sábado, 13 de junio de 2015

Shlaj

Fiel a su costado histórico la narrativa bíblica comienza a moverse a mayor ritmo retrotrayéndonos a los cuentos más básicos y fantásticos a los que nos habían acostumbrado Génesis y Éxodo. Después de las exhaustivas instrucciones de Levítico y los pormenorizados censos del principio de Números, las cosas comienzan a moverse. No sólo el pueblo avanza hacia su meta sino que debe confrontar la realidad con la teoría: la famosa frase de “haremos y escucharemos” que suponía una incondicionalidad ejemplar es en realidad muy poco realista: después de escuchar, ahora el pueblo debe ejecutar las instrucciones divinas. Vivir bajo esos estándares. No en vano “Shlaj” finaliza con el mandamiento de usar “tzitzit” (flecos) para recordar y no olvidar ni por casualidad los preceptos divinos.

Sin embargo, “Shlaj” es tal vez la segunda porción “sionista” de la Torá, si “Lej-lejá” fue la primera; a tal punto, que el texto usa la misma voz: “lejá”. A la vez que el mandato es externo, su ejecución es un proceso interior. Los hombres que Moshé debe enviar a reconocer la tierra prometida son líderes entre los suyos, hombres de confianza de Moshé, creíbles y confiables. Este hecho está reforzado por el cambio de nombre de Oséas a Iehoshua. Los cambios de nombre siempre son significativos en la biblia: Iehoshua es el futuro salvador de Israel.

“Shlaj” representa no sólo el movimiento, la acción, sino la confrontación con la realidad. Los “espías”, como han sido llamados, recorren la tierra y traen un informe tal vez realista pero muy descorazonador. Sólo dos de ellos, Caleb y Iehoshua, alientan al pueblo al esfuerzo de apoderarse de la tierra. No refutan los argumentos de sus compañeros porque seguramente todos han visto lo mismo: la tierra está habitada y no será fácil desalojarla. Sólo que la mayoría se desalienta y contagia al pueblo este desaliento. Ante tales dudas dios decide eliminar toda una generación antes de acometer el último paso: entrar y tomar la tierra.

“Shlaj” es notoriamente actual. Por un lado, representa nuestro constante ir y venir a Israel para conocer la tierra y sus habitantes. Cada uno de nosotros es uno de los “espías” cuando por primera vez llega a sus orillas (aunque hoy entramos desde las orillas del Mediterráneo cuando entonces entrabamos desde el Jordán), la recorremos, nos admiramos de su fertilidad, y comentamos acerca de sus habitantes; al regreso, todos traemos un ramo de vid simbólico en forma de souvenirs. Más allá del turismo, todos somos “espías” cuando pensamos o intentamos habitarla, ya sea para quedarnos o para volver a nuestro “Egipto”. Para todos Israel tiene algo de culminación pero a la vez de desafío; nos seduce y nos intimida. Algo de esa tierra que “devora a sus habitantes” todavía está vigente.

“Shlaj” es notoriamente actual porque habla de ver o ignorar: diez espías vieron la tierra habitada y difícil de abordar; dos espías obviaron ese detalle y tuvieron fe para conquistarla y cumplir la promesa divina. Ni entonces ni ahora se hubiera conseguido nada siguiendo el criterio de la mayoría; fueron minorías las que se jugaron y confiaron. Aun así, vale resaltar la incapacidad de ver o reconocer a los otros habitantes que ya estaban allí: hoy es un hecho históricamente comprobado que muchos de nuestros padres fundadores del Sionismo fueron simplemente ciegos ante la población autóctona y confiaron en el mandato que el propio Sionismo había construido, por cierto no sin razones. Tal vez otra hubiera sido la historia si el criterio de los diez espías hubiera sido tomado en cuenta hoy.

“Shlaj” es notoriamente actual porque confronta al pueblo con la tierra. Si el criterio de los diez hubiera prevalecido y la opción de tomar la tierra según la promesa divina hubiera sido desechada para volver a “Egipto”, ¿qué pueblo/nación/religión hubiéramos construido? Seguramente nos hubiéramos perdido en los confines del desierto sin un espacio físico donde aplicar la ley que nos había sido entregada. Los pueblos de la antigüedad (y poco ha cambiado desde entonces) vivían o morían por medio de la conquista de territorio y recursos (humanos y físicos). Difícilmente se hubiera podido sostener un sistema legal tan complejo y a la vez tan inmaduro aún sin un soporte físico. La prueba de fuego llegó siglos más tarde en la Era Común pero para entonces ya habíamos habitado, poblado, y desarrollado la tierra. Todo el sistema apuntó a volver a ella; una vez más. Por eso no hay judaísmo sin tierra de Israel; hoy mucho menos sin Estado de Israel.


