viernes, 1 de mayo de 2015

Shemini

Como decíamos acerca de “Tsav”, ¡acción! Después de todas las instrucciones vienen las ejecuciones, la práctica. Todo lo instruido y explicado anteriormente se torna acto en la vida cotidiana de los hombres. Sucede que el hombre es imperfecto y de inmediato suceden cosas ajenas a las instrucciones divinas. “The plot thickens” se diría en inglés…

Los hijos Aarón Nadab y Abiú encienden un fuego “extraño al Eterno” y son castigados con la muerte inmediata consumidos por el fuego. En dos versículos el narrador resume uno de los episodios más enigmáticos de la Torá: un fuego “extraño” provoca un fuego divino que consume a los hijos de Aarón frente a éste. Una suerte de sacrificio humano como castigo por una conducta inapropiada. De hecho, todo “Shemini” está salpicado de advertencias ante el incumplimiento del mandato divino.

El episodio de Nadab y Abiú es no sólo enigmático sino terrible, tanto para los castigados como para los sobrevivientes: los primeros mueren atrozmente pero los segundos no pueden hacer el duelo. No hay entierro para los pecadores ni tiempo de duelo para los sobrevivientes, tan duro es el castigo divino. Será en este contexto que dios instruirá las leyes dietéticas y de pureza a partir del versículo 11:1. En ese sentido, “Shemini” bien podría recrearse en una suerte de “Master Chef”: carnes, cortes, fuegos, instructores, jueces, y participantes. Puede sonar blasfemo pero no  del todo disparatado.

Sin embargo, en este contexto asfixiante y terrible surge un atisbo de lo que depara el futuro del judaísmo, siglos más tarde. En Levítico 10:19 Aarón argumenta a favor de su conducta en oposición a la instrucción divina y Moshé acepta el argumento de su hermano, cerrando así el episodio. En otras palabras: primer acto interpretativo puro, humano, aceptado como válido por el texto. Nada más ni nada menos. Aún no ha sido dicho “no está en los cielos” (Deut. 30:12), y sin embargo ya “está escrito”.


La segunda parte de la parashá se ocupa de los animales kasher y los animales impuros así como de otros aspectos relacionados con la pureza, como la mikva y los manantiales. Ateniéndome a mi propia convicción de que el judaísmo supone práctica, y siendo que en este aspecto la mía es una práctica timorata e incipiente, prefiero no comentar demasiado. Debo admitir que me rechinan los conceptos halájicos de pureza por anacrónicos e ideológicamente objetables; pero también reconozco mi esfuerzo por entender una estructura ideológica con la cual no comulgo. Tal vez en otras lecturas pueda comentar acerca de kashrut, impurezas, y otros textos.

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