Ki-Tetse
A cinco shabatot de cerrar el ciclo de lectura parecería que la Torá no nos ahorra el vértigo de mitzvot, preceptos, que como hijos de Israel debemos obedecer. Aunque no se ajuste exactamente a la definición de "lista" propuesta por Umberto Eco en su libro "El Vértigo de las Listas", hay algo abrumador en la acumulación de preceptos, rituales y castigos que encontramos en "Ki-Tetse". Moshé sabe que el tiempo corre, que los plazos vencen, que su destino está sellado, y por lo tanto acumula orden tras orden, precepto tras precepto, castigo tras castigo; en frases cortas y argumentos tan contundentes como axiomáticos.
Frente a un texto como este los rabinos enfrentados con su dvar-Torá semanal seguramente escogen alguno de las decenas de preceptos y se explayan sobre el mismo; hay para elegir, para todos los gustos. Quienes quieren ver en La Biblia un texto anacrónico y terrible, hasta cruel, también tienen lo que elegir: ya sea el hijo desobediente o la mujer que mintió acerca de su virginidad, ambos deben ser apedreados hasta morir. Quienes por otro lado quieren ver en la Torá un texto perfecto, profundo, y sabio más allá de todo tiempo y circunstancia, encontrarán aquí cantidad de instrucciones de un valor actual y relevante sin parangón: la defensa de la mujer repudiada (divorciada), la defensa de la mujer violada, la defensa de la viuda, las protección del siervo o esclavo, la igualdad de los "pesos" o medidas para medir en forma justa, la obligación de dejar atrás lo no recogido del campo para el pobre o el extranjero... no tiene sentido enumerar lo que puede ser leído en el texto.
Elijo cuestionarme y comentar acerca de dos versículos: Deut. 21:15-17, sobre los derechos de primogenitura del hijo de una mujer no amada frente al hijo de la otra mujer sí amada; y Deut. 25:17-19, acerca del recuerdo de Amalec.
En el primer caso, es notable como puede uno imaginar que la historia patriarcal estaba presente en forma indeleble y profunda en la memoria colectiva, en la narrativa, del pueblo. No somos nosotros miles de años más tarde que unimos las historias y generamos una "tradición" y un mito, sino que los mismos estaban ya entonces, en el momento en que se fueron "cerrando" estos textos, muy presentes en la consciencia colectiva. El tema de la preferencia o elección es esencial no sólo en las historias bíblicas desde Caín y Abel, pasando por el paradigmático caso de Iaacov y Esav o el más complejo caso de Iosef y sus hermanos; el tema es esencial como pueblo cuando nos definimos como "elegidos", "apartados", "santificados" por dios para cumplir determinada misión en la creación. De modo que en la lectura de estos versículos reconocemos dos asuntos: uno, que los padres tendemos tener preferencias que el precepto busca neutralizar dando un orden y una prioridad; dos, que aun cuando uno es "elegido" no puede NO reconocer el derecho del otro. Hay un sentido de justicia que prevalece por sobre lo "sagrado" o "elegido".
En el cierre de "Ki-Tetse" el mandato es ambiguo: por un lado recuerda lo que te hizo Amalec; en términos modernos, recuerda la Shoá; por otro lado, cuando finalmente te asientes en tu tierra, cuando llegue el tiempo de la redención y "descanses de todos tus enemigos", debe borrarse la memoria del enemigo. Uno no puede leer esto como otra cosa que no sea poner el pasado atrás y reconocer el nuevo tiempo de redención. No habrá más Amalec; debemos olvidarlo. Una vez más, en términos actuales, significa reconocer que debemos crear círculos virtuosos en lugar de abrir eternos círculos viciosos. Si bien el texto es ambiguo y el mandato por tanto difícil de cumplir, si lo leemos como aspiración puede resultar especialmente inspirador.
sábado, 29 de agosto de 2015
Shoftim
Como la vida, también un texto
está lleno de tensiones y contradicciones. Oscilamos entre lo aspiracional y lo
cotidiano; entre la propuesta y la acción; entre el ideal y la realidad. Casi
nunca las cosas son como quisiéramos que sean. Algunas veces los seres que
amamos y elegimos se alejan del ideal que en ellos proyectamos; aun así
continuamos eligiéndolos; eventualmente aprenderemos a amarlos de manera
diferente. En definitiva, todos sabemos que día a día hacemos concesiones y nos
adaptamos a la realidad que nos sale al encuentro; pero nunca dejamos de saber
cuáles son nuestras aspiraciones e ideales.