Si “Shlaj” nos confronta con los dolores de parto de una conquista (que se llevará a cabo en los siguientes libros de la Biblia) también comienza a esbozar algunos de los problemas de construir espacio público propio, ya sea israelita entonces, judío hoy. El hombre que olvidó que era Shabat y cortó leña fue lapidado: ¿cómo conviven los mandatos divinos con las necesidades cotidianas del hombre? Cómo un pueblo conjuga su adhesión a una ley de origen divino con su apego a una sociedad libre y plural. Aún estamos inmersos en el proceso, aún estamos lejos de las respuestas. Así como perseveramos en la lectura de la Torá durante siglos seguramente también podremos perseverar en el perfeccionamiento del mundo en el cual hemos sido protagonistas.

lunes, 8 de junio de 2015

Beha-haloteja

Es sin duda una parashá compleja y extensa, llena de episodios, instrucciones, y situaciones personales. La lectura salta de un tema a otro y el texto parecería cubrir el amplio espectro temático de La Biblia.

Sin embargo, si quiero intentar usar una palabra para describirla, debo decir que ésta es una porción de la Torá sumamente sensorial: hay luz, fuegos, nubes (por lo tanto nieblas), sonidos, silencios, movimiento, gula, y lepra, la enfermedad de la piel por excelencia; nada más sensorial que la piel.
Daría la impresión que, después de extensas instrucciones y descripciones, las cosas empiezan a moverse: no sólo los Hijos de Israel comienzan a trasladarse de un lugar a otro, sino que empiezan a interactuar con el culto. Además de apelar a los sentidos tanto de los protagonistas como del lector el texto apela a la implementación práctica de todo lo predicado hasta aquí. No en vano Moshé debe reunir setenta ancianos para que “profetizen” con él; incluso se alegra de que todos quieran “profetizar” en Números 11:29, abriendo así una de las primeras rendijas de diversidad en el seno del pueblo. Claramente, Moshé instruye a Iehoshua Bin Nun a dejarlos hacer en un acto de delegación implícito pero no por ello menos importante.

Comenzar a lidiar con el culto tal vez sea la primer aproximación a una “halajá”, implementación de la ley que también denota movimiento. Hasta ahora sólo hemos tenido instrucciones: desde aquí volvemos a movernos, no sin dificultades, no sin ayuda, pero hay movimiento. También hay más sabios, también hay disidentes que no son castigados (Eldad y Medad), pero sobre todo hay un ajuste entre la palabra divina y la realidad humana. Si bien será dicho mucho más adelante, ya aquí la Torá deja de estar en los cielos para convertirse en algo terrenal, humano, a nivel de piel, pasible de errores y de perdones. Aunque vengan a través de la purificación.


Pero si hablamos de lo sensorial lo más efectivo del texto es la luz del candelabro (no en vano la porción se llama “cuando enciendas”) que lo abre. Esa luz atraviesa el texto de principio a fin ofreciendo claroscuros renacentistas que, tal como la técnica pictórica, sirven para resaltar los elementos. Es que una vez que comenzamos a movernos no sólo salimos del estatismo pasivo, sino que debemos ir resolviendo los asuntos en la medida que avanzamos. Tal como lo entiendo, aún estamos en eso. Lo importante es no perder la luz.

sábado, 6 de junio de 2015

Naso

Seguimos contando. Cuando leo esta porción de la Torá en una primera lectura no puedo evitar asociar con la dinámica comunitaria actual: contamos asistentes a actos y ceremonias; contamos donantes y donaciones. “Naso” tiene mucho de “job description” y otro tanto de inventario de recursos mediante la ofrenda de cada tribu. Bien podemos sumar las cantidades mencionadas y tendremos una pauta clara de cuántos éramos entonces y cuánto valíamos. Es interesante notar que en este caso además de las ofrendas animales o vegetales se habla de materiales preciosos, lo que equivaldría hoy a dinero liso y llano.

