domingo, 1 de marzo de 2015

Tetsave

Reconozco que estas porciones de la Torá que tratan de rituales y sacrificios a través de una abrumadora profusión de detalle me resulta un desafío muy especial. Desde la perspectiva de un hombre no creyente esta temática puede resultar si no irrelevante, anacrónica. Probablemente sea lo segundo y seguramente para nada lo primero. Se trata de textos complejos, hoy podríamos llamarlos “encriptados”, a través de un código que se va armando paso a paso, instrucción a instrucción. Cuando leemos un manual de ensamblado de Ikea o cuando intentamos instalar un equipo electrónico no estamos menos confundidos que cuando leemos porciones como “Tetsave”.

Dicho esto, el desafío está planteado; de modo que más vale acometerlo. Esta parashá se lee en Shabat Zajor, el Shabat que antecede a la festividad de Purim, el “carnaval” judío. “Zajor” se refiere a la obligación de recordar a Amalec, los amalequitas, el pueblo que nos hostigó y persiguió y obligó a dar batalla en nuestra travesía en el desierto. En Deuteronomio 25:17-19 dice: “Recuerda…” y finaliza “No (lo) olvides”. Por su parte, “Tetsave” quiere decir “ordenarás” y así es como comienza esta porción en Éxodo 27:20. Es que básicamente, dios comanda acciones. No se trata de intenciones o meditaciones o teorizaciones, sino acciones y hechos. Desde su cuna el judaísmo es acerca de actuar. “Naase venishmá” (Éxodo 24:7) es el orden por el cual priorizamos. El hombre es acción, dios es palabra. Por lo tanto, nuestra obligación es tener presentes a nuestros enemigos, a la vez que acometemos el culto.

Creo que Shabat Zajor, con la inserción de estos versículos acerca de Amalek en el “maftir” (versículos que se leen antes de leer lo asignado en los otros libros de la Biblia), contrasta sin ambigüedades la doble condición judía. Por un lado el culto a dios, o en términos más actuales, el trabajo espiritual interior, hacia dentro de la comunidad y del individuo; y por otro lado nuestra relación con el entorno, en este caso específico con nuestro enemigo. La Torá tiene una postura muy dura respecto a este punto, una postura muy perseguida y por lo tanto muy persecutoria: recordar y no olvidar, y ser implacables. Lo cual no aplica para quienes viven entre nosotros o son vecinos amigables, remitiéndonos a nuestro pasado esclavo en Egipto y nuestra sensibilidad hacia el extranjero.

Sin embargo, se vislumbra un tiempo de paz y sosiego en la tierra prometida por dios en el cual se debe borrar la memoria de Amalec. De modo que dios no sólo comanda recordar y no olvidar a Amalec en tanto es enemigo, sino que también comanda recordar y no olvidar el acto de “borrar de la memoria”.  ¿Supone esto perdonar? No está escrito ni sugerido. “Borrar de la memoria”, incluso en términos informáticos, es hacer desaparecer: si no existe, puede suponerse que no existió; no hay más registros. Cuando se habla de “memoria” en este contexto bíblico, donde siempre nos referimos a un pueblo, bien podemos hablar de “memoria colectiva”. No sería aventurado sugerir que el texto bíblico nos instruye explícitamente a dejar atrás el pasado, por duro que haya sido, y mirar adelante.

Traspolemos este asunto a dos temas actuales: ¿debería el pueblo judío haber “borrado de la memoria” el Holocausto? ¿Debería el pueblo uruguayo, o estos efectos el argentino o chileno, “borrar de la memoria” los crímenes de los regímenes militares? Está claro que ambos casos siguieron el camino de “no borrar”. Seguramente la Torá se refiere a un tiempo tan mesiánico como ideal. No sólo el Amalec  de la Biblia muta y deviene en nuevos enemigos, también otros pueblos, de los que muchas veces somos parte, tienen su propio Amalec.

