viernes, 6 de febrero de 2015

Yitro

Junto con Noaj en el libro de Génesis, Koraj, Balak, y Pinjas en el libro de Números, Yitro en el libro de Éxodo es una de las porciones de la Torá llamadas por el nombre de uno de sus personajes. Si bien hay quienes sostienen que el nombre de una parashá es más bien arbitrario, otros sostienen que la Torá es “perfecta” y por lo tanto nada sobra y nada falta. En mi opinión lejos de eso: precisamente lo que sobra, pero sobre todo lo que falta, es lo que enriquece en forma permanente este texto. Por tanto, los nombres de una porción son material de estudio de por sí. Más aún cuando la mayoría de los nombres de las parashot son verbos. El uso de un nombre propio debería tener un sentido.

En el caso de “Yitro” llama la atención que el personaje ocupe sólo parte del texto, mientras que el resto esté dedicado a la experiencia mítica y espiritual (simultáneamente) más importante del pueblo, para todas las generaciones: la recepción de La Ley al pie del monte, en Sinai. La yuxtaposición del diálogo de Moshé con su suegro acerca de cómo impartir la ley con la recepción de la misma es significativa: primero, porque nos introduce en el tema de la ley y la norma previo a su enunciado; segundo, porque las sugerencias vienen de un extranjero respetado, de un “otro”, no del seno del pueblo.

La lógica indica que Moshé estaba muy por encima del resto del pueblo al cual guía. Difícilmente podía venir de entre el pueblo una enseñanza tan madura como la de Yitro: dividir y administrar justicia en forma más eficiente y menos desgastante, de acuerdo al nivel de complejidad del asunto. Sólo un líder, aunque fuera de otro pueblo, puede enseñar esa materia a un líder. También se esboza aquí una constante judía: dios da la ley, pero es el hombre quien debe interpretarla, implementarla, administrarla; un rol que asumirían los rabinos siglos después.

Si uno lee el texto desde Éxodo 18:1 podemos esperar, con todos los rituales y sacrificios descriptos, que Yitro y su familia se sumen al pueblo; sin embargo, en Éxodo 18:27 dice: “Y se despidió Moisés de su suegro y éste se fue a su país”. Por un momento la lectura de éste capítulo parecería una primera aproximación a una conversión, una incorporación al pueblo. El contacto entre Yitro y Moshé pauta un respeto y una cercanía muy importantes, a la vez que claramente está determinado que son dos pueblos distintos: uno es el centro de la historia, mientras que el otro, Yitro, los midianitas, pasan por la historia de los hijos de Israel para dejarnos no sólo su simiente sino su sabiduría.

“Yitro” claramente señala que nuestra historia como pueblo no está ajena al devenir de nuestros vecinos. Compartir sacrificios, sentarse a la misma mesa, y bendecir el pan son relaciones de cercanía si las hay. No sólo la existencia, sin la necesidad del “otro” es lo que está en juego en “Yitro”. Nuestra propia ley e historia se sostiene en buena medida en el respeto que inspiramos en “el otro” y en lo que de él podemos aprender.

El resto de la parashá está dedicado nosotros y dios, Moshé mediante. La cinematográfica escena al pie del monte con su festival de luces y sombras, sonidos y fuegos artificiales, sigue impresionando ya sea en la imaginación o en el cine. A la vez que sucede todo el fenómeno escenográfico, la puesta en escena, escuchamos las despojadas palabras de La Ley en lo que ha sido denominado “los diez mandamientos”, la base de la ley judía. Quedan pautados los límites entre dios y el hombre, a la vez que la forma en que el hombre puede acercarse a dios. Se establece una vez más la “elección”: “Seréis para Mí, propiedad preciada entre todos los pueblos porque Mía es toda la tierra. Y seréis para Mí un reino de sacerdotes y un pueblo santo” (Éxodo 19:5,6). Menuda exigencia. No en vano el tema de ser un “pueblo elegido” nos genera tanta inquietud: no sólo suena elitista sino que nos obliga a un altísimo nivel de auto-exigencia.

Leer “Yitro” produce una sensación de profundidad y sentido. Después de los prodigios divinos con las plagas, la persecución en el desierto, y el cruce del mar, el encuentro entre Moshé y su suegro, compartir una comida (algo que no leíamos desde Éxodo, donde el agasajo se reitera una y otra vez), la discusión de asuntos internos de interés público, y el enunciado de los mandamientos plantean un contraste sugestivo: ya no somos esclavos, ahora nos dedicamos a las actividades de las sociedades libres. Pero no se trata sólo de hechos, sino de ideas: la propuesta de Yitro adoptada por Moshé y los mandamientos divinos aceptados por el pueblo abren un espectro semántico no sólo vasto sino casi insondable por lo profundo. Una vez libres, empezamos a lidiar con la conducta humana, la convivencia, y nuestro verdadero lugar en la creación. Por eso los mandamientos están divididos en aquellos que nos vinculan a dios y en aquellos que nos vinculan con nuestros semejantes.


Con “Yitro” va quedando atrás la aventura y nos vamos metiendo más y más con la ley. Irán sucediendo cosas pero ya mucho menos espectaculares y en forma mucho más espaciada. De aquí en más se trata más acerca de ideas y normas que acerca de la historia en sí misma. Empezamos a dejar la infancia. Empezamos a madurar.

No hay comentarios:

Publicar un comentario