Bo
“Bo” refiere al verbo “labó”, “venir”.
Podría traducirse “ven” o como se traduce, “ve”. Todo depende de dónde uno
piense que se ubica dios: si al lado de Moshé o al lado del faraón. Sólo eso
daría para la controversia; suponemos tradicionalmente a dios como un concepto
absoluto y por lo tanto equidistante. Sin embargo el texto obliga a optar: “ve”
o “ven”. La tradición nos enseña que dios está del lado de los hijos de Israel,
y por lo tanto de Moshé; pero si pensamos en “bo” como “ven” dios está
claramente al costado del farón: no sólo elige a su pueblo, sino a su víctima. En
cualquiera de los dos sentidos, está claro que la apertura de esta porción de
la Torá anuncia una “movida”, en un sentido literal. Es un juego de fuerzas
metaforizadas en las últimas tres plagas. Tan es así que la última es
literalmente la muerte. No una muerte general o genérica, sino una muerte
selectiva, al centro del orgullo machista de la tradición bíblica. El enfrentamiento
entre dios y el faraón es de tal magnitud que sólo podía finalizar en un acto
destructivo, terrible. Que a su vez será preámbulo de uno de mayor
espectacularidad aunque menor crueldad: la muerte de los egipcios cuando se
cierren las aguas del Mar Rojo en Éxodo 14:27, la semana próxima…
No sorprende que ante semejante
apertura de desastres y demostración de fuerza, con su punto culminante en la
muerte de los primogénitos egipcios, la parashá termine con la consagración de
los primogénitos del pueblo. De aquí surge la tradición de “pidión haben”, “el
rescate del hijo primogénito” que de acuerdo a Éxodo 13 debería ser consagrado
al culto como “cohen”, sacerdote.
También de la oscuridad de las
langostas, la noche absoluta, y la muerte de los primogénitos surge tal vez el
primer acto de tipo “nacional” (de nación) de nuestra tradición. Dios ha
endurecido el corazón del faraón de modo que su propia fuerza (la de dios) sea
aún más formidable. Pero si la Torá es “instrucción”, enseñanza, si debe
enseñar algo como insisten algunos rabinos, no podíamos quedarnos solamente con
el uso de la fuerza y los actos fantásticos.
Los hijos de Israel empezarán a
contar el tiempo a partir de su día de liberación. Nada más claro, nada más
simple, nada más absoluto: “Que sea para vosotros el primer mes del año” (Éxodo
12:2).
Luego seguirán todas las
instrucciones acerca de la festividad de Pesaj (Pascua), de la voz “pasaj”,
salteó, porque dios saltea las casas de los hijos de Israel. Está el cordero
pascual, el pan ácimo (matzá), el sacrificio, el compartir con otros. Uno no
puede sino maravillarse al pensar que estas instrucciones, insertas en medio de
un relato fantástico si los hay, dieron lugar a la festividad central de la
familia judía por miles de años. No sólo el relato combina lo épico con lo
moral, sino que hubo un grupo de gente, un pueblo, que tomó estas palabras casi
literalmente para construir, en torno a ellas, una forma de vida. Desde el tema
del tiempo al tema de los alimentos, todo lo que somos como judíos proviene en
primera instancia de esta fuente, la leamos como la leamos. Por cierto que se
precisaba un texto; pero más aún se precisaban lectores. Dios no hubiera podido
dictar una ley en un páramo desierto; desierto en el sentido de vacío.
“Bo” tiene la particularidad de
combinar el relato fantástico característico del libro de Éxodo con las
instrucciones más típicas del libro de Levítico. En ese sentido, es una porción
de la Torá especialmente potente y fundacional: empezamos a contar nuestro
tiempo como nación libre sobre los cadáveres de los primogénitos egipcios (por
eso en la noche de Pesaj derramamos una gota de vino, por la sangre derramada
por nuestra liberación), y a la vez dotamos al tiempo de un significado que
permea toda nuestra existencia.
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