viernes, 19 de diciembre de 2014

Miketz

“Miketz” bien podría ser un cuento fantástico, una de esas historias medioevales llenas de eventos supernaturales, giros inesperados en el argumento, y suspenso. De hecho, cierra con un final abierto, algo no muy común en las porciones semanales de la Torá pero que condice con el sentido de unidad que tienen las cuatro porciones de Iosef. Hombre hábil si los hay en la historia de nuestro pueblo, Iosef arma un escenario en el cual Biniamin debe quedarse con él como “siervo”, algo que pone en aprietos a sus hermanos, que ya una vez “perdieron” un hermano y afligieron a su padre, Israel (antes Iaacov).

Si fuera cine la parashá podría empezar con esa escena y mediante un flashback explicarnos cómo llegamos a ese punto. Pero el tiempo en la Torá es básicamente lineal y progresivo porque persigue un fin, va siempre hacia algún punto. Por eso son tan importantes las genealogías.
“Miketz” comienza con los sueños del faraón y la incógnita y preocupación que generan. El copero recuerda el pedido de Iosef y éste es mandado llamar, no sin cortar el pelo y asear. Dado el status de encarcelado privilegiado que tenía Iosef es difícil entender que su aspecto fuera tan desprolijo; pero el relato acentúa, mediante este detalle, el aspecto físico de nuestro protagonista. Nunca hay que olvidar que Iosef, además de complaciente, sensible, sagaz, y ambicioso, es un hombre atractivo. Para mujeres y hombres.

La interpretación de Iosef conduce a su nombramiento como máximo administrador de Egipto, con toda la pompa y la autoridad que ello implica. Sólo en esos detalles hay un tono a cuento de hadas, a hombre que de un pozo asciende a lo máximo de la escala jerárquica en una sociedad determinada. Algo parecido a nuestro próximo gran héroe, Moshé, que de las aguas del Nilo se convierte en príncipe egipcio. Es casi obvio que toda la historia de Iosef y sus hermanos explica y prepara la historia de Moshé y su pueblo en los restantes cuatro libros del Pentateúco; no es una observación muy aguda pero hay que hacerla cuando uno lee estas maravillosas historias.

Si algo podemos decir de Miketz es que es una parashá coherente. No hay desvíos ni textos que parezcan fuera de contexto, ajenos a la trama principal. Si bien hay elementos de tradición oral, como en toda la Torá, se siente más fuertemente el pulso firme de un escritor (o varios, no hace a la cosa). El estilo es cuidado y parejo, le trama ordenada, los sentimientos interiores de los personajes son explicitados… “Miketz” es una novela. Breve, primitiva tal vez, pero tiene todos los elementos tal como los definió E.M.Foster en “Aspects of the Novel”: una sucesión de eventos; un argumento; personajes; un narrador, un punto de vista. Podemos agregar que hay conflictos humanos explorados de una manera no acometida hasta ahora en el texto bíblico. Si no fuera ficción sino teatro, la historia de Iosef y sus hermanos bien podría ser algo parecido al “Rey Lear” de Shakespeare.


También es interesante como la sensación de “familia” sobre la cual está apoyado todo el Génesis comienza gradual e imperceptiblemente a convertirse en “pueblo”. De aquellas familias de cuatro miembros (padre, madre, y dos hijos) a esta familia múltiple con dos matriarcas y doce hijos que luego son trece (los hijos de Iosef se convierten en hijos de Iaacov y por tanto en tribus) hay una considerable distancia. La sensación del primer precepto, unirse y multiplicarse (Génesis 9:7), se va haciendo realidad delante de nuestros ojos en la medida que la lectura avanza. 

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