En los últimos años muchos
judíos, en Israel y en la diáspora, hemos aprendido a vivir con una realidad
llamada Netanyahu. En mi caso personal, ni su estilo ni su ideología
corresponden a ideales a los que aspiro, y me consta que al setenta por ciento
de los votantes israelíes tampoco. Sin embargo, allí está. Entre los ideales de
izquierda y los de derecha, por oposición o coalición, él se ha convertido en
el hombre bisagra que puede abrir las puertas de cierta viabilidad. No nos
gustan sus decisiones, su estilo, su discurso, pero su poder es legítimo. Él es
más real que cualquier ideal; lidia con realidades y va resolviendo a su leal
saber y entender.
Por qué sigue construyendo en los
territorios; por qué nombra embajadores “halcones” para puestos medulares en la
diplomacia israelí; por qué ofende al presidente de los EEUU de turno; por qué
se demora en detener a los terroristas judíos. Todos son interrogantes válidos
y producto de la realidad: Netanyahu ha tomado decisiones tan controvertidas
como esas y a muchos de nosotros nos deja perplejos. No porque no lo esperemos,
sino porque no lo entendemos. No sabemos a qué conduce todo esto. Acaso él
mismo no lo sepa; acaso sea el uso del poder por el poder mismo; acaso sea la
perseverancia en el statu-quo.
Acaso Netanyahu leyó mal la
porción de la Torá de esta semana: Deut. 16:20, “Sólo buscarás la justicia para
que vivas y poseerás la tierra que el Eterno tu Dios te dio en heredad”; o como
suele traducirse en actos institucionales, “justicia, justicia perseguirás…”. Acaso sustituyó “poder” por “justicia” y así
entiende que viviremos y poseeremos la tierra: “poder, poder perseguirás…”.
El texto bíblico original es
ambiguo: puede leerse como que la palabra “justicia” se repite dos veces, o que
en un caso es adjetivo y en otro sustantivo (“justa justicia perseguiras”), o
incluso que es una apelación y “justicia” es un ideal (“Justicia, justicia
perseguirás”); esto último sería más Shakespeare que Biblia, pero es una
posibilidad. De todos modos, el texto bíblico insiste en que la justicia debe
ser buscada, literalmente perseguida, como se persigue un ideal. En la
duplicación de la palabra yace la magnitud de su fuerza conceptual. Si
oponemos, casi por el absurdo, “poder” a “justicia” queda más clara la
connotación de ambas palabras.
“Shoftim”, la porción de esta
semana, lidia con los temas centrales de justicia: puertas adentro, y puertas
afuera. Nos instruye a nombrar jueces y policías y pauta cómo manejarnos en
diferentes situaciones, ya sea dentro del pueblo o respecto a otros pueblos.
Podemos cuestionar algunas de las resoluciones propuestas por el texto, pero no
podemos dejar de reconocer su afán en “perseguir” justicia.
Así como no podemos entender en
su totalidad el texto bíblico, tampoco podemos entender del todo la realidad
que nos toca vivir. Así como hay alguna razón para incluir ciertos versículos,
suponemos que habrá razones para tomar ciertas decisiones. Más aún: así como no
compartimos muchas de esas decisiones, aun cuando nos incomodan, aun cuando las
criticamos, no dejamos de ser parte del colectivo en cuyo seno ellas surgen; de
igual modo, aun cuando el texto bíblico muchas veces nos incomoda o violenta,
no dejamos de reconocerlo como texto fundacional ni a nosotros mismos como
parte de su heredad.
