “manual” que dios viene instruyendo a Moshé respecto al altar y sus elementos circundantes así como respecto a la vestimenta de los sacerdotes y en general todo el tema de los rituales, se convierte rápidamente en un texto complejo, lleno de tensión, giros inesperados, y personajes profundos y contradictorios. Más aún: la trama nuevamente se mueve, vuelven a suceder cosas;  Moshé baja de la montaña para encontrarse con el pueblo adorando el becerro de oro, lo cual abre una cantidad de opciones y por qué no una buena dosis de suspenso. De modo que “Ki-Tisa” no es difícil por el tema sino que es difícil por su variada y profunda densidad semántica.

Si los rabinos en sus prédicas sabáticas eligen un tema, a veces un versículo, a veces tan sólo una palabra, bien podemos nosotros elegir un par de asuntos para referirnos cuando leemos y volcamos nuestra vivencia respecto a este texto. Dicho esto, elijo dos temas: el medio shekel y el becerro de oro. No obstante, reconozco, tal vez hasta intuitivamente, que el material de la segunda parte de la parashá, la negociación de Moshé con dios, es un tema apasionante. Imposible de acometer solo. Un blog es lo opuesto a una javruta, donde se estudia de a dos, cabeza contra cabeza. Hay temas que sólo pueden acometerse en javruta…

La donación del medio shekel está clara e inequívocamente destinada al “servicio del Tabernáculo” (Éxodo 30:16); ese es su fin práctico; su fin espiritual es la “expiación de sus almas”. Sin ser un sacrificio en un sentido estricto, la donación del medio shekel supone un acercamiento a dios, un “rescate” de las almas. Pero más allá del propósito y la explicación que dios transmite a Moshé, el medio shekel simboliza, desde entonces y hasta hoy, nuestro vínculo con la comunidad. No se trata de “tzedaká”, un concepto que la mayoría sigue valorando y cumpliendo, sino de sostener la comunidad, dicho en términos modernos. El “medio” apunta a la necesidad de completud que sólo tenemos si otro suma su medio shekel. Nadie por sí mismo puede solo sostener una comunidad, siempre se precisará otro. Así funcionamos los judíos y así está dispuesto desde el principio de nuestra existencia como nación.

Llevado el asunto a nuestros días, es muy común que cuando los dirigentes comunitarios pedimos apoyo para la comunidad se nos conteste: yo no doy dinero para pagar sueldos, doy dinero para ayuda social o en su defecto para proyectos; educativos, por ejemplo: yo doy x cantidad de becas para una escuela. El dirigente comunitario debe, ante estas respuestas, ser muy creativo: ya sea en su respuesta y capacidad de explicación y convencimiento, o en la forma en que idea proyectos que recauden “medios shekels” de modo que la comunidad pueda sostenerse. Sería mucho más simple todo si leyéramos el primer párrafo de “Ki-Tisa”: donamos para poder funcionar. Es tan simple, y sin embargo tan elusivo. Como se dice en inglés, “let’s go back to basics”: Éxodo 30:11. El resto, parafraseando a Hilel, es excusa: ve y contribuye.

Si el “medio shekel” es la metáfora del sustento material del judaísmo institucional, el becerro de oro es la metáfora de nuestra impaciencia y capacidad de dispersión, de nuestra necesidad de “objetivizar” nuestra conexión con lo trascendente y espiritual, nuestro apego a los elementos materiales del culto. Mientras Moshé recibía la palabra en la cima de la montaña el pueblo en el llano, impaciente, pedía objetos de culto, algo concreto, visible. El becerro no sólo es un animal (tal vez la opción menos ofensiva que Aarón pudo improvisar ante el acoso del pueblo), sino que también está hecho de materiales preciosos donados por el pueblo, tal como dios ordena hacer para el Tabernáculo: un mismo material puede tener un destino u otro; su pureza no yace en sí mismo sino en el destino que le damos. En otras palabras: el culto depende de lo que los hombres volquemos en él.