De modo que la tensión entre el culto que describe en todo su detalle “Tetsave” y el mandato que encontramos “Ki-Testse” en Deuteronomio no es solamente una cuestión judía. Todo pueblo vive en la disyuntiva entre su vida fronteras adentro y su vida fronteras afuera; entre su vida espiritual y su vida política; entre sus aspiraciones e ideales y las realidades tal como se van sucediendo. Seguramente ninguno llegue nunca al estado mesiánico que sugiere la Torá, donde podamos “borrar de la memoria” los males que se nos hicieron en aras de un tiempo idealizado. Lo que el judaísmo propone es intentar llegar a ese tiempo. Para eso estamos sobre la faz de la tierra los años que nos toca estar, y eso dota de sentido a nuestra vida.


Jag Purim Sameaj! 

viernes, 20 de febrero de 2015

Terumá

Para alguien ni ritualista ni tradicionalmente “religioso” este tipo de textos podrían ser obviados. “Terumá” es una memoria descriptiva del Tabernáculo y los elementos necesarios para el culto. Basta googlear el tema o buscar bibliografía más tradicional para encontrar las versiones gráficas de todo lo descripto allí en cuanto a proporciones, medidas, detalles. Con los recursos de hoy en día podemos incluso sumar colores y por qué no aproximaciones a texturas. Con todo, no dejan de ser todos objetos y materiales inanimados. Es el hombre el que los dota de sentido bajo las instrucciones divinas.

De hecho, la única frase que no tiene que ver con hacer o construir es la que abre la porción de la Torá en Éxodo 25:2: “Diles a los hijos de Israel que Me traigan ofrendas donadas por todo hombre, que las dé de corazón.” Subrayo esta última frase porque es la única que habla de un sentimiento, de una intención, o como se dice en hebreo, “kavaná”; término usado también cuando se improvisa una reflexión durante o previo a un rezo preestablecido, algo espontáneo a diferencia de las plegarias prescriptas. Es que “Terumá”, que quiere decir “contribución” o incluso “donación” es acerca de cómo nos acercamos a dios. Cómo nos vinculamos con la divinidad. Después de las leyes que tratan de la relación del hombre con su semejante, tal como leímos en “Mishpatim”, ahora comenzamos a explorar la relación del hombre con dios. Lo hacemos con los elementos más concretos, los objetos, el marco físico que sostiene la experiencia espiritual.

Como sostiene Paul Johnson, es fascinante y a la vez asombrosa la obsesión bíblica por el detalle. A ella se aferraron “nuestros sabios de bendita memoria” (Jaza’l) y de ella se han apartado las corrientes más reformadoras (por no decir reformistas) del judaísmo posterior al siglo XXVIII. Un judaísmo no ortodoxo tiende a quedarse con el versículo 2 antes citado y no con el resto de la parashá; eso es material de estudio para investigadores o eruditos de la Torá.

El detalle que describe los elementos físicos para el culto es la preparación del mismo, su marco de referencia físico y tangible. En el detalle de los materiales a usar se hace hincapié en su cualidad de pureza ritual, al elegirse ciertos materiales y no otros. Así, el judaísmo vuelve sobre un tema recurrente: la elección, la separación, el “apartar” materiales, tiempos, y hasta espacios para su consagración. “Terumá” trata de eso: cómo consagramos.

Los elementos físicos son el soporte de los actos de consagración, los “sacrificios”, cuyo detalle leeremos más adelante. En hebreo “korban”, de la raíz KRB, “acercamiento”, “cercano”, se trata de cómo nos acercamos a dios. Destruido el templo en 70 EC, las plegarias sustituyeron el sacrificio como forma de acercarnos a lo divino. Al mismo tiempo, si uno lee a los grandes profetas bíblicos verá que siempre vuelven al mismo tema: la “intención” detrás del sacrificio. Que éste no se convierta en un acto vacío de contenidos, meramente formal. Lo mismo podría decirse del rezo y los rituales hoy en día: podemos “pasar por ellos” o podemos dotarlos de propósito y sentido, además.


