jueves, 25 de junio de 2015

Jukat

Por un rato habíamos dejado atrás las cuestiones relacionadas estrictamente con los ritos de pureza. “Jukat” nos devuelve un tanto abruptamente a esa temática. Tal vez como consecuencia de los episodios de rebeldía progresivos que leímos en “Shlaj” y en “Koraj”, el hecho es que esta porción de la Torá retoma el discurso obsesivo y meticuloso de Levítico.

Entender la vigencia del tema de la pureza en nuestros días es un desafío; parece inevitable dada la extensión, la profundidad, y el detalle del texto en este sentido. Personalmente es el tipo de texto que elijo eludir. En el peor de los casos, trato de encontrar una lectura “actual” que me libere de los prejuicios que encierra y me provoca; pero no siempre es sencillo.

En este caso creo que la imagen de una vaca entera y puramente roja es sumamente sugerente. En el contexto de un lenguaje áspero y duro, el rojo, así como el fuego, connota pasiones y profundidad. Me recuerda al uso del rojo en “La Lista de Schindler” como contraste impactante con al blanco y negro en que se filmó. Hallar una vaca roja tal como lo describe la Torá es casi un imposible: ese es el estándar al que el texto nos obliga a aspirar. El asunto es si suscribimos esa aspiración.

Está claro que los ritos de pureza tienen múltiples propósitos y múltiples niveles de entendimiento. Podemos atribuirles, como muchos hacen con la alimentación “kasher”, fines higiénicos y profilácticos. Podemos entenderlos como una forma de diferenciación entre quienes adhieren a ellos y quienes no; judíos, y no. En los tiempos modernos sin embargo esta diferenciación aplica también dentro del judaísmo: ya sea normas de “kashrut” o normas de “tehará”, su mayor o menor observancia genera lisa y llana separación en el seno del pueblo. De modo que aquello que en una época (muy larga por cierto) sirvió para preservarnos hoy se ha convertido en una trampa riesgosa: en lugar de acercar, alejamos. Al punto de que muchos judíos no pueden sentarse a una mesa con muchos otros judíos; ni hablar de saludar con un beso o compartir un espacio con gente potencialmente “impura”.

Sin embargo debe rescatarse que la impureza es siempre reparable. Así como la Torá nos dice qué es impuro o cómo uno se torna tal, también nos da la forma de “purificarnos”. Esto supone adherir a ciertas conductas y cumplir determinados rituales, los cuales en estos tiempos pueden parecer anacrónicos o llanamente ofensivos; por ejemplo, la exigencia del baño ritual mensual para la mujer. Pero más allá del hecho está la idea de que todo es reparable, todo tiene una solución, y cualquiera está al alcance de la misma. Tampoco depende de nadie, sólo de uno mismo.


La vaca roja es una metáfora si las hay. Aspiramos tan alto, tan perfecto, que el objeto de hecho no existe. Pero aspiramos. Está escrito que podemos encontrarla, aunque sepamos que en realidad pasamos nuestra vida empeñados en ello. Mientras tanto perfeccionamos nuestra “pureza” simbólica, nuestras cualidades por sobre nuestras falencias. “Purificación” pude leerse como “empeño”. Lo “puro” no es un juicio de valor sino una actitud de vida. Vida que pasamos buscando la vaca roja.

viernes, 19 de junio de 2015

Koraj

Es interesante observar como la narrativa bíblica se va convirtiendo, por momentos, en una gran novela digna de la mejor tradición de la novela social. “Koraj” describe escenas multitudinarias y complejas, llenas de idas y venidas, diálogos, acción, sensaciones, escenografías, y sobre todo, personajes intensos y comprometidos. Por su composición y su dinámica, por su equilibrio sutil entro lo social y lo personal, me hizo pensar en “Los Miserables” de Víctor Hugo o en “Vanity Fair” de Thackeray. El hecho es que, de una masa casi uniforme que salió de Egipto, el pueblo se va convirtiendo en una suma de individualidades: se va diversificando. Ya no están sólo Arón y Moshé; están los hijos de Arón, está Najshón, está Iehoshua, y así una cantidad de nombres propios más que van surgiendo e incidiendo en la historia. No en vano estamos en el libro de Números, el libro de los censos y las listas. No en vano la porción de la Torá de esta semana recibe el nombre de uno de sus personajes; lo interesante es pensar por qué recibe el nombre del “villano”…