Una vez más, el texto nos permite
encontrar un versículo con el que sí nos sentimos representados: en Deut. 19:14 dice: “No moverás haciendo
retroceder los lindes de la tierra de tu prójimo que tiene derecho a ella desde
antiguo en el territorio que el Eterno os dio por heredad.” Lo curioso es que
esta frase está aislada en medio de un texto que puede leerse como alentando la
destrucción y el desconocimiento del vecino. Parece ser que la cuestión está en
qué versículo elegimos para construir realidades. Pero como el texto en toda su
complejidad nos muestra, las realidades son siempre más complejas que una frase
aislada.
Es un equilibrio sutil. Algunos
prefieren quedarse en lo firme y no correr riesgos. Otros parecen
desconocerlos. Lo “justo” es acaso lo más difícil de lograr.
miércoles, 12 de agosto de 2015
Ree
Porciones de la Torá como ésta me obligan a insistir en mi percepción de Deuteronomio como un primer comentario u ordenamiento del texto que lo precede desde Génesis hasta Números. Si bien el texto afirma que es la palabra de dios en boca de Moshé, no podemos ignorar el hecho de que ahora es Moshé quien habla cuando en los libros anteriores hablaban dios, Moshé, y el resto de los protagonistas de la historia, incluido "el pueblo" en términos genéricos. Hay un ordenamiento del material muy diferente al de los libros anteriores; el efecto "resumen" es notorio y explícito. Más aún: el punto de vista es estrictamente de Moshé, obsesionado con el Jordan y la tierra que yace del otro lado; es una perspectiva estrictamente personal, cuando en los otros cuatro libros la perspectiva era de un narrador omnisciente, o sea, dios.
Dicho esto, la vastedad, profundidad, y detalle del texto obliga seleccionar el foco. Si intentamos un resumen, diría que "Ree" es acerca de: la idolatría; la alimentación; el contrato social; y las tres festividades de peregrinación: Pesaj, Shavuot, Sucot.
El texto abre con una opción: se puede elegir. Una elección supone bendición, la otra maldición; ambas opciones yacen al otro lado del río, en la "tierra prometida". No se condiciona el destino del pueblo, la promesa divina de la tierra; lo que se condiciona es la conducta una vez en la tierra. Si dios ha cumplido su parte, el pueblo debe cumplir la suya. Aun así, en el mero enunciado de opciones, se reconoce implícitamente la posibilidad de conductas no adecuadas. En ese sentido, la idolatría es la falta más grave. A tal punto, que uno debe convertirse en "guardián de su hermano" y perseguir a quienes se desvían de la conducta indicada.
La interpretación literal de este texto es la causa de que judíos juzguen a otros judíos en su forma de entender no sólo el texto sino el cumplimiento de los mandamientos divinos (mitzvot). Hay quienes se erigen en jueces y en el proceso pueden oscurecer los tenues límites entre celo religioso y moral humana lisa y llana. Con el pretexto de cumplir el mandamiento de corregir los desvíos de conducta en terceros hay quienes incurren en el agravio y la ofensa; sin profundizar en temas tales como corregir conductas homosexuales, por ejemplo.
El problema sin embargo no es el texto. Apenas uno lo confronta reconoce su tono amable, motivador, e inspirador. Si bien hay imágenes fuertes como apedrear al prójimo idólatra, uno puede entenderlas como parte del contexto histórico, del lenguaje bíblico en su totalidad. La historia del judaísmo prueba que estas prácticas son más un enunciado que una conducta ya que la capacidad interpretativa que está comenzando en Deuteronomio ya no se detendrá nunca. El texto ordena pero explica, prohíbe pero inspira. La lectura fanática corresponde a los fanáticos, no es parte del texto.