Nada ha cambiado mucho en miles de años. Sostener comunidades depende de algunos líderes “de tribus” y del esfuerzo colectivo y más anónimo. Detrás de cada placa en una institución hay un individuo o una familia, pero detrás de las piedras en los muros y en la base de los pilares yacen enterradas miles de donaciones anónimas que redondean el gran volumen, el número que permite sostener la vida comunitaria. Por suerte siempre aparece un Nasón hijo de Aminadab, un “adelantado” (tomo prestado el término de la Historia latinoamericana): así como fue el primero en lanzarse a las aguas es el primero que avanza con su donación; ejemplo que siguen el resto de las tribus. Da la impresión que este hombre, Nasón (Najshon), ganó merecida fama como hombre jugado y de iniciativa. Quienes nos hemos ocupado del quehacer comunitario sabemos que no es posible hacer algo sin algunos individuos como éste.

Pero la Torá no es nunca totalmente “materialista” ni totalmente “espiritual”. En medio de censos, funciones, y recursos, se ocupa de lo puro y lo impuro, obsesión que traemos desde el Levítico o antes. Lo impuro no puede habitar con la comunidad. Es así de simple y terrible. Lo impuro es: lepra; flujo (¿sólo mujeres?)); y contacto con los muertos. La buena noticia es que lo impuro siempre es pasible de purificación de acuerdo a ciertas instrucciones. Cabe preguntarse qué es impuro hoy: la lepra no existe; los ritos del duelo nos protegen del contacto con los muertos; sin embargo, en el tema del flujo (concretamente la menstruación en la mujer) amplios sectores de nuestro pueblo viven obsesionados con la impureza y la purificación. Por eso no besan mujeres y por el mismo motivo las aguas de la mikvá están rodeadas de un halo oscuro y privado que muchos otros sectores de este mismo pueblo rechazan.

Tal vez valga la pena pensar la impureza hoy como impureza moral y ética: conductas, acciones, incluso intenciones. Nuestra tradición ha construido todo un sistema en torno al perdón y la redención de estas inclinaciones negativas. Cada semana tenemos oportunidad de bañarnos y vestirnos con ropas limpias y festivas para recibir el Shabat y decir: “Shabat Shalom”. ¿Acaso algo puede ser más purificante que entrar en un tiempo sabático? Por supuesto está Iom Kipur, pero eso es tema aparte. Lo cierto es que ni la lepra ni el flujo ni los muertos debieran considerarse hoy impuros; son solamente parte de nuestro ciclo de vida: fecundidad, vivir (siempre pasible de enfermedades), y morir. Nada de eso es impuro.

Con toda honestidad, el párrafo destinado a la mujer supuestamente adúltera me excede y no merece comentario de mi parte; al menos no este año… sólo que demuestra que la Torá fue compilada por hombres y es inequívocamente machista. Las excepciones, cualesquiera sean, confirman la norma.

domingo, 24 de mayo de 2015

Bamidbar

Por cierto no es coincidencia que esta porción de la Torá se lea el Shabat previo a la festividad de Shavuot. Si simbólicamente en esta fecha todos estamos en el Sinaí recibiendo la Torá como entonces podemos decir que también estamos “en el desierto” (bamidbar). La cuestión es pensar qué tan lejos queremos llevar la metáfora: acaso pensar que para recibir no sólo la Ley sino El Conocimiento (Torá) debemos estar lo más despojados y aislados posible como comunidad; o pensar, en un sentido más moralista, que estamos en un eterno desierto y necesitamos que siempre se nos dé tanto Ley como Conocimiento.

Muchos rabinos y predicadores gustan de la segunda acepción de la metáfora y nos reclaman permanentemente más y más compromiso, más y más apego a las normas, más y más esfuerzo en perfeccionar nuestro pasaje por esta vida y este mundo. Desde ponernos tfilim, pasando por comer kasher, hasta ir a la sinagoga y ser parte del minián: nunca es suficiente, siempre estamos en deuda; siempre estamos “en el desierto”. Otros rabinos adhieren más a la idea del “tránsito”: así como transitamos el desierto y vamos construyendo Ley, Conocimiento, y ahora en “Números” también organización, vamos sumando conductas y preceptos en nuestra vida.

Prefiero pensar la metáfora del desierto en su primer sentido: ciertos temas requieren ciertas condiciones. No podemos pensar lo trascendental o espiritual mientras chequeamos el celular o estamos estimulados por los signos y señales de la civilización. De alguna manera, personal y colectiva, debemos hacer un pasaje “en el desierto” para aspirar transformaciones y superación.

