Shmot
“Se levantó en Egipto un nuevo
rey, que no había conocido a José.” (Éxodo 1:8)
“‘Yo soy El que soy’” (Éxodo 3:14)
Si tengo que elegir dos frases
que sinteticen “Shmot” elijo estas dos. En una parashá tan rica en eventos,
idas y venidas, y sobre todo en ideas, estas dos citas resumen los dos ejes
sobre los cuales se construye todo el libro de Éxodo: por un lado el histórico
y por otro lado el religioso. Ambos en un sentido estricto: histórico porque
narra la epopeya de un pueblo, religioso porque construye su relación con dios.
La costumbre de llamar a las
porciones de la Torá por una de sus primeras tres palabras o verbos no puede
ser ajena al afán significador de nuestros sabios. Los “shmot” a que se refiere
son los de los hijos de Israel que llegaron a Egipto y se asentaron allí bajo
la protección de Iosef y su faraón. Luego aparecen algunos nombres concretos,
como los de las parteras Sifrá y Fúa, Zipora la hija de Itró, y Guershon, hijo
de Moshé y Zipora. Finalmente Aaron, hermano de Moshé. Sin embargo, llama la
atención la falta de ciertos nombres: el faraón no tiene nombre, es una figura
genérica, una institución. Pero lo más llamativo es la ausencia de los nombres
de los progenitores de Moshé, de su hermana, o mismo de su madre adoptiva. La Biblia
no nos da estos datos. Tan importantes son que no sólo el “midrash” se ocupó de
llenar estos vacíos, sino que con el correr de las generaciones se han
convertido en parte integral de nuestro relato fundador. El asunto de los
nombres refleja la tensión en el texto entre lo histórico y lo religioso, entre
la fidelidad al relato de los hechos y la adhesión al poder de dios, que se
anuncia una y otra vez: al punto que ya está anunciada la décima plaga que
ocurrirá recién en Éxodo 12:29, en “Bo”. En suma: los nombres apuntan a una
genealogía cuando ésta es relevante; su ausencia apunta las ideas que
permanecen más allá de los nombres. Moshé no suma en la genealogía de Israel
pero será el dador de la ley. Lo que importa es su diálogo con dios.
Volviendo a las dos frases
elegidas: el rey que no había conocido a Iosef supone un quiebre abrupto. Hay muchas
explicaciones históricas acerca de cambio de dinastías, la presencia del pueblo
de los Hiksos, etc. Sin embargo, prefiero pensar la frase como un fuerte
contraste entre el detalle de la historia de Iosef y le escasez en la historia
de Moshé. La Torá se toma cuatro porciones para contar una verdadera novela,
mientras que en un par de versículos transforma a Moshé de príncipe de Egipto
en justiciero, prófugo, y profeta. Empezamos a saber algo de Moshé a través de
su confrontación con dios, no a través de sus vínculos con sus semejantes. De aquí
en más dios vuelve a ser un “personaje” en un sentido literario, rol que había
perdido en la saga de Iosef. Vuelve a tener con Moshé una relación mucho más
parecida a la que tuvo con Abraham. A diferencia de éste, Moshé es más
discutidor, menos sumiso. Pagará por ello. De modo que podemos decir que no
sólo el nuevo rey no conocía a Iosef, sino que dios había desconocido a los
hijos de Israel dejándolos actuar a sus impulsos. Iosef no habla con dios. Ahora
dios volverá a incidir en forma directa en la realidad.
Lo cual nos lleva al segundo
versículo: soy el que soy, o “seré el que seré”. Versículo difícil si los hay. O
no. Podemos leerlo como un simple pedido de fe: el pueblo debe creer en dios en
forma totalmente abstracta. En un tiempo no sólo lleno de dioses con formas y
roles la afirmación de “soy el que soy” es un quiebre mayúsculo, único, y
fundacional. Todavía se recurrirá a la magia para convencer a los egipcios,
pero luego estaremos hablando de milagros. Como explicara Micah Goodman, magia
y milagros son dos conceptos bien diferentes: los milagros suponen fe y son
únicos e irrepetibles: la apertura del mar, el agua de la roca, el maná.
El hecho es que ni siquiera Moshé
está en condiciones de creer. Pide pruebas, pone obstáculos, trata de evitar el
rol que se le pide. Pero dios es un personaje tenaz. Mediante “signos y señales”
va moviendo la historia hacia delante. No sólo va escribiendo la historia a
través de los hechos que provocará sino que va aproximando a un pueblo a su
nueva forma de vida: una tierra, una ley, un dios.
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