El versículo 13:1, "Todo lo que yo te mando has de hacer, sin añadir ni quitar nada", también es un enunciado difícil de entender a la luz de la modernidad y la creatividad humana tal como la entendemos hoy. Una vez más, este tipo de frase habilita conductas intransigentes y totales, absolutas. Sin embargo, sin duda no estaríamos hoy aquí como pueblo y como narración si no hubiéramos adaptado el texto a la realidad. El versículo parece negar el lado dinámico de la Torá, si es que podemos entenderla de ese modo. Tal vez pueda entenderse si en "Todo" incluimos lo dicho y lo no dicho; es decir, si nos dedicamos a llenar los vacíos del texto. Entonces el "todo" es tan grande como nuestra capacidad de recrearlo y aplicarlo.
Porciones de la Torá como ésta me obligan a insistir en mi percepción de Deuteronomio como un primer comentario u ordenamiento del texto que lo precede desde Génesis hasta Números. Si bien el texto afirma que es la palabra de dios en boca de Moshé, no podemos ignorar el hecho de que ahora es Moshé quien habla cuando en los libros anteriores hablaban dios, Moshé, y el resto de los protagonistas de la historia, incluido "el pueblo" en términos genéricos. Hay un ordenamiento del material muy diferente al de los libros anteriores; el efecto "resumen" es notorio y explícito. Más aún: el punto de vista es estrictamente de Moshé, obsesionado con el Jordan y la tierra que yace del otro lado; es una perspectiva estrictamente personal, cuando en los otros cuatro libros la perspectiva era de un narrador omnisciente, o sea, dios.
Dicho esto, la vastedad, profundidad, y detalle del texto obliga seleccionar el foco. Si intentamos un resumen, diría que "Ree" es acerca de: la idolatría; la alimentación; el contrato social; y las tres festividades de peregrinación: Pesaj, Shavuot, Sucot.
El texto abre con una opción: se puede elegir. Una elección supone bendición, la otra maldición; ambas opciones yacen al otro lado del río, en la "tierra prometida". No se condiciona el destino del pueblo, la promesa divina de la tierra; lo que se condiciona es la conducta una vez en la tierra. Si dios ha cumplido su parte, el pueblo debe cumplir la suya. Aun así, en el mero enunciado de opciones, se reconoce implícitamente la posibilidad de conductas no adecuadas. En ese sentido, la idolatría es la falta más grave. A tal punto, que uno debe convertirse en "guardián de su hermano" y perseguir a quienes se desvían de la conducta indicada.
La interpretación literal de este texto es la causa de que judíos juzguen a otros judíos en su forma de entender no sólo el texto sino el cumplimiento de los mandamientos divinos (mitzvot). Hay quienes se erigen en jueces y en el proceso pueden oscurecer los tenues límites entre celo religioso y moral humana lisa y llana. Con el pretexto de cumplir el mandamiento de corregir los desvíos de conducta en terceros hay quienes incurren en el agravio y la ofensa; sin profundizar en temas tales como corregir conductas homosexuales, por ejemplo.
El problema sin embargo no es el texto. Apenas uno lo confronta reconoce su tono amable, motivador, e inspirador. Si bien hay imágenes fuertes como apedrear al prójimo idólatra, uno puede entenderlas como parte del contexto histórico, del lenguaje bíblico en su totalidad. La historia del judaísmo prueba que estas prácticas son más un enunciado que una conducta ya que la capacidad interpretativa que está comenzando en Deuteronomio ya no se detendrá nunca. El texto ordena pero explica, prohíbe pero inspira. La lectura fanática corresponde a los fanáticos, no es parte del texto.
El versículo 13:1, "Todo lo que yo te mando has de hacer, sin añadir ni quitar nada", también es un enunciado difícil de entender a la luz de la modernidad y la creatividad humana tal como la entendemos hoy. Una vez más, este tipo de frase habilita conductas intransigentes y totales, absolutas. Sin embargo, sin duda no estaríamos hoy aquí como pueblo y como narración si no hubiéramos adaptado el texto a la realidad. El versículo parece negar el lado dinámico de la Torá, si es que podemos entenderla de ese modo. Tal vez pueda entenderse si en "Todo" incluimos lo dicho y lo no dicho; es decir, si nos dedicamos a llenar los vacíos del texto. Entonces el "todo" es tan grande como nuestra capacidad de recrearlo y aplicarlo.
domingo, 9 de agosto de 2015
Ekev
Constante: si el pueblo actúa de acuerdo a las instrucciones divinas (en boca de Moshé), será recompensado con creces; si no lo hace, será un pueblo más entre los pueblos a merced del destino común de todos los pueblos.
