Shemini
Como decíamos acerca de “Tsav”,
¡acción! Después de todas las instrucciones vienen las ejecuciones, la
práctica. Todo lo instruido y explicado anteriormente se torna acto en la vida
cotidiana de los hombres. Sucede que el hombre es imperfecto y de inmediato
suceden cosas ajenas a las instrucciones divinas. “The plot thickens” se diría
en inglés…
Los hijos Aarón Nadab y Abiú
encienden un fuego “extraño al Eterno” y son castigados con la muerte inmediata
consumidos por el fuego. En dos versículos el narrador resume uno de los
episodios más enigmáticos de la Torá: un fuego “extraño” provoca un fuego
divino que consume a los hijos de Aarón frente a éste. Una suerte de sacrificio
humano como castigo por una conducta inapropiada. De hecho, todo “Shemini” está
salpicado de advertencias ante el incumplimiento del mandato divino.
El episodio de Nadab y Abiú es no
sólo enigmático sino terrible, tanto para los castigados como para los
sobrevivientes: los primeros mueren atrozmente pero los segundos no pueden
hacer el duelo. No hay entierro para los pecadores ni tiempo de duelo para los
sobrevivientes, tan duro es el castigo divino. Será en este contexto que dios
instruirá las leyes dietéticas y de pureza a partir del versículo 11:1. En ese
sentido, “Shemini” bien podría recrearse en una suerte de “Master Chef”:
carnes, cortes, fuegos, instructores, jueces, y participantes. Puede sonar
blasfemo pero no del todo disparatado.
Sin embargo, en este contexto
asfixiante y terrible surge un atisbo de lo que depara el futuro del judaísmo,
siglos más tarde. En Levítico 10:19 Aarón argumenta a favor de su conducta en
oposición a la instrucción divina y Moshé acepta el argumento de su hermano,
cerrando así el episodio. En otras palabras: primer acto interpretativo puro,
humano, aceptado como válido por el texto. Nada más ni nada menos. Aún no ha
sido dicho “no está en los cielos” (Deut. 30:12), y sin embargo ya “está
escrito”.
La segunda parte de la parashá se
ocupa de los animales kasher y los animales impuros así como de otros aspectos
relacionados con la pureza, como la mikva y los manantiales. Ateniéndome a mi
propia convicción de que el judaísmo supone práctica, y siendo que en este aspecto
la mía es una práctica timorata e incipiente, prefiero no comentar demasiado. Debo
admitir que me rechinan los conceptos halájicos de pureza por anacrónicos e ideológicamente
objetables; pero también reconozco mi esfuerzo por entender una estructura
ideológica con la cual no comulgo. Tal vez en otras lecturas pueda comentar
acerca de kashrut, impurezas, y otros textos.
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