El pueblo ha transitado el desierto desde las estrecheces de Egipto hasta ésta víspera del día en que recibirá la Ley. Pero la Ley no transforma el desierto en paraíso: la labor del perfeccionamiento del entorno recae sobre nosotros, no sobre dios. De modo que todas las instrucciones que recibimos a lo largo de Levítico y que repetiremos en Deuteronomio son el contenido, la razón de ser de este tránsito en el desierto. “Números” es acerca de la organización, la estructura, los organigramas y “job-description” que harán posible que la normas se cumplan tal como se demanda.

“Bamidbar” censa las tribus, nombra sus líderes, organiza los espacios en torno al tabernáculo, y una vez más, “aparta”, separa, elige: la tribu de los Levitas no se cuenta en el censo porque tiene un status aparte. Es interesante esta obsesión divina por “elegir”: elige un pueblo, y dentro del mismo elige una tribu. Su elección es para servirlo, para cooperar, para ayudar a que se cumplan sus propuestas. Con el correr de los siglos el concepto de “elección” se ha corrido más hacia un significado cualitativo, valorativo, cuando la idea original es claramente asignar una función específica. Tal vez esto tenga su origen en una necesidad interna de autovaloración o de un prejuicio externo de desvaloración. Sea como sea, lo “elegido” es un concepto problemático que “Bamidbar” ilustra en toda su complejidad.

Lo más importante de esta porción de la Torá, y del libro de Números en general, es que recalca una vez más la paradoja del judaísmo: somos un colectivo (familia, pueblo, nación), pero somos también la suma de individuos. Somos censados, cada uno suma lo mismo que el otro, y también tenemos un nombre. Números abunda en ambos: cifras y nombres. Por eso cuando hacemos una actividad comunitaria todos tratamos de aprender algo; pero algunos sienten la compulsiva necesidad de censar: contar cuántos y quiénes somos.


Jag Sameaj!

domingo, 17 de mayo de 2015

Behar-Bejukotay

Una cosa debemos reconocer en estas dos porciones de la Torá que éste año leemos juntas: no corre más sangre. Al menos no en un sentido literal, sacrificial. A pesar de que la mayor parte de “Bejukotay” está dedicada a los castigos que dios anuncia si el pueblo no cumple sus leyes, hay algo reparador y constructivo en ambas parshiot, leídas juntas o por separado. Con el cierre del libro de Levítico el mero nombre de las parshiot connota elevación: “Behar”, en la montaña, y “Bejukotay”, en mis leyes. No en vano leemos estos textos antes de Shavuot, como punto final del Omer. Hemos contado obsesivamente los días a la vez que leíamos en forma también obsesiva las leyes impartidas por dios a través de Moshé; llegamos al final: el castigo se enumera en el detalle, pero el premio en el concepto. Sumamos días hacía lo sagrado.

Si en Shavuot tenemos la tradición del “Tikún” (reparación) por habernos quedado dormidos la noche previa a recibir la Torá en el Har Sinai, “Behar” es precisamente acerca de la facultad de reparar que dios nos imparte. De hecho, esta porción de la Torá es una legislación de tipo social avanzada y sofisticada; única sin duda para su tiempo, pero aún vigente y no siempre aplicada en nuestro tiempo. A través del manejo del tiempo en ciclos de siete (días, años) cuya culminación es el año del jubileo (año cincuenta) el tiempo adquiere progresión y sentido. En otras palabras: el tiempo no pasa en vano; el hombre tiene esperanza. Esto contrasta drásticamente con las nociones del tiempo cíclico e inmutable de la tradición mesopotámica, tal como señala Thomas Cahill en su libro “The Gifts of the Jews” (1998). En el marco de la norma dada por la divinidad la vida tiene esperanza, sentido, y justicia social.

Si Shavuot también es llamada “jag matan Torá” (fiesta de la entrega de la Torá), el libro de Levítico finaliza en “Bejukotay” con advertencias claras y terribles acerca del incumplimiento de la ley. El nuevo presidente de la NCI de Montevideo, Daniel Cohn, llamaba la atención acerca de la desproporción abrumadora entre el castigo y el premio; el primero es extenso y exponencial, mientras el segundo es breve y uniforme. Tomo esta cuestión como desafío para proponer alguna respuesta a esta cuestión.

