miércoles, 12 de agosto de 2015

Ree

Porciones de la Torá como ésta me obligan a insistir en mi percepción de Deuteronomio como un primer comentario u ordenamiento del texto que lo precede desde Génesis hasta Números. Si bien el texto afirma que es la palabra de dios en boca de Moshé, no podemos ignorar el hecho de que ahora es Moshé quien habla cuando en los libros anteriores hablaban dios, Moshé, y el resto de los protagonistas de la historia, incluido "el pueblo" en términos genéricos. Hay un ordenamiento del material muy diferente al de los libros anteriores; el efecto "resumen" es notorio y explícito. Más aún: el punto de vista es estrictamente de Moshé, obsesionado con el Jordan y la tierra que yace del otro lado; es una perspectiva estrictamente personal, cuando en los otros cuatro libros la perspectiva era de un narrador omnisciente, o sea, dios.

Dicho esto, la vastedad, profundidad, y detalle del texto obliga seleccionar el foco. Si intentamos un resumen, diría que "Ree" es acerca de: la idolatría; la alimentación; el contrato social; y las tres festividades de peregrinación: Pesaj, Shavuot, Sucot.

El texto abre con una opción: se puede elegir. Una elección supone bendición, la otra maldición; ambas opciones yacen al otro lado del río, en la "tierra prometida". No se condiciona el destino del pueblo, la promesa divina de la tierra; lo que se condiciona es la conducta una vez en la tierra. Si dios ha cumplido su parte, el pueblo debe cumplir la suya. Aun así, en el mero enunciado de opciones, se reconoce implícitamente la posibilidad de conductas no adecuadas. En ese sentido, la idolatría es la falta más grave. A tal punto, que uno debe convertirse en "guardián de su hermano" y perseguir a quienes se desvían de la conducta indicada.

La interpretación literal de este texto es la causa de que judíos juzguen a otros judíos en su forma de entender no sólo el texto sino el cumplimiento de los mandamientos divinos (mitzvot). Hay quienes se erigen en jueces y en el proceso pueden oscurecer los tenues límites entre celo religioso y moral humana lisa y llana. Con el pretexto de cumplir el mandamiento de corregir los desvíos de conducta en terceros hay quienes incurren en el agravio y la ofensa; sin profundizar en temas tales como corregir conductas homosexuales, por ejemplo.

El problema sin embargo no es el texto. Apenas uno lo confronta reconoce su tono amable, motivador, e inspirador. Si bien hay imágenes fuertes como apedrear al prójimo idólatra, uno puede entenderlas como parte del contexto histórico, del lenguaje bíblico en su totalidad. La historia del judaísmo prueba que estas prácticas son más un enunciado que una conducta ya que la capacidad interpretativa que está comenzando en Deuteronomio ya no se detendrá nunca. El texto ordena pero explica, prohíbe pero inspira. La lectura fanática corresponde a los fanáticos, no es parte del texto.

El versículo 13:1, "Todo lo que yo te mando has de hacer, sin añadir ni quitar nada", también es un enunciado difícil de entender a la luz de la modernidad y la creatividad humana tal como la entendemos hoy. Una vez más, este tipo de frase habilita conductas intransigentes y totales, absolutas. Sin embargo, sin duda no estaríamos hoy aquí como pueblo y como narración si no hubiéramos adaptado el texto a la realidad. El versículo parece negar el lado dinámico de la Torá, si es que podemos entenderla de ese modo. Tal vez pueda entenderse si en "Todo" incluimos lo dicho y lo no dicho; es decir, si nos dedicamos a llenar los vacíos del texto. Entonces el "todo" es tan grande como nuestra capacidad de recrearlo y aplicarlo.

domingo, 9 de agosto de 2015

Ekev

Constante: si el pueblo actúa de acuerdo a las instrucciones divinas (en boca de Moshé), será recompensado con creces; si no lo hace, será un pueblo más entre los pueblos a merced del destino común de todos los pueblos.

