domingo, 18 de enero de 2015

Vaerá

Esta es la parashá de las primeras siete plagas sobre los egipcios. Las mismas ocupan los capítulos 7, 8, y 9 del libro de Éxodo; el capítulo 6, que había comenzado con un versículo en “Shmot”, es una mera preparación de todo lo que acontecerá. En términos legislativos, podría denominarse el capítulo como los “considerandos” de una ley o una sentencia: la situación a corregir, la autoridad del emisor de la ley o sentencia, y el justificativo de la misma. Moral o no.

Cabe preguntarse por qué dios decide acudir, en cierto momento y no antes, en auxilio de “su” pueblo. En Éxodo 6:5 dice: “Y al oír el gemido de los hijos de Israel oprimidos por los egipcios, Me acordé de ellos.” Sin embargo, todo lo que sigue en el capítulo 6 es una suerte de alarde de fuerza, una pulseada (unilateral aún) entre el dios bíblico y el dios egipcio, el faraón. El lenguaje de fuerza y potencia es recurrente y contundente: no se trata de persuadir, como muchas veces nos han contado el cuento, sino de quebrar la voluntad del otro. Es, ni más ni menos, el planteo de una lucha entre dioses como conocemos en la tradición griega, por ejemplo. Seguramente los dioses egipcios también tenían sus conflictos, en especial cuando el faraón era una figura divina. El alarde de magia, las premoniciones, eran parte de la tradición egipcia, el lenguaje en cuyos términos los egipcios podían entender el planteo que harían Moshé y Aarón. Magia y fuerza son los dos ingredientes que liberan a los hijos de Israel de la esclavitud.

Tan es así que en Éxodo  7:3 dios habla de “endurecer el corazón del faraón y multiplicar Sus señales y Sus milagros en la tierra de Egipto”. “Vaerá” es, en última instancia, acerca de la fuerza de dios. Él mismo endurecerá al faraón para hacer más formidables sus recursos: sus “señales”, sus “milagros”, sus “Ejércitos”, su “castigo”. Es ahora o nunca, y si es ahora debe ser un hecho de tal magnitud  que no sea olvidado jamás. Efectivamente, así ha sido. No en vano acaba de estrenarse una versión más de las plagas y el éxodo en “Éxodo” de Ridley Scott.

Hay una frase recurrente en “Vaerá” que trae fuertes recuerdos a mi generación: “…deja salir a Mi pueblo…”, “shlaj et amí” (Éxodo 7:26). Durante los años duros de la Unión Soviética los judíos del mundo libre manifestaron cientos de veces por el derecho de los judíos en aquel estado a abandonarlo en busca de mejor destino. Cuando finalmente cae el régimen comunista se produce un verdadero éxodo versión siglo XX. La actualidad de la Biblia sigue siendo pasmosa, si uno se resiste a llamarla “milagrosa”.

Esta frase se repite prácticamente con cada plaga. La construcción ascendente sostenida en la tozudez del faraón y la formidable demostración de dios no puede ser más espectacular. La Biblia, generalmente breve y escueta, se toma ciertas licencias descriptivas como para hacer más vivenciales las calamidades que cayeron sobre los egipcios. Al mismo tiempo, la tierra de Gosen, donde vivían los hijos de Israel, permanece inmune, ajena a toda esta sucesión de calamidades. No sorprende entonces que a lo largo de la travesía en el desierto los hijos de Israel se hayan quejado tanto a Moshé acerca de las condiciones de vida; Gosen es siempre descripta como una tierra fértil donde el pueblo se asentó, se multiplicó (tanto que fue una amenaza para los egipcios), a la vez que estaba protegida por dios. La “tierra prometida” (Canaán, lo que hoy llamamos Israel) nunca fue tan acogedora ni tan inmune a las desgracias como la tierra de Gosen. Excepto por un detalle: Gosen significaba esclavitud, Canaán libertad.

Entender las plagas ha sido siempre un desafío para el lector inconformista del texto. Si aceptamos el texto literalmente y creemos en dios como agente directo de cambio, seguiremos celebrando las plagas como hacemos la noche del Seder en Pesaj (Pascua): con regocijo, aunque siempre guardando una gota de vino para recordar la sangre derramada. Si leemos el texto en un nivel simbólico o incluso metafórico el abanico semántico se abre en todos sus espléndidos ciento ochenta grados. Si leemos con un criterio científico, perderemos invalorable tiempo tratando de entender si sucedió, cómo pudo haber sido. Entre las tres opciones prefiero la segunda, la simbólico-metafórica; aunque no la exploremos hoy en esta aproximación. Entre la primer y tercera opción, vale decir, entre la literaria y la científica, debo reconocer que me quedo con la primera. Porque lo que hace interesante a la Biblia no es su lado de “verdad” histórica o posible sino lo que representa de la mente y el corazón de los hombres: sus miedos, su capacidad de maravillarse ante ciertos prodigios, y su necesidad de creer y construir respuestas. En especial a asuntos que exceden lo comprobable o posible.

La otra frase que ha generado ríos de tinta interpretativa es Éxodo 6:12 y 6:30: “Yo soy incircunciso de labios”. Desde el midrash infantil que nos dice que Moshé era tartamudo a la interpretación freudiana en “Moisés y la Religión Monoteísta”, el abanico es variado. En la versión castellana de Editorial Sinai que uso este versículo también es traducido como “duro de lengua”. Moshé podría ser egipcio y no saber cómo comunicarse con “su” pueblo, tal como sostiene Freud; podría ser tartamudo como interpretó el midrash; o simplemente podría ser poco locuaz: no en vano sus palabras siempre vienen directamente de dios. Más aún: sus reacciones violentas (golpea la piedra en lugar de hablarle tal como dios le ordena en Números 20:1-13) apuntan claramente a cierta dificultad en la expresión oral. Por otra parte, resulta extraña la incorporación de Aarón como compensador de esta dificultad de su hermano menor: Aarón nunca se convierte verdaderamente en portavoz de la palabra de dios. Si bien se fundamenta su rol en esta dificultad de Moshé, su rol será otro.


En suma: liderar es difícil. Se precisan hechos (magia, milagros, demostraciones de fuerza), y sobre todo una gran convicción. Moshé es siempre un líder reacio a su rol, a la vez que demuestra una fuerza y un empeño incomparables. “Vaerá” describe una relación entre dios y su pueblo donde todavía la palabra juega un rol secundario. Solamente con la experiencia del Sinai y la entrega de La Ley la palabra tomará una nueva dimensión para no perderse ya nunca.

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