Como señala el Prof. Meir Sternberg de la Universidad de Tel-Aviv en varios de sus trabajaos, en ficción el ordenamiento del material es significativo: desde el momento que no existe la simultaneidad el autor elige qué va primero y qué va después; esa elección construye significado. En este caso, por breve que sea (Levítico 26:3-13), “Bejukotay” comienza con el premio. Son sólo diez versículos pero plenos de imágenes de abundancia, triunfalismo, paz y bienestar. Destaco el versículo 26:12: “Andaré entre vosotros, seré vuestro Dios y vosotros seréis Mi pueblo”. Es la vieja promesa hecha a los patriarcas sin ambigüedades y sin condiciones.

Levítico 26: 14-40 enumera en forma exponencial (múltiplos de siete una vez más) los castigos por el incumplimiento de la ley. Sin embargo, en 26:40 nuevamente se abre el espacio del arrepentimiento, el reconocimiento, la reparación. Vuelve a relucir el pacto con los patriarcas y la imposibilidad de su anulación, más allá de cualquier mala conducta, por terrible que sea, por parte del pueblo.

 En otras palabras: “Behar-Bejukotay” es un texto esperanzador, y como tal, esencial a la naturaleza judía. Es uno de esos textos donde el detalle esconde lo importante. Sólo mentes muy perseguidas o perseguidoras seguirán aferradas a la lectura superficial y detallista del texto, cuando su esencia guarda tanta esperanza y amor al prójimo. Siendo que somos prójimos de dios.

Por último, vale la pena pensar tanto premios como castigos en función de la realidad histórica tal como la hemos conocido y la vivimos: desde el castigo, el destierro para vivir entre otros pueblos y la desolación de “la tierra” (de Israel) por siglos; desde el triunfo, la capacidad de prevalecer los menos sobre los más y desarrollarnos en nuestra tierra. Hay algo inmensamente aleccionador a la vez que inspirador en estos textos.


Jazak, jazak, venitjazek!

sábado, 9 de mayo de 2015

Emor

A esta altura del año venimos transitando la mitad de la Torá. Que el “centro” o punto de quiebre sea el libro de Levítico no debería ser casualidad, como aseguran los creyentes: nada falta y nada sobra y todo tiene una razón de ser. En lo personal creo que la Torá está llena de “faltantes”, brechas, vacíos de información, o redundancias. Está en nosotros encontrarle un sentido, del mismo modo que quienes escribieron/compilaron/seleccionaron el texto lo hicieron en su momento, en aquél momento. La Torá es una maravillosa, profunda, inagotable creación humana que no hemos modificado en una letra o signo por miles de años y sin embargo se actualiza generación tras generación, semana tras semana. Las actualizaciones no vienen de un proveedor sino de nosotros mismos. Si algo queda claro en la lectura judía de la Torá es que el personaje “Dios” nos creó para que seamos sus socios y nos hagamos cargo. Lo que “los rabinos” (“Jazal”) entendieron hace más de dos mil años a nuestra generación parece costarle entender. Aún.

“Emor” tiene más material acerca de lo puro y lo impuro, en particular respecto a los cohanim, los sacerdotes, la estirpe de Aarón. Seguimos leyendo normas anacrónicas y hasta absurdas bajo la mirada de personas de nuestro tiempo: como la prohibición de casarse con una divorciada (vale decir, una mujer que ya no es vírgen); o la prohibición de que personas con defectos se hagan cargo del culto. Todo el texto se da de bruces con nuestra ideología inclusiva actual.

Más interesante resulta la segunda parte donde se enumera ordenadamente las festividades. Para quien no se crio en un hogar religioso ni estudio estos textos como preceptos sino como historia, resulta fascinante y asombroso verificar como nuestra tradición está toda plasmada y explicada allí, en unos párrafos. Entendemos y podemos dotar de unidad aquello que percibíamos como piezas sueltas de algún rompecabezas que nunca quisimos abordar. Leer “Emor” es ver el rompecabezas armado.

La conjugación “emor” que da el nombre a esta porción de la Torá viene del verbo “leemor”, algo así como decir. Sin embargo es usado una sola vez al comienzo del texto; en el resto el verbo usado es “daver”, algo así como “dí”, “diles”. En otras palabras, son dos “decires” bien diferentes. De lo que puedo deducir del diccionario hebreo Even-Shoshan entiendo y sugiero que “emor” connota mayor peso semántico: el “decir” de “emor” no es lo mismo que el de “daver”. El primero presupone algo ya dicho y sobreentendido; connota una acción más ligada a recordar algo predeterminado que una simple enunciación. A dos parshiot de finalizar Levítico, el texto asume que ya hemos sintonizado en cierto nivel. El detalle puede ser simplemente enunciado, pero el concepto es dicho con otro peso, otra ligadura con lo profundo; ya es parte de nuestra estructura semántica profunda, parafraseando al Prof. Menajem Perry de la Universidad de Tel-Aviv.