“Terumá”, con toda su avalancha de detalle, es acerca de nuestra aproximación a dios, o lo divino. Como dice apenas comienza, debe ser “de corazón”. El resto, parafraseando a Hilel, es detalle.

viernes, 13 de febrero de 2015

Mishpatim

Con ésta comienzan las parshiot que me gusta llamar “incómodas”. En mayor o menor medida son sumatorias de normas y preceptos, prohibiciones y mandatos. Podríamos también usar el término de “listas” tal como lo acuñó Umberto Eco en su libro “El Vértigo de las Listas”: si bien los preceptos en el judaísmo están contados y son seiscientos trece, está clara la sensación de infinitud cuando leemos este tipo de texto. Si a eso agregamos usos y costumbres, tradiciones, y jurisprudencia rabínica, entonces por cierto que el vértigo del que habla Eco se materializa. Hay algo inabarcable en la ley judía, y todo ha comenzado aquí, en el “Jumash” (Pentatéuco).

Las llamo incómodas porque muchas de las normas son absolutamente irrelevantes e inaplicables bajo los estándares en que nos movemos hoy en día. No sólo los preceptos que tiene que ver con el culto del templo, por ejemplo, sino aquellos que tienen que ver con la dureza o crueldad de los castigos y el status de algunos seres humanos como mujeres, esclavos, e hijos. La Biblia está llena de normas y mandatos que nos hacen mucho ruido. Aun cuando la tradición rabínica se ocupó con mucha creatividad de adaptar y actualizar estas normas, la mera lectura puede producir escalofríos. Lamentablemente, la mayoría de los lectores eligen escapar del texto. Para mí, aunque difícil, el desafío es leerlo y hacerlo nuestro. De alguna manera.

Es una pena que el afán transformador, creativo, de la tradición rabínica y posterior se haya detenido tan abruptamente allá por el siglo XVIII. La creatividad y capacidad de adaptación han debido seguir el camino de la Reforma y el Movimiento Conservador, mientras que la Ortodoxia, en mayor o menor medida, sigue aferrada a normas cada vez más inamovibles para ellos. No sólo priva al mundo judío de cierta unidad; no sólo por detalles no permite reconocer la poca unidad que sí existe; sino que convierte a la norma, al precepto, en una herramienta política y de poder. El detalle y la formalidad matan el espíritu de la ley, su razón de ser.

Es evidente que abordar “Mishpatim” es una tarea que estoy tratando de eludir. Pero la consigna de este año exige que lo haga. Entiendo que para abordar todas las normas aquí detalladas se precisa un nivel de lectura y profundidad del que carezco. Una primera y segunda lectura nos enfrentan a algunos de los preceptos más caros del judaísmo, a saber (la selección es mía, hoy):

1.       El buey corneador, en Éxodo 21:28-37.
2.       Sacrificios (adoración) a otros dioses, en Éxodo 22:19
3.       El respeto al extranjero, en Éxodo 22:20 y Éxodo 23:9
4.       Prestar dinero, en Éxodo 22:24
5.       Respeto al sistema de justicia (ver caso Nisman), en Éxodo 22:27
6.       No mentir, en Éxodo 23:1
7.       No tomar soborno, en Éxodo 23:8

Estos siete asuntos elegidos de entre muchos más sólo en esta porción de la Torá son aquellos que podemos llamar de tipo social, no de culto. Esto es un capítulo aparte, del cual sólo elegí el asunto del monoteísmo por ser central no sólo al judaísmo sino al texto que hemos leído hasta ahora.

“Mishpatim” es un largo paréntesis, por medio de un inventario de preceptos, en la experiencia mística que estaba viviendo el pueblo frente al monte en Sinaí. En Éxodo 24 dios deja de dictar preceptos para volver a focalizarse en la experiencia colectiva que había provocado. Los preceptos de “MIshpatim” son una suerte de apertura del decálogo que leímos la semana pasada en “Yitró”, atendiendo muchas más situaciones y casuística. Los Diez Mandamientos son titulares, marco de referencia. Si alguien tuvo la ilusión de que con eso era suficiente, “Mishpatim” se ocupa de aclarar las cosas. El asunto es complejo, largo, y difícil.