El episodio del becerro de oro lidia con el tema de la idolatría, inabordable en este espacio. También trata del rol del líder comunitario. ¿Por qué accede Aarón a confeccionar y organizar el culto del becerro? Nadie mejor que él sabe que despertará la ira de dios y la de su hermano Moshé. Él sabe que está mal. Una vez más podemos pensar el problema en términos actuales: un líder comunitario, ¿debe actuar siempre guiado por lo que piden las mayorías? ¿O debe mantener criterios firmes y proponer rumbos ciertos y coherentes? El becerro de oro se da de bruces con el concepto de un dios único y trascendente que genera una ley superior, racional, total. Es el capricho de un pueblo, es un “dios” de paso, circunstancial, para satisfacer las urgencias inmediatas de un pueblo inmaduro. Moshé es el líder, no Aarón.

Cuando por razones sociológicas las comunidades deben moverse y transformarse de modo de no perderse como marco de referencia para sus miembros, muchas veces nos encontramos con una fuerte resistencia expresada en términos concretos, en “becerros de oro”: bancos de una sinagoga; objetos de arte; objetos del culto; incluso los mismos espacios que usamos durante años para congregarnos. Nada de eso es sagrado; sagrado es lo que llevamos con nosotros, la palabra, el texto, la narrativa. El becerro de oro es un objeto, no es una palabra. No significa.

Tal es el valor de la palabra en contraste con el equivocado culto al becerro de oro que ahora es Moshé quien debe escribir de su puño y letra lo dictado por dios. La ira de Moshé es una ira fecunda porque habilita una re-escritura a la vez que es consecuencia de sentimientos humanos muy profundos y a la vez básicos. Acercarse a la divinidad o a lo trascendente tal como describe “Ki-Tisa” no es cosa sencilla. En contraste con el culto desatado a una deidad de mentira, el culto a una divinidad que se expresa por la palabra supone escalar y afrontar desafíos y experiencias. Algunas ininteligibles a los ojos del hombre. Su comprensión supone un desafío todavía mayor. “Ki-Tisa” supone afrontarlo.


domingo, 1 de marzo de 2015

Tetsave

Reconozco que estas porciones de la Torá que tratan de rituales y sacrificios a través de una abrumadora profusión de detalle me resulta un desafío muy especial. Desde la perspectiva de un hombre no creyente esta temática puede resultar si no irrelevante, anacrónica. Probablemente sea lo segundo y seguramente para nada lo primero. Se trata de textos complejos, hoy podríamos llamarlos “encriptados”, a través de un código que se va armando paso a paso, instrucción a instrucción. Cuando leemos un manual de ensamblado de Ikea o cuando intentamos instalar un equipo electrónico no estamos menos confundidos que cuando leemos porciones como “Tetsave”.

Dicho esto, el desafío está planteado; de modo que más vale acometerlo. Esta parashá se lee en Shabat Zajor, el Shabat que antecede a la festividad de Purim, el “carnaval” judío. “Zajor” se refiere a la obligación de recordar a Amalec, los amalequitas, el pueblo que nos hostigó y persiguió y obligó a dar batalla en nuestra travesía en el desierto. En Deuteronomio 25:17-19 dice: “Recuerda…” y finaliza “No (lo) olvides”. Por su parte, “Tetsave” quiere decir “ordenarás” y así es como comienza esta porción en Éxodo 27:20. Es que básicamente, dios comanda acciones. No se trata de intenciones o meditaciones o teorizaciones, sino acciones y hechos. Desde su cuna el judaísmo es acerca de actuar. “Naase venishmá” (Éxodo 24:7) es el orden por el cual priorizamos. El hombre es acción, dios es palabra. Por lo tanto, nuestra obligación es tener presentes a nuestros enemigos, a la vez que acometemos el culto.