“Koraj” es nombrada como una parashá acerca del liderazgo. Si seguimos esa idea resulta claro que todo el propósito del texto es probar, justificar, y laudar para toda la eternidad la autoridad de Moshé, de Arón y su familia como “cohanim” o sacerdotes, y de los levitas como servidores del tabernáculo y luego del templo. Del mismo modo, hablar de “Koraj” como una lección en liderazgo seguramente sirve el fin de justificar otro liderazgo o la mera idea de que debe haber un líder y una centralidad.

Vale la pena diferenciar entre dos liderazgos: Moshé por un lado, Arón y su descendencia y los levitas por el otro. Los sacerdotes y los levitas ejercen un liderazgo impuesto y reglado. El liderazgo de Moshé surge de sí mismo y de su relación con dios. Es interesante notar que el liderazgo de Moshé es personal y temporal: desaparece con él en su retiro y solitaria muerte. Sólo queda su dimensión simbólica. Los “cohanim” y los levitas, por el contrario, ejercerán un liderazgo genealógico; el mismo nada tiene que ver con sus méritos. Son elegidos por dios para ciertas funciones y deben comportarse de cierta manera. Hasta el día de hoy los “Cohen” o similares son llamados primero a leer la Torá, seguidos por los “Levi”. Aun cuando ya no tenemos templo.

Una lectura de acuerdo a los criterios de la crítica bíblica podría argüir que el texto fue introducido precisamente para justificar la jerarquía y la autoridad del sacerdocio en los tiempos en que se compiló y canonizó la Biblia; si no es así, por cierto que lo parece. Pero como diría Paul Johnson, el texto es demasiado rico en imágenes, acción, y elementos mágicos como para entenderlo solamente como un recurso político, de poder. Hay algo visceral, profundo, auténticamente humano en la imagen de la tierra tragándose a Koraj y sus seguidores o en la vara florecida de Arón. Eso es tradición oral si la hay, en su mejor versión.

“Koraj” nos retrotrae a los enfrentamientos de Moshé y Arón con el faraón y su corte en el libro de Éxodo. Nuevamente se recurre a la magia como forma de impresionar y laudar disputas. La diferencia es que en este caso todo es mucho más breve; no hay diez plagas, diez oportunidades. En un evento portentoso la tierra se traga a los amotinados. La “tierra que traga a sus habitantes” no es tanto una tierra física y real sino la simple tierra que pisamos cada día. “Que me trague la tierra” no es una acción sino una situación de conflicto. Cuando los “espías” hablaron de una tierra que devora sus habitantes hablaban de una tierra de conflicto. En “Koraj” el conflicto es traído a casa.

Si “Koraj” es acerca de liderazgo entonces vale la pena plantearse algunos temas actuales. El primero es cómo manejamos el desafío y el disenso, actitudes emparentadas; hay quienes difieren con el liderazgo, hay quienes lo desafían. Es un gran tesoro de la tradición rabínica haber dado lugar al disenso y la discrepancia, así como a la resolución consensuada por mayoría de los conflictos. Escuchamos a Shamai e Hillel, aunque finalmente prevalezca el criterio de este último. En el seno del pueblo judío hoy, en cualquier escala, es importante saber que ya nadie es Koraj para ser tragado por la tierra, sino que todas las voces merecen escucharse y cada una debe encontrar su lugar. El segundo tema es qué tipo de liderazgo queremos. Por cierto no el impuesto, sino el que surge de la dinámica comunitaria. Más aún: como reclama Koraj, no queremos líderes que se “encumbren sobre el pueblo” (Números 16:3) atribuyéndose una designación de origen casi divino. Líderes como Moshé ha habido pocos, e incluso él estaba lleno de imperfecciones y dudas. En tercer lugar, y como consecuencia de esta dinámica entre liderazgo y comunidad, valdría la pena revisar como funcionamos, cómo nos escuchamos, cómo nos vemos. O no.


