Ki-Tisa
Si en algunas de las últimas
parshiot (porciones de la Torá) nos hemos “quejado” del desafío que suponen por
su temática casi exclusivamente técnica y detallista, ésta supone un desafío
por lo contrario: lo que parece ser una continuación del “manual” que dios
viene instruyendo a Moshé respecto al altar y sus elementos circundantes así
como respecto a la vestimenta de los sacerdotes y en general todo el tema de
los rituales, se convierte rápidamente en un texto complejo, lleno de tensión,
giros inesperados, y personajes profundos y contradictorios. Más aún: la trama
nuevamente se mueve, vuelven a suceder cosas; Moshé baja de la montaña para encontrarse con
el pueblo adorando el becerro de oro, lo cual abre una cantidad de opciones y
por qué no una buena dosis de suspenso. De modo que “Ki-Tisa” no es difícil por
el tema sino que es difícil por su variada y profunda densidad semántica.
Si los rabinos en sus prédicas
sabáticas eligen un tema, a veces un versículo, a veces tan sólo una palabra,
bien podemos nosotros elegir un par de asuntos para referirnos cuando leemos y
volcamos nuestra vivencia respecto a este texto. Dicho esto, elijo dos temas:
el medio shekel y el becerro de oro. No obstante, reconozco, tal vez hasta
intuitivamente, que el material de la segunda parte de la parashá, la
negociación de Moshé con dios, es un tema apasionante. Imposible de acometer
solo. Un blog es lo opuesto a una javruta, donde se estudia de a dos, cabeza
contra cabeza. Hay temas que sólo pueden acometerse en javruta…
La donación del medio shekel está
clara e inequívocamente destinada al “servicio del Tabernáculo” (Éxodo 30:16);
ese es su fin práctico; su fin espiritual es la “expiación de sus almas”. Sin ser
un sacrificio en un sentido estricto, la donación del medio shekel supone un
acercamiento a dios, un “rescate” de las almas. Pero más allá del propósito y
la explicación que dios transmite a Moshé, el medio shekel simboliza, desde
entonces y hasta hoy, nuestro vínculo con la comunidad. No se trata de “tzedaká”,
un concepto que la mayoría sigue valorando y cumpliendo, sino de sostener la
comunidad, dicho en términos modernos. El “medio” apunta a la necesidad de
completud que sólo tenemos si otro suma su medio shekel. Nadie por sí mismo
puede solo sostener una comunidad, siempre se precisará otro. Así funcionamos
los judíos y así está dispuesto desde el principio de nuestra existencia como
nación.
Llevado el asunto a nuestros
días, es muy común que cuando los dirigentes comunitarios pedimos apoyo para la
comunidad se nos conteste: yo no doy dinero para pagar sueldos, doy dinero para
ayuda social o en su defecto para proyectos; educativos, por ejemplo: yo doy x
cantidad de becas para una escuela. El dirigente comunitario debe, ante estas
respuestas, ser muy creativo: ya sea en su respuesta y capacidad de explicación
y convencimiento, o en la forma en que idea proyectos que recauden “medios
shekels” de modo que la comunidad pueda sostenerse. Sería mucho más simple todo
si leyéramos el primer párrafo de “Ki-Tisa”: donamos para poder funcionar. Es tan
simple, y sin embargo tan elusivo. Como se dice en inglés, “let’s go back to
basics”: Éxodo 30:11. El resto, parafraseando a Hilel, es excusa: ve y
contribuye.
Si el “medio shekel” es la
metáfora del sustento material del judaísmo institucional, el becerro de oro es
la metáfora de nuestra impaciencia y capacidad de dispersión, de nuestra
necesidad de “objetivizar” nuestra conexión con lo trascendente y espiritual,
nuestro apego a los elementos materiales del culto. Mientras Moshé recibía la
palabra en la cima de la montaña el pueblo en el llano, impaciente, pedía
objetos de culto, algo concreto, visible. El becerro no sólo es un animal (tal
vez la opción menos ofensiva que Aarón pudo improvisar ante el acoso del
pueblo), sino que también está hecho de materiales preciosos donados por el
pueblo, tal como dios ordena hacer para el Tabernáculo: un mismo material puede
tener un destino u otro; su pureza no yace en sí mismo sino en el destino que
le damos. En otras palabras: el culto depende de lo que los hombres volquemos
en él.
El episodio del becerro de oro
lidia con el tema de la idolatría, inabordable en este espacio. También trata
del rol del líder comunitario. ¿Por qué accede Aarón a confeccionar y organizar
el culto del becerro? Nadie mejor que él sabe que despertará la ira de dios y
la de su hermano Moshé. Él sabe que está mal. Una vez más podemos pensar el
problema en términos actuales: un líder comunitario, ¿debe actuar siempre guiado
por lo que piden las mayorías? ¿O debe mantener criterios firmes y proponer
rumbos ciertos y coherentes? El becerro de oro se da de bruces con el concepto
de un dios único y trascendente que genera una ley superior, racional, total. Es
el capricho de un pueblo, es un “dios” de paso, circunstancial, para satisfacer
las urgencias inmediatas de un pueblo inmaduro. Moshé es el líder, no Aarón.
Cuando por razones sociológicas
las comunidades deben moverse y transformarse de modo de no perderse como marco
de referencia para sus miembros, muchas veces nos encontramos con una fuerte
resistencia expresada en términos concretos, en “becerros de oro”: bancos de
una sinagoga; objetos de arte; objetos del culto; incluso los mismos espacios
que usamos durante años para congregarnos. Nada de eso es sagrado; sagrado es
lo que llevamos con nosotros, la palabra, el texto, la narrativa. El becerro de
oro es un objeto, no es una palabra. No significa.
Tal es el valor de la palabra en
contraste con el equivocado culto al becerro de oro que ahora es Moshé quien
debe escribir de su puño y letra lo dictado por dios. La ira de Moshé es una
ira fecunda porque habilita una re-escritura a la vez que es consecuencia de
sentimientos humanos muy profundos y a la vez básicos. Acercarse a la divinidad
o a lo trascendente tal como describe “Ki-Tisa” no es cosa sencilla. En contraste
con el culto desatado a una deidad de mentira, el culto a una divinidad que se
expresa por la palabra supone escalar y afrontar desafíos y experiencias. Algunas
ininteligibles a los ojos del hombre. Su comprensión supone un desafío todavía
mayor. “Ki-Tisa” supone afrontarlo.
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