Es una propuesta simple, binaria: a la buena conducta se la premia, a la mala conducta, se la amenaza. Porque la verdad es que "el pueblo", los hijos de Israel y más tarde los judíos, no han tenido siempre una conducta a la altura de las aspiraciones divinas, y sin embargo bien que ha sobrevivido, crecido, fortificado y desarrollado. En La Tierra, y fuera de ella. Así como en el episodio del becerro de oro que se recuenta en esta parashá dios perdona y vuelve a escribir La Ley, la historia mostrará que así será en el futuro: al decir de Abraham frente a Sodoma y Gomorra, un justo o un puñado de justos merece salvación; del mismo modo que un rebelde o un grupo de tales será extirpado del pueblo, como Koraj. Dios promete y pacta con el pueblo, pero reconoce al individuo: maravillosa y creativa ambivalencia judía.
¿Qué pasa exactamente con los otros pueblos que Israel deberá enfrentar apenas cruce el Jordán para cumplir la promesa divina? El texto está lleno de matices. Por un lado dice en Deut. 7:16: "Destruirás a todos los pueblos que te entregue el Eterno sin que tu ojo se apiade de ellos y no caerás en la tentación de servir a sus dioses." A la luz de los acontecimientos de la semana pasada, este versículo justificaría los hechos; es claro y contundente. Sin embargo en el versículo siguiente Moshé entra en un discurso que hoy podríamos denominar de "coaching": ante el miedo cierto que sabe que cunde en el pueblo, refuerza el mandato de exterminio total a la vez que reconoce la magnitud de la empresa: "No te asustes de ellos, porque el Eterno tu Dios está contigo, grande y poderoso." (Deut. 7:21). Agrega: "No podrás acabar con ellos rápidamente, no sea que se multipliquen ante ti las bestias salvajes" (Deut.7:22)
Si leemos la biblia como historia, y a ésta como propone Paul Johnson como una larga, extensa continuidad de hechos, podríamos proponer que aún estamos enfrentados a esos mismos pueblos que dios nos promete exterminar como parte del pacto; a la vez que reconoce que el proceso no será ni fácil ni rápido. ¿Qué son "las bestias salvajes"? Acaso en una lectura moralista de la Torá sea nuestro "ietzer hará", nuestro lado animal y salvaje desatado como consecuencia de la sangrienta lucha; también ésta imagen tiene una actualidad pasmosa a la luz de los atentados de terroristas judíos de la semana pasada sobre "los otros pueblos". En una lectura simplemente metafórica, "las bestias salvajes" son los inagotables obstáculos que encontraremos en cuanto cunda la urgencia y no busquemos otros caminos, menos drásticos, para encontrar nuestro espacio entre los pueblos, temidos o vencidos. Cualquiera sea el resultado, la tarea demandará paciencia y tiempo.
Ni nosotros hemos cumplido nuestra parte del pacto a la perfección, por más que se esfuercen los ultra ortodoxos, ni dios ha cumplido la suya. Otros pueblos siguen habitando nuestra tierra y reclamando su derecho sobre ella; otros pueblos la tomaron para sí y hasta nos expulsaron de ella. Hemos vuelto, una vez más. Acaso es todo un mismo proceso. Los tiempos bíblicos siempre fueron extraños a los tiempos tal como entendemos el tiempo hoy: instantáneo.
Así como en Deut. 8 Mohsé instruye al pueblo a ser humilde y no creerse omnipotente, sino reconocer la incidencia divina en todo lo que ha sucedido y sucederá, tal vez sería bueno leer "Ekev" como una actitud de humildad y respeto al mundo que nos rodea. en definitiva, nuestra supervivencia no surge de una lectura directa y literal del texto sino de un entendimiento simbólico y alegórico.