Lo inquietante es que “Koraj” apunta a lo que muchos fantasean: que la tierra se trague a los que desafían el poder. Lisa y llanamente, que no existan más. La era de los grandes y fantásticos milagros está largamente superada, pero igual hay quienes quieren no oír, no ver, no reconocer las diversas voces que nos constituyen. Pero llegaron para quedarse. “Koraj” ha sido largamente superado en la evolución del pueblo judío.

sábado, 13 de junio de 2015

Shlaj

Fiel a su costado histórico la narrativa bíblica comienza a moverse a mayor ritmo retrotrayéndonos a los cuentos más básicos y fantásticos a los que nos habían acostumbrado Génesis y Éxodo. Después de las exhaustivas instrucciones de Levítico y los pormenorizados censos del principio de Números, las cosas comienzan a moverse. No sólo el pueblo avanza hacia su meta sino que debe confrontar la realidad con la teoría: la famosa frase de “haremos y escucharemos” que suponía una incondicionalidad ejemplar es en realidad muy poco realista: después de escuchar, ahora el pueblo debe ejecutar las instrucciones divinas. Vivir bajo esos estándares. No en vano “Shlaj” finaliza con el mandamiento de usar “tzitzit” (flecos) para recordar y no olvidar ni por casualidad los preceptos divinos.

Sin embargo, “Shlaj” es tal vez la segunda porción “sionista” de la Torá, si “Lej-lejá” fue la primera; a tal punto, que el texto usa la misma voz: “lejá”. A la vez que el mandato es externo, su ejecución es un proceso interior. Los hombres que Moshé debe enviar a reconocer la tierra prometida son líderes entre los suyos, hombres de confianza de Moshé, creíbles y confiables. Este hecho está reforzado por el cambio de nombre de Oséas a Iehoshua. Los cambios de nombre siempre son significativos en la biblia: Iehoshua es el futuro salvador de Israel.

“Shlaj” representa no sólo el movimiento, la acción, sino la confrontación con la realidad. Los “espías”, como han sido llamados, recorren la tierra y traen un informe tal vez realista pero muy descorazonador. Sólo dos de ellos, Caleb y Iehoshua, alientan al pueblo al esfuerzo de apoderarse de la tierra. No refutan los argumentos de sus compañeros porque seguramente todos han visto lo mismo: la tierra está habitada y no será fácil desalojarla. Sólo que la mayoría se desalienta y contagia al pueblo este desaliento. Ante tales dudas dios decide eliminar toda una generación antes de acometer el último paso: entrar y tomar la tierra.

“Shlaj” es notoriamente actual. Por un lado, representa nuestro constante ir y venir a Israel para conocer la tierra y sus habitantes. Cada uno de nosotros es uno de los “espías” cuando por primera vez llega a sus orillas (aunque hoy entramos desde las orillas del Mediterráneo cuando entonces entrabamos desde el Jordán), la recorremos, nos admiramos de su fertilidad, y comentamos acerca de sus habitantes; al regreso, todos traemos un ramo de vid simbólico en forma de souvenirs. Más allá del turismo, todos somos “espías” cuando pensamos o intentamos habitarla, ya sea para quedarnos o para volver a nuestro “Egipto”. Para todos Israel tiene algo de culminación pero a la vez de desafío; nos seduce y nos intimida. Algo de esa tierra que “devora a sus habitantes” todavía está vigente.

“Shlaj” es notoriamente actual porque habla de ver o ignorar: diez espías vieron la tierra habitada y difícil de abordar; dos espías obviaron ese detalle y tuvieron fe para conquistarla y cumplir la promesa divina. Ni entonces ni ahora se hubiera conseguido nada siguiendo el criterio de la mayoría; fueron minorías las que se jugaron y confiaron. Aun así, vale resaltar la incapacidad de ver o reconocer a los otros habitantes que ya estaban allí: hoy es un hecho históricamente comprobado que muchos de nuestros padres fundadores del Sionismo fueron simplemente ciegos ante la población autóctona y confiaron en el mandato que el propio Sionismo había construido, por cierto no sin razones. Tal vez otra hubiera sido la historia si el criterio de los diez espías hubiera sido tomado en cuenta hoy.

