miércoles, 28 de enero de 2015

Bo

“Bo” refiere al verbo “labó”, “venir”. Podría traducirse “ven” o como se traduce, “ve”. Todo depende de dónde uno piense que se ubica dios: si al lado de Moshé o al lado del faraón. Sólo eso daría para la controversia; suponemos tradicionalmente a dios como un concepto absoluto y por lo tanto equidistante. Sin embargo el texto obliga a optar: “ve” o “ven”. La tradición nos enseña que dios está del lado de los hijos de Israel, y por lo tanto de Moshé; pero si pensamos en “bo” como “ven” dios está claramente al costado del farón: no sólo elige a su pueblo, sino a su víctima. En cualquiera de los dos sentidos, está claro que la apertura de esta porción de la Torá anuncia una “movida”, en un sentido literal. Es un juego de fuerzas metaforizadas en las últimas tres plagas. Tan es así que la última es literalmente la muerte. No una muerte general o genérica, sino una muerte selectiva, al centro del orgullo machista de la tradición bíblica. El enfrentamiento entre dios y el faraón es de tal magnitud que sólo podía finalizar en un acto destructivo, terrible. Que a su vez será preámbulo de uno de mayor espectacularidad aunque menor crueldad: la muerte de los egipcios cuando se cierren las aguas del Mar Rojo en Éxodo 14:27, la semana próxima…

No sorprende que ante semejante apertura de desastres y demostración de fuerza, con su punto culminante en la muerte de los primogénitos egipcios, la parashá termine con la consagración de los primogénitos del pueblo. De aquí surge la tradición de “pidión haben”, “el rescate del hijo primogénito” que de acuerdo a Éxodo 13 debería ser consagrado al culto como “cohen”, sacerdote.

También de la oscuridad de las langostas, la noche absoluta, y la muerte de los primogénitos surge tal vez el primer acto de tipo “nacional” (de nación) de nuestra tradición. Dios ha endurecido el corazón del faraón de modo que su propia fuerza (la de dios) sea aún más formidable. Pero si la Torá es “instrucción”, enseñanza, si debe enseñar algo como insisten algunos rabinos, no podíamos quedarnos solamente con el uso de la fuerza y los actos fantásticos.

Los hijos de Israel empezarán a contar el tiempo a partir de su día de liberación. Nada más claro, nada más simple, nada más absoluto: “Que sea para vosotros el primer mes del año” (Éxodo 12:2).

Luego seguirán todas las instrucciones acerca de la festividad de Pesaj (Pascua), de la voz “pasaj”, salteó, porque dios saltea las casas de los hijos de Israel. Está el cordero pascual, el pan ácimo (matzá), el sacrificio, el compartir con otros. Uno no puede sino maravillarse al pensar que estas instrucciones, insertas en medio de un relato fantástico si los hay, dieron lugar a la festividad central de la familia judía por miles de años. No sólo el relato combina lo épico con lo moral, sino que hubo un grupo de gente, un pueblo, que tomó estas palabras casi literalmente para construir, en torno a ellas, una forma de vida. Desde el tema del tiempo al tema de los alimentos, todo lo que somos como judíos proviene en primera instancia de esta fuente, la leamos como la leamos. Por cierto que se precisaba un texto; pero más aún se precisaban lectores. Dios no hubiera podido dictar una ley en un páramo desierto; desierto en el sentido de vacío.

“Bo” tiene la particularidad de combinar el relato fantástico característico del libro de Éxodo con las instrucciones más típicas del libro de Levítico. En ese sentido, es una porción de la Torá especialmente potente y fundacional: empezamos a contar nuestro tiempo como nación libre sobre los cadáveres de los primogénitos egipcios (por eso en la noche de Pesaj derramamos una gota de vino, por la sangre derramada por nuestra liberación), y a la vez dotamos al tiempo de un significado que permea toda nuestra existencia.

No en vano el sacrificio, “korban” en hebreo, de “estar cerca”, es la forma de estar cerca de dios. Estar cerca de dios es, después de todo, un acto de humildad. Liberados sí, pero con instrucciones. Seguimos escribiendo el pacto.










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