Creo que Shabat Zajor, con la inserción de estos versículos acerca de Amalek en el “maftir” (versículos que se leen antes de leer lo asignado en los otros libros de la Biblia), contrasta sin ambigüedades la doble condición judía. Por un lado el culto a dios, o en términos más actuales, el trabajo espiritual interior, hacia dentro de la comunidad y del individuo; y por otro lado nuestra relación con el entorno, en este caso específico con nuestro enemigo. La Torá tiene una postura muy dura respecto a este punto, una postura muy perseguida y por lo tanto muy persecutoria: recordar y no olvidar, y ser implacables. Lo cual no aplica para quienes viven entre nosotros o son vecinos amigables, remitiéndonos a nuestro pasado esclavo en Egipto y nuestra sensibilidad hacia el extranjero.

Sin embargo, se vislumbra un tiempo de paz y sosiego en la tierra prometida por dios en el cual se debe borrar la memoria de Amalec. De modo que dios no sólo comanda recordar y no olvidar a Amalec en tanto es enemigo, sino que también comanda recordar y no olvidar el acto de “borrar de la memoria”.  ¿Supone esto perdonar? No está escrito ni sugerido. “Borrar de la memoria”, incluso en términos informáticos, es hacer desaparecer: si no existe, puede suponerse que no existió; no hay más registros. Cuando se habla de “memoria” en este contexto bíblico, donde siempre nos referimos a un pueblo, bien podemos hablar de “memoria colectiva”. No sería aventurado sugerir que el texto bíblico nos instruye explícitamente a dejar atrás el pasado, por duro que haya sido, y mirar adelante.

Traspolemos este asunto a dos temas actuales: ¿debería el pueblo judío haber “borrado de la memoria” el Holocausto? ¿Debería el pueblo uruguayo, o estos efectos el argentino o chileno, “borrar de la memoria” los crímenes de los regímenes militares? Está claro que ambos casos siguieron el camino de “no borrar”. Seguramente la Torá se refiere a un tiempo tan mesiánico como ideal. No sólo el Amalec  de la Biblia muta y deviene en nuevos enemigos, también otros pueblos, de los que muchas veces somos parte, tienen su propio Amalec.

De modo que la tensión entre el culto que describe en todo su detalle “Tetsave” y el mandato que encontramos “Ki-Testse” en Deuteronomio no es solamente una cuestión judía. Todo pueblo vive en la disyuntiva entre su vida fronteras adentro y su vida fronteras afuera; entre su vida espiritual y su vida política; entre sus aspiraciones e ideales y las realidades tal como se van sucediendo. Seguramente ninguno llegue nunca al estado mesiánico que sugiere la Torá, donde podamos “borrar de la memoria” los males que se nos hicieron en aras de un tiempo idealizado. Lo que el judaísmo propone es intentar llegar a ese tiempo. Para eso estamos sobre la faz de la tierra los años que nos toca estar, y eso dota de sentido a nuestra vida.


Jag Purim Sameaj! 

viernes, 20 de febrero de 2015

Terumá

Para alguien ni ritualista ni tradicionalmente “religioso” este tipo de textos podrían ser obviados. “Terumá” es una memoria descriptiva del Tabernáculo y los elementos necesarios para el culto. Basta googlear el tema o buscar bibliografía más tradicional para encontrar las versiones gráficas de todo lo descripto allí en cuanto a proporciones, medidas, detalles. Con los recursos de hoy en día podemos incluso sumar colores y por qué no aproximaciones a texturas. Con todo, no dejan de ser todos objetos y materiales inanimados. Es el hombre el que los dota de sentido bajo las instrucciones divinas.

De hecho, la única frase que no tiene que ver con hacer o construir es la que abre la porción de la Torá en Éxodo 25:2: “Diles a los hijos de Israel que Me traigan ofrendas donadas por todo hombre, que las dé de corazón.” Subrayo esta última frase porque es la única que habla de un sentimiento, de una intención, o como se dice en hebreo, “kavaná”; término usado también cuando se improvisa una reflexión durante o previo a un rezo preestablecido, algo espontáneo a diferencia de las plegarias prescriptas. Es que “Terumá”, que quiere decir “contribución” o incluso “donación” es acerca de cómo nos acercamos a dios. Cómo nos vinculamos con la divinidad. Después de las leyes que tratan de la relación del hombre con su semejante, tal como leímos en “Mishpatim”, ahora comenzamos a explorar la relación del hombre con dios. Lo hacemos con los elementos más concretos, los objetos, el marco físico que sostiene la experiencia espiritual.