Finalmente Moshé sube a la montaña para internarse en ella y recibir toda la ley directamente de dios, “durante cuarenta días con sus noches” (Éxodo 24:18). Sigue el espectáculo de luces y sonido que vivimos en “Yitró”, sigue la expectativa y la experiencia mística. De aquí en más la narrativa será menos acerca de hechos y cada vez más acerca de La Ley. Sucederán episodios aislados, el pueblo irá avanzando en el desierto, pero mientras tanto irán aprendiendo y perfeccionando todos estos preceptos. Tarea que seguimos acometiendo hasta el día de hoy.

viernes, 6 de febrero de 2015

Yitro

Junto con Noaj en el libro de Génesis, Koraj, Balak, y Pinjas en el libro de Números, Yitro en el libro de Éxodo es una de las porciones de la Torá llamadas por el nombre de uno de sus personajes. Si bien hay quienes sostienen que el nombre de una parashá es más bien arbitrario, otros sostienen que la Torá es “perfecta” y por lo tanto nada sobra y nada falta. En mi opinión lejos de eso: precisamente lo que sobra, pero sobre todo lo que falta, es lo que enriquece en forma permanente este texto. Por tanto, los nombres de una porción son material de estudio de por sí. Más aún cuando la mayoría de los nombres de las parashot son verbos. El uso de un nombre propio debería tener un sentido.

En el caso de “Yitro” llama la atención que el personaje ocupe sólo parte del texto, mientras que el resto esté dedicado a la experiencia mítica y espiritual (simultáneamente) más importante del pueblo, para todas las generaciones: la recepción de La Ley al pie del monte, en Sinai. La yuxtaposición del diálogo de Moshé con su suegro acerca de cómo impartir la ley con la recepción de la misma es significativa: primero, porque nos introduce en el tema de la ley y la norma previo a su enunciado; segundo, porque las sugerencias vienen de un extranjero respetado, de un “otro”, no del seno del pueblo.

La lógica indica que Moshé estaba muy por encima del resto del pueblo al cual guía. Difícilmente podía venir de entre el pueblo una enseñanza tan madura como la de Yitro: dividir y administrar justicia en forma más eficiente y menos desgastante, de acuerdo al nivel de complejidad del asunto. Sólo un líder, aunque fuera de otro pueblo, puede enseñar esa materia a un líder. También se esboza aquí una constante judía: dios da la ley, pero es el hombre quien debe interpretarla, implementarla, administrarla; un rol que asumirían los rabinos siglos después.

Si uno lee el texto desde Éxodo 18:1 podemos esperar, con todos los rituales y sacrificios descriptos, que Yitro y su familia se sumen al pueblo; sin embargo, en Éxodo 18:27 dice: “Y se despidió Moisés de su suegro y éste se fue a su país”. Por un momento la lectura de éste capítulo parecería una primera aproximación a una conversión, una incorporación al pueblo. El contacto entre Yitro y Moshé pauta un respeto y una cercanía muy importantes, a la vez que claramente está determinado que son dos pueblos distintos: uno es el centro de la historia, mientras que el otro, Yitro, los midianitas, pasan por la historia de los hijos de Israel para dejarnos no sólo su simiente sino su sabiduría.

“Yitro” claramente señala que nuestra historia como pueblo no está ajena al devenir de nuestros vecinos. Compartir sacrificios, sentarse a la misma mesa, y bendecir el pan son relaciones de cercanía si las hay. No sólo la existencia, sin la necesidad del “otro” es lo que está en juego en “Yitro”. Nuestra propia ley e historia se sostiene en buena medida en el respeto que inspiramos en “el otro” y en lo que de él podemos aprender.

El resto de la parashá está dedicado nosotros y dios, Moshé mediante. La cinematográfica escena al pie del monte con su festival de luces y sombras, sonidos y fuegos artificiales, sigue impresionando ya sea en la imaginación o en el cine. A la vez que sucede todo el fenómeno escenográfico, la puesta en escena, escuchamos las despojadas palabras de La Ley en lo que ha sido denominado “los diez mandamientos”, la base de la ley judía. Quedan pautados los límites entre dios y el hombre, a la vez que la forma en que el hombre puede acercarse a dios. Se establece una vez más la “elección”: “Seréis para Mí, propiedad preciada entre todos los pueblos porque Mía es toda la tierra. Y seréis para Mí un reino de sacerdotes y un pueblo santo” (Éxodo 19:5,6). Menuda exigencia. No en vano el tema de ser un “pueblo elegido” nos genera tanta inquietud: no sólo suena elitista sino que nos obliga a un altísimo nivel de auto-exigencia.

