Vaerá
Esta es la parashá de las
primeras siete plagas sobre los egipcios. Las mismas ocupan los capítulos 7, 8,
y 9 del libro de Éxodo; el capítulo 6, que había comenzado con un versículo en “Shmot”,
es una mera preparación de todo lo que acontecerá. En términos legislativos,
podría denominarse el capítulo como los “considerandos” de una ley o una
sentencia: la situación a corregir, la autoridad del emisor de la ley o
sentencia, y el justificativo de la misma. Moral o no.
Cabe preguntarse por qué dios
decide acudir, en cierto momento y no antes, en auxilio de “su” pueblo. En Éxodo
6:5 dice: “Y al oír el gemido de los hijos de Israel oprimidos por los egipcios,
Me acordé de ellos.” Sin embargo, todo lo que sigue en el capítulo 6 es una
suerte de alarde de fuerza, una pulseada (unilateral aún) entre el dios bíblico
y el dios egipcio, el faraón. El lenguaje de fuerza y potencia es recurrente y
contundente: no se trata de persuadir, como muchas veces nos han contado el
cuento, sino de quebrar la voluntad del otro. Es, ni más ni menos, el planteo
de una lucha entre dioses como conocemos en la tradición griega, por ejemplo. Seguramente
los dioses egipcios también tenían sus conflictos, en especial cuando el faraón
era una figura divina. El alarde de magia, las premoniciones, eran parte de la
tradición egipcia, el lenguaje en cuyos términos los egipcios podían entender
el planteo que harían Moshé y Aarón. Magia y fuerza son los dos ingredientes
que liberan a los hijos de Israel de la esclavitud.
Tan es así que en Éxodo 7:3 dios habla de “endurecer el corazón del
faraón y multiplicar Sus señales y Sus milagros en la tierra de Egipto”. “Vaerá”
es, en última instancia, acerca de la fuerza de dios. Él mismo endurecerá al
faraón para hacer más formidables sus recursos: sus “señales”, sus “milagros”,
sus “Ejércitos”, su “castigo”. Es ahora o nunca, y si es ahora debe ser un
hecho de tal magnitud que no sea
olvidado jamás. Efectivamente, así ha sido. No en vano acaba de estrenarse una
versión más de las plagas y el éxodo en “Éxodo” de Ridley Scott.
Hay una frase recurrente en “Vaerá”
que trae fuertes recuerdos a mi generación: “…deja salir a Mi pueblo…”, “shlaj
et amí” (Éxodo 7:26). Durante los años duros de la Unión Soviética los judíos
del mundo libre manifestaron cientos de veces por el derecho de los judíos en
aquel estado a abandonarlo en busca de mejor destino. Cuando finalmente cae el
régimen comunista se produce un verdadero éxodo versión siglo XX. La actualidad
de la Biblia sigue siendo pasmosa, si uno se resiste a llamarla “milagrosa”.
Esta frase se repite
prácticamente con cada plaga. La construcción ascendente sostenida en la
tozudez del faraón y la formidable demostración de dios no puede ser más
espectacular. La Biblia, generalmente breve y escueta, se toma ciertas
licencias descriptivas como para hacer más vivenciales las calamidades que
cayeron sobre los egipcios. Al mismo tiempo, la tierra de Gosen, donde vivían
los hijos de Israel, permanece inmune, ajena a toda esta sucesión de
calamidades. No sorprende entonces que a lo largo de la travesía en el desierto
los hijos de Israel se hayan quejado tanto a Moshé acerca de las condiciones de
vida; Gosen es siempre descripta como una tierra fértil donde el pueblo se
asentó, se multiplicó (tanto que fue una amenaza para los egipcios), a la vez
que estaba protegida por dios. La “tierra prometida” (Canaán, lo que hoy
llamamos Israel) nunca fue tan acogedora ni tan inmune a las desgracias como la
tierra de Gosen. Excepto por un detalle: Gosen significaba esclavitud, Canaán
libertad.
Entender las plagas ha sido siempre
un desafío para el lector inconformista del texto. Si aceptamos el texto
literalmente y creemos en dios como agente directo de cambio, seguiremos
celebrando las plagas como hacemos la noche del Seder en Pesaj (Pascua): con
regocijo, aunque siempre guardando una gota de vino para recordar la sangre
derramada. Si leemos el texto en un nivel simbólico o incluso metafórico el
abanico semántico se abre en todos sus espléndidos ciento ochenta grados. Si leemos
con un criterio científico, perderemos invalorable tiempo tratando de entender
si sucedió, cómo pudo haber sido. Entre las tres opciones prefiero la segunda,
la simbólico-metafórica; aunque no la exploremos hoy en esta aproximación. Entre
la primer y tercera opción, vale decir, entre la literaria y la científica,
debo reconocer que me quedo con la primera. Porque lo que hace interesante a la
Biblia no es su lado de “verdad” histórica o posible sino lo que representa de
la mente y el corazón de los hombres: sus miedos, su capacidad de maravillarse
ante ciertos prodigios, y su necesidad de creer y construir respuestas. En especial
a asuntos que exceden lo comprobable o posible.
La otra frase que ha generado ríos
de tinta interpretativa es Éxodo 6:12 y 6:30: “Yo soy incircunciso de labios”. Desde
el midrash infantil que nos dice que Moshé era tartamudo a la interpretación
freudiana en “Moisés y la Religión Monoteísta”, el abanico es variado. En la
versión castellana de Editorial Sinai que uso este versículo también es
traducido como “duro de lengua”. Moshé podría ser egipcio y no saber cómo
comunicarse con “su” pueblo, tal como sostiene Freud; podría ser tartamudo como
interpretó el midrash; o simplemente podría ser poco locuaz: no en vano sus
palabras siempre vienen directamente de dios. Más aún: sus reacciones violentas
(golpea la piedra en lugar de hablarle tal como dios le ordena en Números
20:1-13) apuntan claramente a cierta dificultad en la expresión oral. Por otra
parte, resulta extraña la incorporación de Aarón como compensador de esta
dificultad de su hermano menor: Aarón nunca se convierte verdaderamente en
portavoz de la palabra de dios. Si bien se fundamenta su rol en esta dificultad
de Moshé, su rol será otro.
En suma: liderar es difícil. Se precisan
hechos (magia, milagros, demostraciones de fuerza), y sobre todo una gran
convicción. Moshé es siempre un líder reacio a su rol, a la vez que demuestra
una fuerza y un empeño incomparables. “Vaerá” describe una relación entre dios
y su pueblo donde todavía la palabra juega un rol secundario. Solamente con la experiencia
del Sinai y la entrega de La Ley la palabra tomará una nueva dimensión para no
perderse ya nunca.
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