Como sostiene Paul Johnson, es fascinante y a la vez asombrosa la obsesión bíblica por el detalle. A ella se aferraron “nuestros sabios de bendita memoria” (Jaza’l) y de ella se han apartado las corrientes más reformadoras (por no decir reformistas) del judaísmo posterior al siglo XXVIII. Un judaísmo no ortodoxo tiende a quedarse con el versículo 2 antes citado y no con el resto de la parashá; eso es material de estudio para investigadores o eruditos de la Torá.

El detalle que describe los elementos físicos para el culto es la preparación del mismo, su marco de referencia físico y tangible. En el detalle de los materiales a usar se hace hincapié en su cualidad de pureza ritual, al elegirse ciertos materiales y no otros. Así, el judaísmo vuelve sobre un tema recurrente: la elección, la separación, el “apartar” materiales, tiempos, y hasta espacios para su consagración. “Terumá” trata de eso: cómo consagramos.

Los elementos físicos son el soporte de los actos de consagración, los “sacrificios”, cuyo detalle leeremos más adelante. En hebreo “korban”, de la raíz KRB, “acercamiento”, “cercano”, se trata de cómo nos acercamos a dios. Destruido el templo en 70 EC, las plegarias sustituyeron el sacrificio como forma de acercarnos a lo divino. Al mismo tiempo, si uno lee a los grandes profetas bíblicos verá que siempre vuelven al mismo tema: la “intención” detrás del sacrificio. Que éste no se convierta en un acto vacío de contenidos, meramente formal. Lo mismo podría decirse del rezo y los rituales hoy en día: podemos “pasar por ellos” o podemos dotarlos de propósito y sentido, además.


“Terumá”, con toda su avalancha de detalle, es acerca de nuestra aproximación a dios, o lo divino. Como dice apenas comienza, debe ser “de corazón”. El resto, parafraseando a Hilel, es detalle.

viernes, 13 de febrero de 2015

Mishpatim

Con ésta comienzan las parshiot que me gusta llamar “incómodas”. En mayor o menor medida son sumatorias de normas y preceptos, prohibiciones y mandatos. Podríamos también usar el término de “listas” tal como lo acuñó Umberto Eco en su libro “El Vértigo de las Listas”: si bien los preceptos en el judaísmo están contados y son seiscientos trece, está clara la sensación de infinitud cuando leemos este tipo de texto. Si a eso agregamos usos y costumbres, tradiciones, y jurisprudencia rabínica, entonces por cierto que el vértigo del que habla Eco se materializa. Hay algo inabarcable en la ley judía, y todo ha comenzado aquí, en el “Jumash” (Pentatéuco).

Las llamo incómodas porque muchas de las normas son absolutamente irrelevantes e inaplicables bajo los estándares en que nos movemos hoy en día. No sólo los preceptos que tiene que ver con el culto del templo, por ejemplo, sino aquellos que tienen que ver con la dureza o crueldad de los castigos y el status de algunos seres humanos como mujeres, esclavos, e hijos. La Biblia está llena de normas y mandatos que nos hacen mucho ruido. Aun cuando la tradición rabínica se ocupó con mucha creatividad de adaptar y actualizar estas normas, la mera lectura puede producir escalofríos. Lamentablemente, la mayoría de los lectores eligen escapar del texto. Para mí, aunque difícil, el desafío es leerlo y hacerlo nuestro. De alguna manera.

Es una pena que el afán transformador, creativo, de la tradición rabínica y posterior se haya detenido tan abruptamente allá por el siglo XVIII. La creatividad y capacidad de adaptación han debido seguir el camino de la Reforma y el Movimiento Conservador, mientras que la Ortodoxia, en mayor o menor medida, sigue aferrada a normas cada vez más inamovibles para ellos. No sólo priva al mundo judío de cierta unidad; no sólo por detalles no permite reconocer la poca unidad que sí existe; sino que convierte a la norma, al precepto, en una herramienta política y de poder. El detalle y la formalidad matan el espíritu de la ley, su razón de ser.