“Shlaj” es notoriamente actual porque confronta al pueblo con la tierra. Si el criterio de los diez hubiera prevalecido y la opción de tomar la tierra según la promesa divina hubiera sido desechada para volver a “Egipto”, ¿qué pueblo/nación/religión hubiéramos construido? Seguramente nos hubiéramos perdido en los confines del desierto sin un espacio físico donde aplicar la ley que nos había sido entregada. Los pueblos de la antigüedad (y poco ha cambiado desde entonces) vivían o morían por medio de la conquista de territorio y recursos (humanos y físicos). Difícilmente se hubiera podido sostener un sistema legal tan complejo y a la vez tan inmaduro aún sin un soporte físico. La prueba de fuego llegó siglos más tarde en la Era Común pero para entonces ya habíamos habitado, poblado, y desarrollado la tierra. Todo el sistema apuntó a volver a ella; una vez más. Por eso no hay judaísmo sin tierra de Israel; hoy mucho menos sin Estado de Israel.


Si “Shlaj” nos confronta con los dolores de parto de una conquista (que se llevará a cabo en los siguientes libros de la Biblia) también comienza a esbozar algunos de los problemas de construir espacio público propio, ya sea israelita entonces, judío hoy. El hombre que olvidó que era Shabat y cortó leña fue lapidado: ¿cómo conviven los mandatos divinos con las necesidades cotidianas del hombre? Cómo un pueblo conjuga su adhesión a una ley de origen divino con su apego a una sociedad libre y plural. Aún estamos inmersos en el proceso, aún estamos lejos de las respuestas. Así como perseveramos en la lectura de la Torá durante siglos seguramente también podremos perseverar en el perfeccionamiento del mundo en el cual hemos sido protagonistas.

lunes, 8 de junio de 2015

Beha-haloteja

Es sin duda una parashá compleja y extensa, llena de episodios, instrucciones, y situaciones personales. La lectura salta de un tema a otro y el texto parecería cubrir el amplio espectro temático de La Biblia.

Sin embargo, si quiero intentar usar una palabra para describirla, debo decir que ésta es una porción de la Torá sumamente sensorial: hay luz, fuegos, nubes (por lo tanto nieblas), sonidos, silencios, movimiento, gula, y lepra, la enfermedad de la piel por excelencia; nada más sensorial que la piel.
Daría la impresión que, después de extensas instrucciones y descripciones, las cosas empiezan a moverse: no sólo los Hijos de Israel comienzan a trasladarse de un lugar a otro, sino que empiezan a interactuar con el culto. Además de apelar a los sentidos tanto de los protagonistas como del lector el texto apela a la implementación práctica de todo lo predicado hasta aquí. No en vano Moshé debe reunir setenta ancianos para que “profetizen” con él; incluso se alegra de que todos quieran “profetizar” en Números 11:29, abriendo así una de las primeras rendijas de diversidad en el seno del pueblo. Claramente, Moshé instruye a Iehoshua Bin Nun a dejarlos hacer en un acto de delegación implícito pero no por ello menos importante.

Comenzar a lidiar con el culto tal vez sea la primer aproximación a una “halajá”, implementación de la ley que también denota movimiento. Hasta ahora sólo hemos tenido instrucciones: desde aquí volvemos a movernos, no sin dificultades, no sin ayuda, pero hay movimiento. También hay más sabios, también hay disidentes que no son castigados (Eldad y Medad), pero sobre todo hay un ajuste entre la palabra divina y la realidad humana. Si bien será dicho mucho más adelante, ya aquí la Torá deja de estar en los cielos para convertirse en algo terrenal, humano, a nivel de piel, pasible de errores y de perdones. Aunque vengan a través de la purificación.