Leer “Yitro” produce una sensación de profundidad y sentido. Después de los prodigios divinos con las plagas, la persecución en el desierto, y el cruce del mar, el encuentro entre Moshé y su suegro, compartir una comida (algo que no leíamos desde Éxodo, donde el agasajo se reitera una y otra vez), la discusión de asuntos internos de interés público, y el enunciado de los mandamientos plantean un contraste sugestivo: ya no somos esclavos, ahora nos dedicamos a las actividades de las sociedades libres. Pero no se trata sólo de hechos, sino de ideas: la propuesta de Yitro adoptada por Moshé y los mandamientos divinos aceptados por el pueblo abren un espectro semántico no sólo vasto sino casi insondable por lo profundo. Una vez libres, empezamos a lidiar con la conducta humana, la convivencia, y nuestro verdadero lugar en la creación. Por eso los mandamientos están divididos en aquellos que nos vinculan a dios y en aquellos que nos vinculan con nuestros semejantes.


Con “Yitro” va quedando atrás la aventura y nos vamos metiendo más y más con la ley. Irán sucediendo cosas pero ya mucho menos espectaculares y en forma mucho más espaciada. De aquí en más se trata más acerca de ideas y normas que acerca de la historia en sí misma. Empezamos a dejar la infancia. Empezamos a madurar.

sábado, 31 de enero de 2015

Beshalaj

Una primera lectura obliga a ordenarse. Una vez más una sola porción de la Torá engloba más de lo que un hombre común puede abarcar. Me atrevería a dividir esta porción en tres partes temáticas claras: batalla, forma de vida, batalla. Nada que no suceda hoy en la vida de los judíos en Israel, y de alguna manera menos clara a todos los judíos del mundo: de los ataques de esta semana en el norte de Israel al entierro de Nisman en Buenos Aires, pasando por el hipermercado kasher en París hace un mes, la constante batalla-vida cotidiana-batalla existe. Acaso sea inherente a nuestra naturaleza.

La primer batalla tiene forma de persecución: los hijos de Israel avanzan por el desierto, por el camino largo para evitar justamente más batallas (con los filisteos y en inferioridad de condiciones), no sin dificultades, hasta que llegan frente al Mar de los Juncos (Iam Suf), que identificamos hoy como Mar Rojo. Tras ellos vienen los egipcios con sus carros, caballos, y ejército: todo su poderío. Una vez más dios, para hacer más formidables sus proezas, “endurece el corazón” del faraón y los egipcios. Todos sabemos el desenlace: las aguas se abren o retroceden, se forman dos muros de agua, y el pueblo cruza durante la noche mientras que en la madrugada los egipcios mueren ahogados.

La segunda batalla es con Amalec en Éxodo 17:8. Dios también ayuda pero interviene sensiblemente menos. Moshé debe permanecer con los brazos en alto para que Israel prevalezca, pero los guerreros elegidos por Ieoshua deben luchar. Hay que hacer el trabajo sucio, en este caso dios no obra milagros ni incide sobre el enemigo. La frase que cierra “Beshalaj” es no sólo intrigante sino atemorizante: “…, habrá guerra del Eterno contra Amalec a través de las generaciones” (Éxodo 17:16). Ciertamente el vaticinio bíblico se ha cumplido, hasta nuestra generación.

En medio de estas dos escenas bélicas queda ubicado el tema de la forma de vida, del manejo social, del alimento y el agua, asuntos básicos si los hay: codornices, maná, y agua que mana en diferentes formas. Dios provee: esta idea sigue vigente y es por eso que nuestra liturgia incluye tantas bendiciones y plegarias de reconocimiento y agradecimiento. Comienza a esbozarse el Shabat con instrucciones muy precisas y con la ausencia de milagros en Shabat: no cae maná, hay que recogerlo el sexto día y guardarlo para el séptimo. Están también las instrucciones de cocina para ese día. En la próxima porción de la Torá, “Yitro” recibiremos por primera vez los diez mandamientos con un mandato simple: recordar el Shabat. Sin embargo antes de ese momento ya tenemos instrucciones precisas y concretas.