Es una propuesta simple, binaria: a la buena conducta se la premia, a la mala conducta, se la amenaza. Porque la verdad es que "el pueblo", los hijos de Israel y más tarde los judíos, no han tenido siempre una conducta a la altura de las aspiraciones divinas, y sin embargo bien que ha sobrevivido, crecido, fortificado y desarrollado. En La Tierra, y fuera de ella. Así como en el episodio del becerro de oro que se recuenta en esta parashá dios perdona y vuelve a escribir La Ley, la historia mostrará que así será en el futuro: al decir de Abraham frente a Sodoma y Gomorra, un justo o un puñado de justos merece salvación; del mismo modo que un rebelde o un grupo de tales será extirpado del pueblo, como Koraj. Dios promete y pacta con el pueblo, pero reconoce al individuo: maravillosa y creativa ambivalencia judía.

¿Qué pasa exactamente con los otros pueblos que Israel deberá enfrentar apenas cruce el Jordán para cumplir la promesa divina? El texto está lleno de matices. Por un lado dice en Deut. 7:16: "Destruirás a todos los pueblos que te entregue el Eterno sin que tu ojo se apiade de ellos y no caerás en la tentación de servir a sus dioses." A la luz de los acontecimientos de la semana pasada, este versículo justificaría los hechos; es claro y contundente. Sin embargo en el versículo siguiente Moshé entra en un discurso que hoy podríamos denominar de "coaching": ante el miedo cierto que sabe que cunde en el pueblo, refuerza el mandato de exterminio total a la vez que reconoce la magnitud de la empresa: "No te asustes de ellos, porque el Eterno tu Dios está contigo, grande y poderoso." (Deut. 7:21). Agrega: "No podrás acabar con ellos rápidamente, no sea que se multipliquen ante ti las bestias salvajes" (Deut.7:22)

Si leemos la biblia como historia, y a ésta como propone Paul Johnson como una larga, extensa continuidad de hechos, podríamos proponer que aún estamos enfrentados a esos mismos pueblos que dios nos promete exterminar como parte del pacto; a la vez que reconoce que el proceso no será ni fácil ni rápido. ¿Qué son "las bestias salvajes"? Acaso en una lectura moralista de la Torá sea nuestro "ietzer hará", nuestro lado animal y salvaje desatado como consecuencia de la sangrienta lucha; también ésta imagen tiene una actualidad pasmosa a la luz de los atentados de terroristas judíos de la semana pasada sobre "los otros pueblos". En una lectura simplemente metafórica, "las bestias salvajes" son los inagotables obstáculos que encontraremos en cuanto cunda la urgencia y no busquemos otros caminos, menos drásticos, para encontrar nuestro espacio entre los pueblos, temidos o vencidos. Cualquiera sea el resultado, la tarea demandará paciencia y tiempo.

Ni nosotros hemos cumplido nuestra parte del pacto a la perfección, por más que se esfuercen los ultra ortodoxos, ni dios ha cumplido la suya. Otros pueblos siguen habitando nuestra tierra y reclamando su derecho sobre ella; otros pueblos la tomaron para sí y hasta nos expulsaron de ella. Hemos vuelto, una vez más. Acaso es todo un mismo proceso. Los tiempos bíblicos siempre fueron extraños a los tiempos tal como entendemos el tiempo hoy: instantáneo.

Así como en Deut. 8 Mohsé instruye al pueblo a ser humilde y no creerse omnipotente, sino reconocer la incidencia divina en todo lo que ha sucedido y sucederá, tal vez sería bueno leer "Ekev" como una actitud de humildad y respeto al mundo que nos rodea. en definitiva, nuestra supervivencia no surge de una lectura directa y literal del texto sino de un entendimiento simbólico y alegórico.

viernes, 31 de julio de 2015

Vaetjanan

“Hoy yo que tenía que cantar a coro 
me escondo de día susurro esto solo”

Silvio Rodriguez, “Hoy mi deber era”, 1982


¿Qué tiene que ver Silvio Rodriguez con “Vaetjanan”, la porción de la Torá que leemos este Shabat?
Uno funciona en gran medida a fuerza de impresiones que luego se tornan asociaciones. Uno retiene frases, imágenes, melodías, sabores, aromas, atmósferas; con ellos construimos nuestro repertorio de significados y sentidos más básicos y primitivos, más espontáneos e irreflexivos. En otro nivel, cuando uno empieza a vincular lo aislado para generar unidades es cuando construye significados más complejos y elaborados; pero éstos demandan la razón y la repetición. Sin embargo, como en este nivel de lenguaje debemos obedecer cierta lógica, el desafío es cómo conectar unos con otros los flashes que componen nuestra vida. No tanto cómo componer un rombecabeza, que supone un cierre, un fin, una solución, sino cómo armar múltiples collages con los pedazos de vida que vamos acumulando.

