Jukat
Por un rato habíamos dejado atrás
las cuestiones relacionadas estrictamente con los ritos de pureza. “Jukat” nos
devuelve un tanto abruptamente a esa temática. Tal vez como consecuencia de los
episodios de rebeldía progresivos que leímos en “Shlaj” y en “Koraj”, el hecho
es que esta porción de la Torá retoma el discurso obsesivo y meticuloso de
Levítico.
Entender la vigencia del tema de
la pureza en nuestros días es un desafío; parece inevitable dada la extensión,
la profundidad, y el detalle del texto en este sentido. Personalmente es el
tipo de texto que elijo eludir. En el peor de los casos, trato de encontrar una
lectura “actual” que me libere de los prejuicios que encierra y me provoca;
pero no siempre es sencillo.
En este caso creo que la imagen
de una vaca entera y puramente roja es sumamente sugerente. En el contexto de
un lenguaje áspero y duro, el rojo, así como el fuego, connota pasiones y
profundidad. Me recuerda al uso del rojo en “La Lista de Schindler” como
contraste impactante con al blanco y negro en que se filmó. Hallar una vaca
roja tal como lo describe la Torá es casi un imposible: ese es el estándar al
que el texto nos obliga a aspirar. El asunto es si suscribimos esa aspiración.
Está claro que los ritos de
pureza tienen múltiples propósitos y múltiples niveles de entendimiento.
Podemos atribuirles, como muchos hacen con la alimentación “kasher”, fines
higiénicos y profilácticos. Podemos entenderlos como una forma de
diferenciación entre quienes adhieren a ellos y quienes no; judíos, y no. En
los tiempos modernos sin embargo esta diferenciación aplica también dentro del
judaísmo: ya sea normas de “kashrut” o normas de “tehará”, su mayor o menor
observancia genera lisa y llana separación en el seno del pueblo. De modo que
aquello que en una época (muy larga por cierto) sirvió para preservarnos hoy se
ha convertido en una trampa riesgosa: en lugar de acercar, alejamos. Al punto
de que muchos judíos no pueden sentarse a una mesa con muchos otros judíos; ni
hablar de saludar con un beso o compartir un espacio con gente potencialmente
“impura”.
Sin embargo debe rescatarse que
la impureza es siempre reparable. Así como la Torá nos dice qué es impuro o
cómo uno se torna tal, también nos da la forma de “purificarnos”. Esto supone
adherir a ciertas conductas y cumplir determinados rituales, los cuales en
estos tiempos pueden parecer anacrónicos o llanamente ofensivos; por ejemplo,
la exigencia del baño ritual mensual para la mujer. Pero más allá del hecho
está la idea de que todo es reparable, todo tiene una solución, y cualquiera
está al alcance de la misma. Tampoco depende de nadie, sólo de uno mismo.
La vaca roja es una metáfora si
las hay. Aspiramos tan alto, tan perfecto, que el objeto de hecho no existe.
Pero aspiramos. Está escrito que podemos encontrarla, aunque sepamos que en
realidad pasamos nuestra vida empeñados en ello. Mientras tanto perfeccionamos
nuestra “pureza” simbólica, nuestras cualidades por sobre nuestras falencias.
“Purificación” pude leerse como “empeño”. Lo “puro” no es un juicio de valor
sino una actitud de vida. Vida que pasamos buscando la vaca roja.