En “Beshalaj” hay varios temas recurrentes: dios que “endurece” al enemigo (egipcios) para hacer más formidable su milagro; los “milagros”: las columnas de humo y fuego y sus variantes, la apertura del mar; las instrucciones sobre cómo vivir, pautas sociales; las quejas del pueblo frente a Moshé y su deseo de volver a Egipto; la aproximación a la roca para extraer de ella agua (en este caso golpeándola, más adelante será hablándole); la confrontación de un enemigo/vecino, que viene desde el libro de Bereshit; y el concepto de avanzar según las instrucciones de dios. Esto último no sólo es recurrente en la Biblia hebrea toda sino que es un concepto básico judío: siempre hay un propósito y marchamos rumbo a un destino determinado.

De este esfuerzo de lectura semanal que supone este blog sigo rescatando la mezcla de géneros que nos ofrece la Biblia: “Beshalaj” incluye un poema, épica, una mirada al interior de algunos personajes, y un instructivo de conducta. Si bien el texto no abunda en ello, hay un perfil de cada personaje, o al menos elementos suficientes para construirlo; no son personajes llanos (ver E.M.Forster “Aspects of the Novel”) sino complejos. Tal vez estén sólo insinuados, pero están. El lado épico habla por sí solo, lo mismo que el lado instructivo: no en vano se siguen haciendo películas sobre la apertura del mar y se sigue legislando y reformando en base a estas primeras, claras instrucciones de nuestra tradición

miércoles, 28 de enero de 2015

Bo

“Bo” refiere al verbo “labó”, “venir”. Podría traducirse “ven” o como se traduce, “ve”. Todo depende de dónde uno piense que se ubica dios: si al lado de Moshé o al lado del faraón. Sólo eso daría para la controversia; suponemos tradicionalmente a dios como un concepto absoluto y por lo tanto equidistante. Sin embargo el texto obliga a optar: “ve” o “ven”. La tradición nos enseña que dios está del lado de los hijos de Israel, y por lo tanto de Moshé; pero si pensamos en “bo” como “ven” dios está claramente al costado del farón: no sólo elige a su pueblo, sino a su víctima. En cualquiera de los dos sentidos, está claro que la apertura de esta porción de la Torá anuncia una “movida”, en un sentido literal. Es un juego de fuerzas metaforizadas en las últimas tres plagas. Tan es así que la última es literalmente la muerte. No una muerte general o genérica, sino una muerte selectiva, al centro del orgullo machista de la tradición bíblica. El enfrentamiento entre dios y el faraón es de tal magnitud que sólo podía finalizar en un acto destructivo, terrible. Que a su vez será preámbulo de uno de mayor espectacularidad aunque menor crueldad: la muerte de los egipcios cuando se cierren las aguas del Mar Rojo en Éxodo 14:27, la semana próxima…

No sorprende que ante semejante apertura de desastres y demostración de fuerza, con su punto culminante en la muerte de los primogénitos egipcios, la parashá termine con la consagración de los primogénitos del pueblo. De aquí surge la tradición de “pidión haben”, “el rescate del hijo primogénito” que de acuerdo a Éxodo 13 debería ser consagrado al culto como “cohen”, sacerdote.

También de la oscuridad de las langostas, la noche absoluta, y la muerte de los primogénitos surge tal vez el primer acto de tipo “nacional” (de nación) de nuestra tradición. Dios ha endurecido el corazón del faraón de modo que su propia fuerza (la de dios) sea aún más formidable. Pero si la Torá es “instrucción”, enseñanza, si debe enseñar algo como insisten algunos rabinos, no podíamos quedarnos solamente con el uso de la fuerza y los actos fantásticos.

Los hijos de Israel empezarán a contar el tiempo a partir de su día de liberación. Nada más claro, nada más simple, nada más absoluto: “Que sea para vosotros el primer mes del año” (Éxodo 12:2).