La canción de Silvio Rodríguez se ubica entre esos pedazos de arte que se pierden en mi subconsciente y vienen a la mente en diferentes ocasiones. Su melodía, el simple, simultáneo y complejo artificio de su letra siempre me fascinó. Como bien dice Silvio en otra de sus grandes canciones, “dónde pongo lo hallado”, “qué hago ahora contigo”; cómo armamos el collage…

Cuando leí “Vaetjanan” una vieja imagen volvió a mi mente: Moshé parado frente al Iarden (Jordán) mirando la tierra. De mis seis años en la escuela esa imagen bíblica es una de las que retuve con más claridad. Han pasado cincuenta años: del mismo modo que a veces resuena en mis oídos la canción de Silvio, tantas otras veces vuelve la imagen de Moshé mirando la tierra. Envidié a mi amigo Sergio Gorzy haber podido tener esa perspectiva cuando cruzo desde Jordania a Israel en 2013: un evento deportivo (banal acaso) adquiría para mí una dimensión nacional, identitaria.

Moshé se apresta a resumir el trayecto, la fe, y las leyes que hemos leído en los cuatro libros anteriores del Pentateuco: es su legado, sus últimas palabras, el fin de una épica nacional a la vez que un proceso interior del pueblo y los individuos que lo componen. Moshé es una figura mítica si las hay en el judaísmo, equiparable a figuras de mítica clásica. Sin embargo, con toda su dimensión nacional, antes de cumplir su última misión ruega ser perdonado. Sabemos que no será.

Aceptar que ciertas cosas ya no serán, no sucederán, es señal de que hemos llegado a cierto momento de la vida. Podemos mirar atrás y resumir lo que ha sucedido; podemos intentar enseñar algo; podemos destacar las maravillas que hemos presenciado y las que nos rodean; incluso podemos predecir el futuro con cierta certeza. Moshé está en esa etapa de su vida. No pierde, sin embargo, su dimensión humana, su deseo ni su humildad.

Moshé parado frente al Jordán es también el símbolo de la búsqueda de un lugar en el mundo. En torno a ese mismo lugar siguen luchando no sólo pueblos entre sí, sino hermanos entre sí. Más allá de toda circunstancia política, hay una constante: el hombre que elije pararse al borde de la Media Luna Fértil elige confundir su vida con la de su nación, su pueblo.


“Vaetjanan” es magníficamente épica. La súplica de Moshé le pone el toque humano e íntimo. Nadie como nosotros los judíos sabemos de “cantar a coro”, en “minián”, en comunidad; también sabemos acerca del valor del individuo, de su unicidad reflejada en la unicidad de dios. Si Moshé llevó adelante una revolución en Egipto, si Silvio Rodriguez cantó a la revolución cubana, la asociación libre podrá no justificarse pero por lo menos sí entenderse.

viernes, 24 de julio de 2015

Devarim

“Estas son las palabras” dice Deut. 1:1. Como si hubiera duda, todo es acerca de la palabra. Tan es así que en Deuteronomio se nos da un resumen de lo acaecido y lo instruido a lo largo de los otros cuatro libros del Pentateuco, la Torá propiamente dicha. Más allá de las circunstancias históricas de las cuales se ha ocupado la crítica bíblica, el texto reconoce su propia extensión, vastedad, y complejidad como para necesitar una nueva expresión, más ordenada y metódica. Ya sea del griego como “segunda ley” o repetición de la ley, o del hebreo como “palabras”, este texto actúa como una suerte de meta-texto respecto a los anteriores.

De alguna manera podemos sugerir que “Devarim” ((el libro) inicia la tradición del comentario y la exégesis bíblica mucho antes que se iniciara la tradición rabínica. El texto vuelve sobre sí mismo y se va ordenando de manera diferente. Sobre todo, en términos de narrativa, la perspectiva del narrador cambia al ponerse incondicionalmente al lado de Moshé para repetir sus palabras. Mientras en los cuatro libros anteriores el narrador ha sido más omnisciente que el propio dios (dios es un personaje más de la trama), en Deuteronomio es Moshé quien repite todo lo sucedido y dicho hasta entonces.