Constante: si el pueblo actúa de acuerdo a las instrucciones divinas (en boca de Moshé), será recompensado con creces; si no lo hace, será un pueblo más entre los pueblos a merced del destino común de todos los pueblos.
Es una propuesta simple, binaria: a la buena conducta se la premia, a la mala conducta, se la amenaza. Porque la verdad es que "el pueblo", los hijos de Israel y más tarde los judíos, no han tenido siempre una conducta a la altura de las aspiraciones divinas, y sin embargo bien que ha sobrevivido, crecido, fortificado y desarrollado. En La Tierra, y fuera de ella. Así como en el episodio del becerro de oro que se recuenta en esta parashá dios perdona y vuelve a escribir La Ley, la historia mostrará que así será en el futuro: al decir de Abraham frente a Sodoma y Gomorra, un justo o un puñado de justos merece salvación; del mismo modo que un rebelde o un grupo de tales será extirpado del pueblo, como Koraj. Dios promete y pacta con el pueblo, pero reconoce al individuo: maravillosa y creativa ambivalencia judía.
¿Qué pasa exactamente con los otros pueblos que Israel deberá enfrentar apenas cruce el Jordán para cumplir la promesa divina? El texto está lleno de matices. Por un lado dice en Deut. 7:16: "Destruirás a todos los pueblos que te entregue el Eterno sin que tu ojo se apiade de ellos y no caerás en la tentación de servir a sus dioses." A la luz de los acontecimientos de la semana pasada, este versículo justificaría los hechos; es claro y contundente. Sin embargo en el versículo siguiente Moshé entra en un discurso que hoy podríamos denominar de "coaching": ante el miedo cierto que sabe que cunde en el pueblo, refuerza el mandato de exterminio total a la vez que reconoce la magnitud de la empresa: "No te asustes de ellos, porque el Eterno tu Dios está contigo, grande y poderoso." (Deut. 7:21). Agrega: "No podrás acabar con ellos rápidamente, no sea que se multipliquen ante ti las bestias salvajes" (Deut.7:22)
Si leemos la biblia como historia, y a ésta como propone Paul Johnson como una larga, extensa continuidad de hechos, podríamos proponer que aún estamos enfrentados a esos mismos pueblos que dios nos promete exterminar como parte del pacto; a la vez que reconoce que el proceso no será ni fácil ni rápido. ¿Qué son "las bestias salvajes"? Acaso en una lectura moralista de la Torá sea nuestro "ietzer hará", nuestro lado animal y salvaje desatado como consecuencia de la sangrienta lucha; también ésta imagen tiene una actualidad pasmosa a la luz de los atentados de terroristas judíos de la semana pasada sobre "los otros pueblos". En una lectura simplemente metafórica, "las bestias salvajes" son los inagotables obstáculos que encontraremos en cuanto cunda la urgencia y no busquemos otros caminos, menos drásticos, para encontrar nuestro espacio entre los pueblos, temidos o vencidos. Cualquiera sea el resultado, la tarea demandará paciencia y tiempo.
Ni nosotros hemos cumplido nuestra parte del pacto a la perfección, por más que se esfuercen los ultra ortodoxos, ni dios ha cumplido la suya. Otros pueblos siguen habitando nuestra tierra y reclamando su derecho sobre ella; otros pueblos la tomaron para sí y hasta nos expulsaron de ella. Hemos vuelto, una vez más. Acaso es todo un mismo proceso. Los tiempos bíblicos siempre fueron extraños a los tiempos tal como entendemos el tiempo hoy: instantáneo.
Así como en Deut. 8 Mohsé instruye al pueblo a ser humilde y no creerse omnipotente, sino reconocer la incidencia divina en todo lo que ha sucedido y sucederá, tal vez sería bueno leer "Ekev" como una actitud de humildad y respeto al mundo que nos rodea. en definitiva, nuestra supervivencia no surge de una lectura directa y literal del texto sino de un entendimiento simbólico y alegórico.
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