Pero si hablamos de lo sensorial lo más efectivo del texto es la luz del candelabro (no en vano la porción se llama “cuando enciendas”) que lo abre. Esa luz atraviesa el texto de principio a fin ofreciendo claroscuros renacentistas que, tal como la técnica pictórica, sirven para resaltar los elementos. Es que una vez que comenzamos a movernos no sólo salimos del estatismo pasivo, sino que debemos ir resolviendo los asuntos en la medida que avanzamos. Tal como lo entiendo, aún estamos en eso. Lo importante es no perder la luz.

sábado, 6 de junio de 2015

Naso

Seguimos contando. Cuando leo esta porción de la Torá en una primera lectura no puedo evitar asociar con la dinámica comunitaria actual: contamos asistentes a actos y ceremonias; contamos donantes y donaciones. “Naso” tiene mucho de “job description” y otro tanto de inventario de recursos mediante la ofrenda de cada tribu. Bien podemos sumar las cantidades mencionadas y tendremos una pauta clara de cuántos éramos entonces y cuánto valíamos. Es interesante notar que en este caso además de las ofrendas animales o vegetales se habla de materiales preciosos, lo que equivaldría hoy a dinero liso y llano.

Nada ha cambiado mucho en miles de años. Sostener comunidades depende de algunos líderes “de tribus” y del esfuerzo colectivo y más anónimo. Detrás de cada placa en una institución hay un individuo o una familia, pero detrás de las piedras en los muros y en la base de los pilares yacen enterradas miles de donaciones anónimas que redondean el gran volumen, el número que permite sostener la vida comunitaria. Por suerte siempre aparece un Nasón hijo de Aminadab, un “adelantado” (tomo prestado el término de la Historia latinoamericana): así como fue el primero en lanzarse a las aguas es el primero que avanza con su donación; ejemplo que siguen el resto de las tribus. Da la impresión que este hombre, Nasón (Najshon), ganó merecida fama como hombre jugado y de iniciativa. Quienes nos hemos ocupado del quehacer comunitario sabemos que no es posible hacer algo sin algunos individuos como éste.

Pero la Torá no es nunca totalmente “materialista” ni totalmente “espiritual”. En medio de censos, funciones, y recursos, se ocupa de lo puro y lo impuro, obsesión que traemos desde el Levítico o antes. Lo impuro no puede habitar con la comunidad. Es así de simple y terrible. Lo impuro es: lepra; flujo (¿sólo mujeres?)); y contacto con los muertos. La buena noticia es que lo impuro siempre es pasible de purificación de acuerdo a ciertas instrucciones. Cabe preguntarse qué es impuro hoy: la lepra no existe; los ritos del duelo nos protegen del contacto con los muertos; sin embargo, en el tema del flujo (concretamente la menstruación en la mujer) amplios sectores de nuestro pueblo viven obsesionados con la impureza y la purificación. Por eso no besan mujeres y por el mismo motivo las aguas de la mikvá están rodeadas de un halo oscuro y privado que muchos otros sectores de este mismo pueblo rechazan.

Tal vez valga la pena pensar la impureza hoy como impureza moral y ética: conductas, acciones, incluso intenciones. Nuestra tradición ha construido todo un sistema en torno al perdón y la redención de estas inclinaciones negativas. Cada semana tenemos oportunidad de bañarnos y vestirnos con ropas limpias y festivas para recibir el Shabat y decir: “Shabat Shalom”. ¿Acaso algo puede ser más purificante que entrar en un tiempo sabático? Por supuesto está Iom Kipur, pero eso es tema aparte. Lo cierto es que ni la lepra ni el flujo ni los muertos debieran considerarse hoy impuros; son solamente parte de nuestro ciclo de vida: fecundidad, vivir (siempre pasible de enfermedades), y morir. Nada de eso es impuro.

Con toda honestidad, el párrafo destinado a la mujer supuestamente adúltera me excede y no merece comentario de mi parte; al menos no este año… sólo que demuestra que la Torá fue compilada por hombres y es inequívocamente machista. Las excepciones, cualesquiera sean, confirman la norma.