domingo, 1 de marzo de 2015

Tetsave

Reconozco que estas porciones de la Torá que tratan de rituales y sacrificios a través de una abrumadora profusión de detalle me resulta un desafío muy especial. Desde la perspectiva de un hombre no creyente esta temática puede resultar si no irrelevante, anacrónica. Probablemente sea lo segundo y seguramente para nada lo primero. Se trata de textos complejos, hoy podríamos llamarlos “encriptados”, a través de un código que se va armando paso a paso, instrucción a instrucción. Cuando leemos un manual de ensamblado de Ikea o cuando intentamos instalar un equipo electrónico no estamos menos confundidos que cuando leemos porciones como “Tetsave”.

Dicho esto, el desafío está planteado; de modo que más vale acometerlo. Esta parashá se lee en Shabat Zajor, el Shabat que antecede a la festividad de Purim, el “carnaval” judío. “Zajor” se refiere a la obligación de recordar a Amalec, los amalequitas, el pueblo que nos hostigó y persiguió y obligó a dar batalla en nuestra travesía en el desierto. En Deuteronomio 25:17-19 dice: “Recuerda…” y finaliza “No (lo) olvides”. Por su parte, “Tetsave” quiere decir “ordenarás” y así es como comienza esta porción en Éxodo 27:20. Es que básicamente, dios comanda acciones. No se trata de intenciones o meditaciones o teorizaciones, sino acciones y hechos. Desde su cuna el judaísmo es acerca de actuar. “Naase venishmá” (Éxodo 24:7) es el orden por el cual priorizamos. El hombre es acción, dios es palabra. Por lo tanto, nuestra obligación es tener presentes a nuestros enemigos, a la vez que acometemos el culto.

Creo que Shabat Zajor, con la inserción de estos versículos acerca de Amalek en el “maftir” (versículos que se leen antes de leer lo asignado en los otros libros de la Biblia), contrasta sin ambigüedades la doble condición judía. Por un lado el culto a dios, o en términos más actuales, el trabajo espiritual interior, hacia dentro de la comunidad y del individuo; y por otro lado nuestra relación con el entorno, en este caso específico con nuestro enemigo. La Torá tiene una postura muy dura respecto a este punto, una postura muy perseguida y por lo tanto muy persecutoria: recordar y no olvidar, y ser implacables. Lo cual no aplica para quienes viven entre nosotros o son vecinos amigables, remitiéndonos a nuestro pasado esclavo en Egipto y nuestra sensibilidad hacia el extranjero.

Sin embargo, se vislumbra un tiempo de paz y sosiego en la tierra prometida por dios en el cual se debe borrar la memoria de Amalec. De modo que dios no sólo comanda recordar y no olvidar a Amalec en tanto es enemigo, sino que también comanda recordar y no olvidar el acto de “borrar de la memoria”.  ¿Supone esto perdonar? No está escrito ni sugerido. “Borrar de la memoria”, incluso en términos informáticos, es hacer desaparecer: si no existe, puede suponerse que no existió; no hay más registros. Cuando se habla de “memoria” en este contexto bíblico, donde siempre nos referimos a un pueblo, bien podemos hablar de “memoria colectiva”. No sería aventurado sugerir que el texto bíblico nos instruye explícitamente a dejar atrás el pasado, por duro que haya sido, y mirar adelante.

Traspolemos este asunto a dos temas actuales: ¿debería el pueblo judío haber “borrado de la memoria” el Holocausto? ¿Debería el pueblo uruguayo, o estos efectos el argentino o chileno, “borrar de la memoria” los crímenes de los regímenes militares? Está claro que ambos casos siguieron el camino de “no borrar”. Seguramente la Torá se refiere a un tiempo tan mesiánico como ideal. No sólo el Amalec  de la Biblia muta y deviene en nuevos enemigos, también otros pueblos, de los que muchas veces somos parte, tienen su propio Amalec.

De modo que la tensión entre el culto que describe en todo su detalle “Tetsave” y el mandato que encontramos “Ki-Testse” en Deuteronomio no es solamente una cuestión judía. Todo pueblo vive en la disyuntiva entre su vida fronteras adentro y su vida fronteras afuera; entre su vida espiritual y su vida política; entre sus aspiraciones e ideales y las realidades tal como se van sucediendo. Seguramente ninguno llegue nunca al estado mesiánico que sugiere la Torá, donde podamos “borrar de la memoria” los males que se nos hicieron en aras de un tiempo idealizado. Lo que el judaísmo propone es intentar llegar a ese tiempo. Para eso estamos sobre la faz de la tierra los años que nos toca estar, y eso dota de sentido a nuestra vida.


Jag Purim Sameaj! 

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