Moshé no entrará en La Tierra; eso ha sido claramente anunciado. Sin embargo, en este último libro ocupa un lugar más central que nunca. Si hay un libro “de Moshé”, “Devarim” es ese libro. Las “palabras” son suyas, o en todo caso de dios a través suyo en forma explícita e inequívoca. A poco de su muerte anunciada, planificada, prevista, Moshé adquiere la enorme dimensión que se le atribuye. Lo interesante, lo específico a la tradición judía, es que la dimensión de Moshé está dada por la palabra. Ninguna otra forma de expresión puede dar esta cualidad heroica, sabia, épica, justa de este “padre fundador” (tomando prestada la expresión de la tradición estadounidense). De Miguel Ángel a Cesar B. de Mille muchos han intentado dar forma a esta figura imponente; podemos discutir el éxito mayor o menor de esos intentos; el hecho es que su esencia está en la palabra, y allí se agota.

“Devarim” la porción de la Torá vuelve a ocuparse del tema de la conquista y la adjudicación de tierras, tema inminente. Hay indicaciones muy precisas y justas en cómo tratar con los vecinos por donde ha debido pasar el pueblo: en primera instancia en son de paz y justicia, con relaciones comerciales reciprocas; pero ante la negativa de acceder al paso de los hijos de Israel, la lucha es a muerte, terminante. Nuevamente corre un escalofrío al pensar la actualidad de estos temas, lo atávico de la cuestión en la zona. Acaso todavía estamos en el proceso de ocupación de la tierra… “ocupación” como acto de poblar un lugar, aunque su consecuencia roce los límites de la “ocupación” militar o política.


En suma, frente a la tarea que se avecina, “Devarim” es una demostración de fuerza inequívoca y contundente. Insufla de valor al pueblo enfrentado finalmente con el desafío largamente anunciado. 

lunes, 20 de julio de 2015

Matot-Mase

Estas dos porciones de la Torá no sólo se leen juntas sino que tienen una clara unidad temática. Por un lado se “liquida” el “problema midianita” que se arrastra desde las porciones anteriores, y por otro lado se va disponiendo todo para el cruce del río, la conquista, y el reparto de la tierra. Todo esto profusamente salpicado por datos concretos: nombres de tribus, líderes, zonas, lugares, fronteras. “Matot-Mase” tiene mucho de manual de instrucciones para una vida comunitaria justa y ordenada. Está claro que el tiempo ha pasado: del Nilo al Jordán no sólo han pasado cuarenta años, sino que el pueblo se ha ido transformando, depurando. Ahora está pronto para la guerra y para triunfar, a la vez que se va previendo la organización social que regirá habitar la tierra prometida.

Resulta asombrosa, una vez más, la actualidad del texto bíblico. Todos los temas tratados en estas dos porciones de la Torá aluden directamente a problemas que como judíos y como Estado de Israel enfrentamos hoy.

El más obvio es el tema de la guerra, las víctimas, el botín. Menos obvio es el tema del reparto de este botín: el pueblo que hace la guerra debe proveer a sacerdotes y levitas de modo que se pueda sostener el culto; algo parecido a sostener las comunidades ultra ortodoxas que hoy en día estudian la Torá y preservan la tradición en su máxima y verdadera pureza. En términos bíblicos la previsión impuesta por dios parece racional; en términos de la realidad de hoy la idea es simplemente anacrónica e injusta. Como tantos otros aspectos del texto bíblico, éste tema ha sido manipulado y llevado a los extremos.

Otros extremos que confrontamos en la actualidad pero ya están descriptos en “Matot-Mase” hace a las fronteras y el reparto de las tierras. La obstinación de las tribus de Reubén, Gad, y la mitad de Menashé para quedarse del otro lado del Jordán, a cualquier costo, ignora las fronteras determinadas por dios en este mismo texto. Dios es realista: así como sabe que si los habitantes de Canaan no son exterminados serán una amenaza permanente para el pueblo, sabe que la tierra prometida es una y no otra. Las fronteras que figuran en Números 34:1-12 suenan más que razonables; las tribus que se quedan fuera de las mismas representan un problema con el que el texto lidia extensamente.