Luego seguirán todas las instrucciones acerca de la festividad de Pesaj (Pascua), de la voz “pasaj”, salteó, porque dios saltea las casas de los hijos de Israel. Está el cordero pascual, el pan ácimo (matzá), el sacrificio, el compartir con otros. Uno no puede sino maravillarse al pensar que estas instrucciones, insertas en medio de un relato fantástico si los hay, dieron lugar a la festividad central de la familia judía por miles de años. No sólo el relato combina lo épico con lo moral, sino que hubo un grupo de gente, un pueblo, que tomó estas palabras casi literalmente para construir, en torno a ellas, una forma de vida. Desde el tema del tiempo al tema de los alimentos, todo lo que somos como judíos proviene en primera instancia de esta fuente, la leamos como la leamos. Por cierto que se precisaba un texto; pero más aún se precisaban lectores. Dios no hubiera podido dictar una ley en un páramo desierto; desierto en el sentido de vacío.

“Bo” tiene la particularidad de combinar el relato fantástico característico del libro de Éxodo con las instrucciones más típicas del libro de Levítico. En ese sentido, es una porción de la Torá especialmente potente y fundacional: empezamos a contar nuestro tiempo como nación libre sobre los cadáveres de los primogénitos egipcios (por eso en la noche de Pesaj derramamos una gota de vino, por la sangre derramada por nuestra liberación), y a la vez dotamos al tiempo de un significado que permea toda nuestra existencia.

No en vano el sacrificio, “korban” en hebreo, de “estar cerca”, es la forma de estar cerca de dios. Estar cerca de dios es, después de todo, un acto de humildad. Liberados sí, pero con instrucciones. Seguimos escribiendo el pacto.










domingo, 18 de enero de 2015

Vaerá

Esta es la parashá de las primeras siete plagas sobre los egipcios. Las mismas ocupan los capítulos 7, 8, y 9 del libro de Éxodo; el capítulo 6, que había comenzado con un versículo en “Shmot”, es una mera preparación de todo lo que acontecerá. En términos legislativos, podría denominarse el capítulo como los “considerandos” de una ley o una sentencia: la situación a corregir, la autoridad del emisor de la ley o sentencia, y el justificativo de la misma. Moral o no.

Cabe preguntarse por qué dios decide acudir, en cierto momento y no antes, en auxilio de “su” pueblo. En Éxodo 6:5 dice: “Y al oír el gemido de los hijos de Israel oprimidos por los egipcios, Me acordé de ellos.” Sin embargo, todo lo que sigue en el capítulo 6 es una suerte de alarde de fuerza, una pulseada (unilateral aún) entre el dios bíblico y el dios egipcio, el faraón. El lenguaje de fuerza y potencia es recurrente y contundente: no se trata de persuadir, como muchas veces nos han contado el cuento, sino de quebrar la voluntad del otro. Es, ni más ni menos, el planteo de una lucha entre dioses como conocemos en la tradición griega, por ejemplo. Seguramente los dioses egipcios también tenían sus conflictos, en especial cuando el faraón era una figura divina. El alarde de magia, las premoniciones, eran parte de la tradición egipcia, el lenguaje en cuyos términos los egipcios podían entender el planteo que harían Moshé y Aarón. Magia y fuerza son los dos ingredientes que liberan a los hijos de Israel de la esclavitud.

Tan es así que en Éxodo  7:3 dios habla de “endurecer el corazón del faraón y multiplicar Sus señales y Sus milagros en la tierra de Egipto”. “Vaerá” es, en última instancia, acerca de la fuerza de dios. Él mismo endurecerá al faraón para hacer más formidables sus recursos: sus “señales”, sus “milagros”, sus “Ejércitos”, su “castigo”. Es ahora o nunca, y si es ahora debe ser un hecho de tal magnitud  que no sea olvidado jamás. Efectivamente, así ha sido. No en vano acaba de estrenarse una versión más de las plagas y el éxodo en “Éxodo” de Ridley Scott.