Es evidente que abordar “Mishpatim” es una tarea que estoy tratando de eludir. Pero la consigna de este año exige que lo haga. Entiendo que para abordar todas las normas aquí detalladas se precisa un nivel de lectura y profundidad del que carezco. Una primera y segunda lectura nos enfrentan a algunos de los preceptos más caros del judaísmo, a saber (la selección es mía, hoy):

1.       El buey corneador, en Éxodo 21:28-37.
2.       Sacrificios (adoración) a otros dioses, en Éxodo 22:19
3.       El respeto al extranjero, en Éxodo 22:20 y Éxodo 23:9
4.       Prestar dinero, en Éxodo 22:24
5.       Respeto al sistema de justicia (ver caso Nisman), en Éxodo 22:27
6.       No mentir, en Éxodo 23:1
7.       No tomar soborno, en Éxodo 23:8

Estos siete asuntos elegidos de entre muchos más sólo en esta porción de la Torá son aquellos que podemos llamar de tipo social, no de culto. Esto es un capítulo aparte, del cual sólo elegí el asunto del monoteísmo por ser central no sólo al judaísmo sino al texto que hemos leído hasta ahora.

“Mishpatim” es un largo paréntesis, por medio de un inventario de preceptos, en la experiencia mística que estaba viviendo el pueblo frente al monte en Sinaí. En Éxodo 24 dios deja de dictar preceptos para volver a focalizarse en la experiencia colectiva que había provocado. Los preceptos de “MIshpatim” son una suerte de apertura del decálogo que leímos la semana pasada en “Yitró”, atendiendo muchas más situaciones y casuística. Los Diez Mandamientos son titulares, marco de referencia. Si alguien tuvo la ilusión de que con eso era suficiente, “Mishpatim” se ocupa de aclarar las cosas. El asunto es complejo, largo, y difícil.


Finalmente Moshé sube a la montaña para internarse en ella y recibir toda la ley directamente de dios, “durante cuarenta días con sus noches” (Éxodo 24:18). Sigue el espectáculo de luces y sonido que vivimos en “Yitró”, sigue la expectativa y la experiencia mística. De aquí en más la narrativa será menos acerca de hechos y cada vez más acerca de La Ley. Sucederán episodios aislados, el pueblo irá avanzando en el desierto, pero mientras tanto irán aprendiendo y perfeccionando todos estos preceptos. Tarea que seguimos acometiendo hasta el día de hoy.

viernes, 6 de febrero de 2015

Yitro

Junto con Noaj en el libro de Génesis, Koraj, Balak, y Pinjas en el libro de Números, Yitro en el libro de Éxodo es una de las porciones de la Torá llamadas por el nombre de uno de sus personajes. Si bien hay quienes sostienen que el nombre de una parashá es más bien arbitrario, otros sostienen que la Torá es “perfecta” y por lo tanto nada sobra y nada falta. En mi opinión lejos de eso: precisamente lo que sobra, pero sobre todo lo que falta, es lo que enriquece en forma permanente este texto. Por tanto, los nombres de una porción son material de estudio de por sí. Más aún cuando la mayoría de los nombres de las parashot son verbos. El uso de un nombre propio debería tener un sentido.

En el caso de “Yitro” llama la atención que el personaje ocupe sólo parte del texto, mientras que el resto esté dedicado a la experiencia mítica y espiritual (simultáneamente) más importante del pueblo, para todas las generaciones: la recepción de La Ley al pie del monte, en Sinai. La yuxtaposición del diálogo de Moshé con su suegro acerca de cómo impartir la ley con la recepción de la misma es significativa: primero, porque nos introduce en el tema de la ley y la norma previo a su enunciado; segundo, porque las sugerencias vienen de un extranjero respetado, de un “otro”, no del seno del pueblo.

