Miketz
“Miketz” bien podría ser un
cuento fantástico, una de esas historias medioevales llenas de eventos
supernaturales, giros inesperados en el argumento, y suspenso. De hecho, cierra
con un final abierto, algo no muy común en las porciones semanales de la Torá
pero que condice con el sentido de unidad que tienen las cuatro porciones de
Iosef. Hombre hábil si los hay en la historia de nuestro pueblo, Iosef arma un
escenario en el cual Biniamin debe quedarse con él como “siervo”, algo que pone
en aprietos a sus hermanos, que ya una vez “perdieron” un hermano y afligieron
a su padre, Israel (antes Iaacov).
Si fuera cine la parashá podría
empezar con esa escena y mediante un flashback explicarnos cómo llegamos a ese
punto. Pero el tiempo en la Torá es básicamente lineal y progresivo porque
persigue un fin, va siempre hacia algún punto. Por eso son tan importantes las
genealogías.
“Miketz” comienza con los sueños
del faraón y la incógnita y preocupación que generan. El copero recuerda el
pedido de Iosef y éste es mandado llamar, no sin cortar el pelo y asear. Dado el
status de encarcelado privilegiado que tenía Iosef es difícil entender que su
aspecto fuera tan desprolijo; pero el relato acentúa, mediante este detalle, el
aspecto físico de nuestro protagonista. Nunca hay que olvidar que Iosef, además
de complaciente, sensible, sagaz, y ambicioso, es un hombre atractivo. Para mujeres
y hombres.
La interpretación de Iosef
conduce a su nombramiento como máximo administrador de Egipto, con toda la
pompa y la autoridad que ello implica. Sólo en esos detalles hay un tono a
cuento de hadas, a hombre que de un pozo asciende a lo máximo de la escala
jerárquica en una sociedad determinada. Algo parecido a nuestro próximo gran
héroe, Moshé, que de las aguas del Nilo se convierte en príncipe egipcio. Es casi
obvio que toda la historia de Iosef y sus hermanos explica y prepara la
historia de Moshé y su pueblo en los restantes cuatro libros del Pentateúco; no
es una observación muy aguda pero hay que hacerla cuando uno lee estas
maravillosas historias.
Si algo podemos decir de Miketz
es que es una parashá coherente. No hay desvíos ni textos que parezcan fuera de
contexto, ajenos a la trama principal. Si bien hay elementos de tradición oral,
como en toda la Torá, se siente más fuertemente el pulso firme de un escritor
(o varios, no hace a la cosa). El estilo es cuidado y parejo, le trama
ordenada, los sentimientos interiores de los personajes son explicitados… “Miketz”
es una novela. Breve, primitiva tal vez, pero tiene todos los elementos tal
como los definió E.M.Foster en “Aspects of the Novel”: una sucesión de eventos;
un argumento; personajes; un narrador, un punto de vista. Podemos agregar que
hay conflictos humanos explorados de una manera no acometida hasta ahora en el
texto bíblico. Si no fuera ficción sino teatro, la historia de Iosef y sus
hermanos bien podría ser algo parecido al “Rey Lear” de Shakespeare.
También es interesante como la
sensación de “familia” sobre la cual está apoyado todo el Génesis comienza
gradual e imperceptiblemente a convertirse en “pueblo”. De aquellas familias de
cuatro miembros (padre, madre, y dos hijos) a esta familia múltiple con dos
matriarcas y doce hijos que luego son trece (los hijos de Iosef se convierten
en hijos de Iaacov y por tanto en tribus) hay una considerable distancia. La sensación
del primer precepto, unirse y multiplicarse (Génesis 9:7), se va haciendo
realidad delante de nuestros ojos en la medida que la lectura avanza.
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