Hay una frase recurrente en “Vaerá” que trae fuertes recuerdos a mi generación: “…deja salir a Mi pueblo…”, “shlaj et amí” (Éxodo 7:26). Durante los años duros de la Unión Soviética los judíos del mundo libre manifestaron cientos de veces por el derecho de los judíos en aquel estado a abandonarlo en busca de mejor destino. Cuando finalmente cae el régimen comunista se produce un verdadero éxodo versión siglo XX. La actualidad de la Biblia sigue siendo pasmosa, si uno se resiste a llamarla “milagrosa”.

Esta frase se repite prácticamente con cada plaga. La construcción ascendente sostenida en la tozudez del faraón y la formidable demostración de dios no puede ser más espectacular. La Biblia, generalmente breve y escueta, se toma ciertas licencias descriptivas como para hacer más vivenciales las calamidades que cayeron sobre los egipcios. Al mismo tiempo, la tierra de Gosen, donde vivían los hijos de Israel, permanece inmune, ajena a toda esta sucesión de calamidades. No sorprende entonces que a lo largo de la travesía en el desierto los hijos de Israel se hayan quejado tanto a Moshé acerca de las condiciones de vida; Gosen es siempre descripta como una tierra fértil donde el pueblo se asentó, se multiplicó (tanto que fue una amenaza para los egipcios), a la vez que estaba protegida por dios. La “tierra prometida” (Canaán, lo que hoy llamamos Israel) nunca fue tan acogedora ni tan inmune a las desgracias como la tierra de Gosen. Excepto por un detalle: Gosen significaba esclavitud, Canaán libertad.

Entender las plagas ha sido siempre un desafío para el lector inconformista del texto. Si aceptamos el texto literalmente y creemos en dios como agente directo de cambio, seguiremos celebrando las plagas como hacemos la noche del Seder en Pesaj (Pascua): con regocijo, aunque siempre guardando una gota de vino para recordar la sangre derramada. Si leemos el texto en un nivel simbólico o incluso metafórico el abanico semántico se abre en todos sus espléndidos ciento ochenta grados. Si leemos con un criterio científico, perderemos invalorable tiempo tratando de entender si sucedió, cómo pudo haber sido. Entre las tres opciones prefiero la segunda, la simbólico-metafórica; aunque no la exploremos hoy en esta aproximación. Entre la primer y tercera opción, vale decir, entre la literaria y la científica, debo reconocer que me quedo con la primera. Porque lo que hace interesante a la Biblia no es su lado de “verdad” histórica o posible sino lo que representa de la mente y el corazón de los hombres: sus miedos, su capacidad de maravillarse ante ciertos prodigios, y su necesidad de creer y construir respuestas. En especial a asuntos que exceden lo comprobable o posible.

La otra frase que ha generado ríos de tinta interpretativa es Éxodo 6:12 y 6:30: “Yo soy incircunciso de labios”. Desde el midrash infantil que nos dice que Moshé era tartamudo a la interpretación freudiana en “Moisés y la Religión Monoteísta”, el abanico es variado. En la versión castellana de Editorial Sinai que uso este versículo también es traducido como “duro de lengua”. Moshé podría ser egipcio y no saber cómo comunicarse con “su” pueblo, tal como sostiene Freud; podría ser tartamudo como interpretó el midrash; o simplemente podría ser poco locuaz: no en vano sus palabras siempre vienen directamente de dios. Más aún: sus reacciones violentas (golpea la piedra en lugar de hablarle tal como dios le ordena en Números 20:1-13) apuntan claramente a cierta dificultad en la expresión oral. Por otra parte, resulta extraña la incorporación de Aarón como compensador de esta dificultad de su hermano menor: Aarón nunca se convierte verdaderamente en portavoz de la palabra de dios. Si bien se fundamenta su rol en esta dificultad de Moshé, su rol será otro.


En suma: liderar es difícil. Se precisan hechos (magia, milagros, demostraciones de fuerza), y sobre todo una gran convicción. Moshé es siempre un líder reacio a su rol, a la vez que demuestra una fuerza y un empeño incomparables. “Vaerá” describe una relación entre dios y su pueblo donde todavía la palabra juega un rol secundario. Solamente con la experiencia del Sinai y la entrega de La Ley la palabra tomará una nueva dimensión para no perderse ya nunca.