Hay por cierto elementos muy positivos en el texto: las responsabilidades están proporcionalmente ligadas a los beneficios obtenidos, en un claro sentido de justicia social. El concepto de las ciudades refugio, si bien es muy complejo, parece revolucionario, hasta el día de hoy: una protección incluso para el presunto criminal. Las ciudades para los levitas proveen a una tribu que no recibe bienes ni tierras. En suma: el libro de Números cierra con una incipiente organización social de la vida en comunidad estable y establecida.

jueves, 9 de julio de 2015

Pinjas

“Pinjas” es “la del fanático que atraviesa a la pareja con su lanza”. Sucede que no: Pinjas el personaje aparece al final de “Balak” para cometer este crimen justificado por texto bíblico, pero la porción de la Torá que lleva su nombre lo revindica como sacerdote y se ocupa de temas mucho más elevados, nobles, y constructivos: la distribución de las tierras cuando se llegue a La Tierra; la justicia con el género femenino en relación a la propiedad; la sucesión del liderazgo; y las festividades. El episodio fanático queda entonces “escondido” en Números 25:1-9, entre las profecías de Balaam y los nuevos anuncios divinos que ocuparán “Pinjas”. Volvemos al viejo, querido, y conocido diálogo entre dios, Moshé, y los hijos de Israel. Después de la fábula de “Balak”, la historia retoma su curso.

El impacto y la crudeza de la escena que cierra “Balak” es tal que constituye una unidad temática aparte del resto de esa porción. Tal vez haya quedad incluida en ella para construir el suspenso y el deseo de seguir leyendo, como en toda novela por entregas o como en toda telenovela. Después de todo, la Torá mezcla permanentemente las instrucciones, las leyes, con estadísticas, genealogías, descripciones, pero nunca olvida avanzar la trama. Nada atrapa más al lector que una buena historia. La de Pinjas asesinando a la pareja trasgresora sin duda lo es.

Los midianitas ejercieron desde siempre una fuerte atracción y tuvieron una cierta afinidad con los hijos de Israel: Yitró es midianita, su hija Tzipora se convierte en esposa de Moshé; Midian no es Amalec. La actitud celosa y fanática de Pinjas está justificada por la plaga que había infectado al pueblo; hay algo más simbólico que real en esta plaga. Con el atravesamiento por lanza la plaga se detiene. Parecería que no es tanto la unión con una midianita sino el culto al dios de los midianitas lo que causa el estrago.  En otras palabras: no es grave amar o desposar a una “otra” si la acercamos a nosotros; lo grave es la idolatría que supone lo contrario. Eso es lo que castiga Pinjas.

“Pinjas” es una de esas porciones extensas y densas en materiales y significados: hay genealogía, distribución de tierras, justicia de género, sucesión, y festividades. Así como los críticos del fanatismo se aferran al episodio que cierra “Balak”, los propulsores de la igualdad del hombre y la mujer en el culto y los preceptos se aferran al episodio de las hijas de Zelofejad. Más allá del dictamen igualitario quiero destacar el proceso de razonamiento que se construye entre la exposición de las hijas y la sentencia de dios; tiene mucho de responsa rabínica, de justificación legal y jurisprudencia; el mismo proceso que se aplicará siglos más tarde y hasta nuestros días para acometer problemas no previstos. Ésta es una de las grandes fortalezas del judaísmo y aquí está su génesis.


El otro tema que quiero destacar es la sucesión clara e inequívoca, ordenada. La voluntad divina es que Moshé no entre a La Tierra, pero es Moshé quien pide un sucesor. Si bien es dios quien se pronuncia por Josué (en la Torá todo es obra de dios), está claro que era él a quien Moshé venía preparando: ha sido co-protagonista de los eventos más importantes hasta ahora y ha estado inequívocamente del lado del “establishment” en todos los episodios críticos. Este procedimiento, tan breve y explícito, debería regir las sucesiones en cualquier organización. En el ámbito comunitario todo dirigente debería saberse un poco como Moshé: no por su magnitud como líder, sino por su finitud como tal: hay tareas que no nos toca acometer. Nuestra responsabilidad como líderes es encontrar el sucesor para luego salir de escena; no seguir incidiendo desde las sombras. La realidad demuestra ser un poco más compleja: la mayoría es como Moshé en el sentido que quieren evitar liderazgos propuestos; otros son como Koraj, que quieren desafiar el liderazgo por el mero poder; y unos pocos son como Moshé en el sentido que nombran un sucesor y saben que su tiempo ha terminado.