La lógica indica que Moshé estaba muy por encima del resto del pueblo al cual guía. Difícilmente podía venir de entre el pueblo una enseñanza tan madura como la de Yitro: dividir y administrar justicia en forma más eficiente y menos desgastante, de acuerdo al nivel de complejidad del asunto. Sólo un líder, aunque fuera de otro pueblo, puede enseñar esa materia a un líder. También se esboza aquí una constante judía: dios da la ley, pero es el hombre quien debe interpretarla, implementarla, administrarla; un rol que asumirían los rabinos siglos después.

Si uno lee el texto desde Éxodo 18:1 podemos esperar, con todos los rituales y sacrificios descriptos, que Yitro y su familia se sumen al pueblo; sin embargo, en Éxodo 18:27 dice: “Y se despidió Moisés de su suegro y éste se fue a su país”. Por un momento la lectura de éste capítulo parecería una primera aproximación a una conversión, una incorporación al pueblo. El contacto entre Yitro y Moshé pauta un respeto y una cercanía muy importantes, a la vez que claramente está determinado que son dos pueblos distintos: uno es el centro de la historia, mientras que el otro, Yitro, los midianitas, pasan por la historia de los hijos de Israel para dejarnos no sólo su simiente sino su sabiduría.

“Yitro” claramente señala que nuestra historia como pueblo no está ajena al devenir de nuestros vecinos. Compartir sacrificios, sentarse a la misma mesa, y bendecir el pan son relaciones de cercanía si las hay. No sólo la existencia, sin la necesidad del “otro” es lo que está en juego en “Yitro”. Nuestra propia ley e historia se sostiene en buena medida en el respeto que inspiramos en “el otro” y en lo que de él podemos aprender.

El resto de la parashá está dedicado nosotros y dios, Moshé mediante. La cinematográfica escena al pie del monte con su festival de luces y sombras, sonidos y fuegos artificiales, sigue impresionando ya sea en la imaginación o en el cine. A la vez que sucede todo el fenómeno escenográfico, la puesta en escena, escuchamos las despojadas palabras de La Ley en lo que ha sido denominado “los diez mandamientos”, la base de la ley judía. Quedan pautados los límites entre dios y el hombre, a la vez que la forma en que el hombre puede acercarse a dios. Se establece una vez más la “elección”: “Seréis para Mí, propiedad preciada entre todos los pueblos porque Mía es toda la tierra. Y seréis para Mí un reino de sacerdotes y un pueblo santo” (Éxodo 19:5,6). Menuda exigencia. No en vano el tema de ser un “pueblo elegido” nos genera tanta inquietud: no sólo suena elitista sino que nos obliga a un altísimo nivel de auto-exigencia.

Leer “Yitro” produce una sensación de profundidad y sentido. Después de los prodigios divinos con las plagas, la persecución en el desierto, y el cruce del mar, el encuentro entre Moshé y su suegro, compartir una comida (algo que no leíamos desde Éxodo, donde el agasajo se reitera una y otra vez), la discusión de asuntos internos de interés público, y el enunciado de los mandamientos plantean un contraste sugestivo: ya no somos esclavos, ahora nos dedicamos a las actividades de las sociedades libres. Pero no se trata sólo de hechos, sino de ideas: la propuesta de Yitro adoptada por Moshé y los mandamientos divinos aceptados por el pueblo abren un espectro semántico no sólo vasto sino casi insondable por lo profundo. Una vez libres, empezamos a lidiar con la conducta humana, la convivencia, y nuestro verdadero lugar en la creación. Por eso los mandamientos están divididos en aquellos que nos vinculan a dios y en aquellos que nos vinculan con nuestros semejantes.


Con “Yitro” va quedando atrás la aventura y nos vamos metiendo más y más con la ley. Irán sucediendo cosas pero ya mucho menos espectaculares y en forma mucho más espaciada. De aquí en más se trata más acerca de ideas y normas que acerca de la historia en sí misma. Empezamos a dejar la infancia. Empezamos a madurar.