“Emor” también refuerza el rol de Moshé como intermediario entre dios y el pueblo, sea Aarón, sus hijos, o el pueblo en sí. En definitiva, el texto nos dice que el hombre le habla al hombre. Dios usa intermediarios, siendo Moshé el más excepcional de todos, pero en definitiva somos los hombres quienes laudamos nuestros asuntos en el mundo real. En todo caso, “dios” puede ser metáfora de inspiración o metáfora de humildad. Nada viene de la nada, pero en definitiva está en nuestras manos nuestro destino.

domingo, 3 de mayo de 2015

Ajare-mot-Kedoshim

Después de “Tazria-Metsora”, esta dupla resulta un verdadero alivio. No que estemos exentos de sangre ni de asuntos escabrosos, pero en definitiva resultan dos porciones de la Torá mucho más fácilmente “actuales” y relevantes. Buena parte, sino todas, las prohibiciones se han mantenido como base de la cultura occidental a la cual pertenecemos, y como tales en forma muy firme. No en vano “Cien Años de Soledad”, novela de tonos bíblicos si los hay, gira en torno al tema del incesto en forma casi obsesiva; de hecho, si bien tiene un “tono” bíblico, su narrativa es claramente en contrario a la narrativa bíblica.

De “Ajare-mot” rescato el concepto de “Azazel”. En un hebreo relativamente moderno (hoy la expresión ya no se usa, es anacrónica), “ve a Azazel” era algo así como “vete al diablo” o alguna versión más soez. Sin embargo, el texto bíblico no habla de diablo sino de un nombre, Azazel, que habita en el desierto en un lugar indeterminado. Así como el mesías puede ser visto como un estado más que como una persona en particular, Azazel puede verse del mismo modo: un espacio vasto e ilimitado donde nuestros pecados, en forma colectiva, se pierden para siempre. Otra forma de verlo podría ser que Azazel es aquello que no somos nosotros, no habita en el seno de nuestra comunidad, aunque tampoco habita en la de “otros”; habita el desierto, el páramo, la nada, la carencia de vida. Expiamos cuando alejamos nuestros pecados lo más lejos posible de nosotros a un espacio y un tiempo más allá de nuestra aprehensión.

En esta parashá queda establecido Iom Kipur, su ayuno, su consagración a dios, y la prohibición de hacer nada. La centralidad del texto no apunta al “pecado” o error en sí mismo sino a cómo expiarlo. Es interesante, y loable, que si bien dios marca todos los pecados y los prohíbe siempre da la chance y la forma de cómo purificarnos. En estos textos yace otro de los grandes valores del judaísmo: siempre podemos reparar y seguir adelante, aun en las mayores trasgresiones.

Sobre el final de “Ajare-mot” y ya de lleno en “Kedoshim” el texto comienza a elevarse, a ascender. Si bien insiste en prohibiciones y abominaciones, todo apunta a construir lo sagrado, lo “kadosh”. Nada ha cambiado esencialmente desde “Tasria” o “Metsora” pero sin duda el tono es otro, otro el fin. Debemos actuar del modo que dios nos instruye para ser “sagrados”.

Vale la pena detenerse en el significad de “kadosh”. Generalmente lo traducimos al español como “sagrado” pero más bien debería ser “apartado”, y por lo tanto también podría ser “diferenciado”, “elegido”. Es un término relativo que marca la diferencia entre lo profano y lo sagrado; de hecho, admite que lo profano existe y en ese entorno y ámbito nos movemos habitualmente. Lo “kadosh” (sea tiempo, espacio, o persona) es un estado diferente del ser. En ese sentido Shabat es un “iom kodesh” (día sagrado) en diferencia a un día común (iom jol). Todos los ritos de purificación apuntarían a ese mismo fin: hacerse especial, apartarse del mundo corriente para actuar en otro plano de la realidad.


La pretensión bíblica es, ni más ni menos, que seamos “kedoshim”. Dios nos apartó entre los pueblos para consagrarnos a él, a cambio de promesas de grandeza. Daría la impresión que en este pacto nosotros, el pueblo, hemos tenido más demandas y menos recompensas de lo que la Torá promete. En cierto sentido, nuestra vida sobre la tierra es un esfuerzo constante por ser “kedoshim”.