sábado, 4 de julio de 2015

Balak 

“Bamidbar” o “Números” es básicamente acerca de los preparativos de los hijos de Israel para entrar en la tierra prometida, del mismo modo que “Levítico” trató acerca de las normas de pureza, los rituales, y las festividades. Si bien cada libro tiene su hilo conductor, la Torá vuelve sobre unos y otros temas inaugurando un diálogo permanente que perdurará hasta nuestros días. En ese contexto, “Balak” encaja históricamente pero se destaca del resto por su estilo y sus personajes. Excepto desde Números 25:1 en adelante, ni Moshé ni Arón ni sus hijos son nombrados; la trama se desarrolla en otras “tiendas”, si tomamos prestada la maldición-devenida-bendición de Balaam.

Una vez más el nombre de la porción de la Torá es el de un extranjero, como en el caso de “Yitró” en “Éxodo”. En este caso es un enemigo, un obstáculo en el camino para los hijos de Israel. Sin embargo, el narrador empatiza con Balak: el punto de vista de la narración acompaña al personaje. Son las vicisitudes de Balak las que nos cuenta el relato, permitiendo las libertades de cualquier narrador omnisciente de saltar entre un personaje y otro, entre Balak y Balaam.

El punto es que, una vez más, somos definidos por terceros. El temor de Balak provoca las bendiciones que nos definen. Cito tres ejemplos, uno por cada bendición: “…Su pueblo será solitario y no se contará entre las demás gentes” (Números 23:9); “Porque no hay magia en Jacob, ni hechicería en Israel.” (Números 23:23); “Dios, que lo libró de Egipto es para él como la fuerza de un toro salvaje.” (Números 24:8). Están claramente descriptas la soledad de Israel entre las naciones, su apego a una religión auténtica y despojada, y la fuerza del monoteísmo a ultranza.

Por supuesto también hay bendiciones más problemáticas, como en Números 23:24, “… pues no descansara hasta comer la presa y beber la sangre de los exterminados”, o en 24:8, “… Devorará pueblos enemigos haciendo crujir sus huesos y los atravesará con sus certeras saetas”. Si los antisemitas precisaran argumentos, en estos pasajes se los estaríamos ofreciendo servidos en bandeja.
La tradición nos ha enseñado que Balaam no puede maldecir y en su lugar brotan bendiciones. Como en tantas situaciones, tendemos a tomar la parte por el todo y no leemos el texto en toda su complejidad. Si sólo citamos “¡Cuán hermosas son tus tiendas, oh Jacob y tus moradas, oh Israel!” (Números 24:5) estamos obviando el lado más oscuro de un texto complejo y ambiguo. Las bendiciones de Balaam son tales pero también contienen su buena cuota velada de maldición.

Todo el texto está sostenido en un lenguaje metafórico asociado con lo animal. La asna sobre la cual cabalga Balaam es tal vez el más famoso por su capacidad de ver más que su amo y dialogar con él de igual a igual. Este episodio no tiene nada que envidiar los animales sabios y parlanchines a los que nos acostumbraron los dibujos animados. Del mismo modo, las imágenes de leones y leonas, de toros y carneros, son símbolo de fuerza, pasión, e, inevitablemente, sangre.

Es que la historia se pondrá muy sangrienta: en Números 25 el texto ha cerrado el “episodio Balak” y vuelve a focalizar en los hijos de Israel y sus desventuras en el desierto. Está porción de la Torá termina con una de las escenas más violentas y “fanáticas” de la Biblia: Pinjás atravesando con su lanza a un varón de Israel y una midianita. Esto sucede en el contexto de una nueva incursión, por parte del pueblo, en la idolatría. Muchos seguramente rescatan el contexto para justificar el acto de Pinjás. Pero del mismo modo que en “Jukat” dios castiga a Moshé por golpear la piedra en lugar de hablarle, uno podría pensar que después de un episodio tan dialogado y tan rico en lenguaje como hemos leído en “Balak” el desenlace podía haber sido otro.


Daría la impresión que en nuestras relaciones con terceros, con los otros, apelamos al diálogo, mientras que puertas adentro tendemos a ser más violentos. Somos muy auto-exigentes a la vez que frente al enemigo, potencial o real, buscamos primero un camino a través de la palabra. Cuando éste no da resultado, apelamos a la violencia. Somos a la vez el profeta con su vara y el león erigido rey  en la cima del monte.