viernes, 6 de marzo de 2015

Ki-Tisa

Si en algunas de las últimas parshiot (porciones de la Torá) nos hemos “quejado” del desafío que suponen por su temática casi exclusivamente técnica y detallista, ésta supone un desafío por lo contrario: lo que parece ser una continuación del “manual” que dios viene instruyendo a Moshé respecto al altar y sus elementos circundantes así como respecto a la vestimenta de los sacerdotes y en general todo el tema de los rituales, se convierte rápidamente en un texto complejo, lleno de tensión, giros inesperados, y personajes profundos y contradictorios. Más aún: la trama nuevamente se mueve, vuelven a suceder cosas;  Moshé baja de la montaña para encontrarse con el pueblo adorando el becerro de oro, lo cual abre una cantidad de opciones y por qué no una buena dosis de suspenso. De modo que “Ki-Tisa” no es difícil por el tema sino que es difícil por su variada y profunda densidad semántica.

Si los rabinos en sus prédicas sabáticas eligen un tema, a veces un versículo, a veces tan sólo una palabra, bien podemos nosotros elegir un par de asuntos para referirnos cuando leemos y volcamos nuestra vivencia respecto a este texto. Dicho esto, elijo dos temas: el medio shekel y el becerro de oro. No obstante, reconozco, tal vez hasta intuitivamente, que el material de la segunda parte de la parashá, la negociación de Moshé con dios, es un tema apasionante. Imposible de acometer solo. Un blog es lo opuesto a una javruta, donde se estudia de a dos, cabeza contra cabeza. Hay temas que sólo pueden acometerse en javruta…

La donación del medio shekel está clara e inequívocamente destinada al “servicio del Tabernáculo” (Éxodo 30:16); ese es su fin práctico; su fin espiritual es la “expiación de sus almas”. Sin ser un sacrificio en un sentido estricto, la donación del medio shekel supone un acercamiento a dios, un “rescate” de las almas. Pero más allá del propósito y la explicación que dios transmite a Moshé, el medio shekel simboliza, desde entonces y hasta hoy, nuestro vínculo con la comunidad. No se trata de “tzedaká”, un concepto que la mayoría sigue valorando y cumpliendo, sino de sostener la comunidad, dicho en términos modernos. El “medio” apunta a la necesidad de completud que sólo tenemos si otro suma su medio shekel. Nadie por sí mismo puede solo sostener una comunidad, siempre se precisará otro. Así funcionamos los judíos y así está dispuesto desde el principio de nuestra existencia como nación.

Llevado el asunto a nuestros días, es muy común que cuando los dirigentes comunitarios pedimos apoyo para la comunidad se nos conteste: yo no doy dinero para pagar sueldos, doy dinero para ayuda social o en su defecto para proyectos; educativos, por ejemplo: yo doy x cantidad de becas para una escuela. El dirigente comunitario debe, ante estas respuestas, ser muy creativo: ya sea en su respuesta y capacidad de explicación y convencimiento, o en la forma en que idea proyectos que recauden “medios shekels” de modo que la comunidad pueda sostenerse. Sería mucho más simple todo si leyéramos el primer párrafo de “Ki-Tisa”: donamos para poder funcionar. Es tan simple, y sin embargo tan elusivo. Como se dice en inglés, “let’s go back to basics”: Éxodo 30:11. El resto, parafraseando a Hilel, es excusa: ve y contribuye.

Si el “medio shekel” es la metáfora del sustento material del judaísmo institucional, el becerro de oro es la metáfora de nuestra impaciencia y capacidad de dispersión, de nuestra necesidad de “objetivizar” nuestra conexión con lo trascendente y espiritual, nuestro apego a los elementos materiales del culto. Mientras Moshé recibía la palabra en la cima de la montaña el pueblo en el llano, impaciente, pedía objetos de culto, algo concreto, visible. El becerro no sólo es un animal (tal vez la opción menos ofensiva que Aarón pudo improvisar ante el acoso del pueblo), sino que también está hecho de materiales preciosos donados por el pueblo, tal como dios ordena hacer para el Tabernáculo: un mismo material puede tener un destino u otro; su pureza no yace en sí mismo sino en el destino que le damos. En otras palabras: el culto depende de lo que los hombres volquemos en él.

El episodio del becerro de oro lidia con el tema de la idolatría, inabordable en este espacio. También trata del rol del líder comunitario. ¿Por qué accede Aarón a confeccionar y organizar el culto del becerro? Nadie mejor que él sabe que despertará la ira de dios y la de su hermano Moshé. Él sabe que está mal. Una vez más podemos pensar el problema en términos actuales: un líder comunitario, ¿debe actuar siempre guiado por lo que piden las mayorías? ¿O debe mantener criterios firmes y proponer rumbos ciertos y coherentes? El becerro de oro se da de bruces con el concepto de un dios único y trascendente que genera una ley superior, racional, total. Es el capricho de un pueblo, es un “dios” de paso, circunstancial, para satisfacer las urgencias inmediatas de un pueblo inmaduro. Moshé es el líder, no Aarón.

Cuando por razones sociológicas las comunidades deben moverse y transformarse de modo de no perderse como marco de referencia para sus miembros, muchas veces nos encontramos con una fuerte resistencia expresada en términos concretos, en “becerros de oro”: bancos de una sinagoga; objetos de arte; objetos del culto; incluso los mismos espacios que usamos durante años para congregarnos. Nada de eso es sagrado; sagrado es lo que llevamos con nosotros, la palabra, el texto, la narrativa. El becerro de oro es un objeto, no es una palabra. No significa.

Tal es el valor de la palabra en contraste con el equivocado culto al becerro de oro que ahora es Moshé quien debe escribir de su puño y letra lo dictado por dios. La ira de Moshé es una ira fecunda porque habilita una re-escritura a la vez que es consecuencia de sentimientos humanos muy profundos y a la vez básicos. Acercarse a la divinidad o a lo trascendente tal como describe “Ki-Tisa” no es cosa sencilla. En contraste con el culto desatado a una deidad de mentira, el culto a una divinidad que se expresa por la palabra supone escalar y afrontar desafíos y experiencias. Algunas ininteligibles a los ojos del hombre. Su comprensión supone un desafío todavía mayor. “Ki-Tisa” supone afrontarlo.


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